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domingo, 7 de junio de 2015

Sobre “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico”, de Freud. Rolando Ugena.



          “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico”, es el título de un texto freudiano sumamente rico en sus derivaciones. Por un lado, por los numerosos interrogantes que plantea;  también, porque convoca uno de los asuntos centrales de la clínica psicoanalítica: ¿qué es triunfo, qué es fracaso? Y además, porque sugiere que en el trabajo de mantener la distancia entre deseo y goce, entre lo deseable y lo obtenible, permite advertir que el anhelo no es el deseo y el objeto de éste no es el que lo causa.
S. Freud

          Seguramente conviene reparar en que se trata de un escrito de 1916, posterior a “Sobre una introducción del narcisismo” y anterior a la publicación de “Más allá del principio del placer”. En él, Freud señala de entrada y  no sin sorpresa, que el tratamiento de la neurosis lo ha forzado en dirección al carácter; pero, y esto quizás es más interesante aún, lo aborda con un modo diferencial respecto de ciertas concepciones unitarias y unívocas, y lo plantea como “rasgo” de carácter, anticipando así la problemática del carácter abrochada a la identificación, que habría de trabajar años después en “El yo y el ello”.

          Por la vía del medio-decir del arte, que no lo dice todo, que insinúa y permite pasar goce a lo inconsciente, se va acercando al asunto que le interesa y distingue entonces: las excepciones, los que fracasan al triunfar y los que delinquen por conciencia de culpa, tema este, el de la culpa, que atraviesa el texto.

          Para introducir la cuestión de los que tienen esa pretensión de excepcionalidad a partir de haber sido víctimas de una grave injusticia, se remite a la figura de Ricardo III, de W. Shakespeare, y lo hace recortando del monólogo introductorio de Glocester (Gloster), quien después será coronado rey, lo siguiente:
Ricardo III

“Mas yo, que no estoy hecho para traviesos deportes

ni para cortejar a un amoroso espejo;

yo, que con mí burda estampa carezco de amable majestad

para pavonearme ante una ninfa licenciosa;

yo, cercenado de esa bella proporción,

arteramente despojado de encantos por la Naturaleza,

deforme, inacabado, enviado antes de tiempo

al mundo que respira; a medias terminado,

y tan renqueante y falto de donaire

que los perros me ladran cuando me paro ante ellos…

Y pues que no puedo actuar corno un amante

frente a estos tiempos de palabras corteses,

estoy resuelto a actuar como un villano

y odiar los frívolos placeres de esta época”.[1]

          Para Freud, Ricardo III es una estampa magnífica de la insaciable búsqueda de resarcimiento por tempranas injurias al narcisismo, que funcionan como fuente de rebeldía, encono, odio y reproche que coronan la envidia fálica. Su “lectura” sobre el párrafo anterior es, entonces, “La naturaleza ha cometido conmigo una grave injusticia negándome la bella figura que hace a los hombres ser amados. La vida me debe un resarcimiento, que yo me tomaré. Tengo derecho a ser una excepción, a pasar por encima de los reparos que detienen a otros. Y aun me es lícito ejercer la injusticia, pues conmigo se la ha cometido”.  

Sobre los que fracasan cuando triunfan, Freud nuevamente menciona su sorpresa respecto de esas satisfacciones de las que infaltablemente se sigue un perjuicio”, y presenta algunos casos de quienes “enferman precisamente cuando se les cumple un deseo hondamente arraigado y por mucho tiempo perseguido. Parece como si no pudieran soportar su dicha, pues el vínculo causal entre la contracción de la enfermedad y el éxito no puede ponerse en duda. Tuve oportunidad de tomar conocimiento del destino de una mujer, que quiero describir a modo de paradigma de esos vuelcos trágicos[2]

          Así, con la frescura y el rigor acostumbrado de su letra, pone a trabajar casos propios, otra creación de Shakespeare, Macbeth y una obra de Ibsen, Rosmersholm.
W. Shakespeare

          Comienza presentando a una mujer “de buena cuna y bien criada”, que “no pudo de muchacha, aún muy joven, poner freno a su gana de vivir; escapó de la casa paterna y rodó por el mundo de aventura en aventura, hasta que conoció a un artista que supo apreciar su encanto femenino, pero también atinó a vislumbrar que había en la descarriada una disposición más fina. La recogió en su casa y ganó en ella una fiel compañera, a quien sólo parecía faltarle la rehabilitación social para alcanzar la dicha plena. Tras una convivencia de años, él impuso a su familia que la aceptase y estaba dispuesto a hacerla su mujer ante la ley”. En ese momento, dice Freud, “empezó ella a denegarse. Descuidó la casa cuya ama legítima estaba destinada a ser ahora, se juzgó perseguida por los parientes que querían incorporarla a la familia, por celos absurdos bloqueó al hombre todo trato social, lo estorbó en su trabajo artístico y pronto contrajo una incurable enfermedad anímica”[3].

          Es decir que, cuando la escena normalizante construida con su plena colaboración había logrado inducir la demanda del Otro, la que daría por exitosa la rehabilitación social que parecía faltarle para alcanzar la dicha, aparece la Versagung[4]. Es en esa precisa coyuntura, que sucede el rehusamiento de un yo que adoptando un sesgo separativo, defiende el lugar del $ por medio de la alienación, articulándolo con el no-yo.

          Versagung subsidiaria del “te demando que rechaces lo que te ofrezco…porque no es eso”, según el aforismo acuñado por Lacan en “O peor…”[5]; suerte de tejemaneje de la pulsión de muerte, capaz de sustraer al $ de la demanda del Otro disfrazada con la recompensa del éxito “legal”.  

          Despunta así el desencuentro en lo real de una demanda instituyente, “te pido que seas mi mujer”, que desencadena el estallido de la celotipia y que permite denunciar que los que fracasan cuando triunfan son los que triunfan cuando fracasan.

       
   Acto seguido Freud pasa a examinar a Lady Macbeth, la trágica heroína de Shakespeare, “que se derrumba tras alcanzar el éxito, después que bregó por el con pertinaz energía… Antes, ninguna vacilación y ningún indicio en ella de lucha interior, ninguna otra aspiración que disipar los reparos de su ambicioso pero sentimental marido. A su designio de muerte quiere sacrificar incluso su feminidad, sin atender al papel decisivo que habrá de caberle a esa feminidad después, cuando sea preciso asegurar esa meta de su ambición alcanzada por el crimen…Ahora, cuando se ha convertido en reina por el asesinato de Duncan, se anuncia fugazmente en ella algo como una desilusión, como un hastío.

«Nada se gana, al contrario, todo se pierde,

cuando nuestro deseo se cumple sin contento:

vale más ser aquello que hemos destruido,

que por la destrucción vivir en dudosa alegría».

(Acto III, escena 2.)

          Freud, que parece mostrarse algo errante respecto de Lady Macbeth, (“no sabemos el porqué” se ha transformado así, dice) se pregunta: “¿Qué fue lo que destruyó ese carácter que parecía forjado del metal más duro? ¿Fue sólo la desilusión, la otra cara de la hazaña cumplida? ¿Acaso debemos inferir que también en Lady Macbeth una vida anímica en su origen dulce y de femenina blandura se fue empinando hasta alcanzar una concentración y una tensión extrema que no podían ser duraderas, o tenemos que salir en busca de indicios que nos hagan comprender humanamente ese derrumbe por una motivación más profunda? Considero imposible acertar aquí con una decisión”, se contesta. Y más adelante vuelve a interrogarse: ¿cuáles pueden ser los motivos, que en un lapso tan breve [una semana] hacen de un ambicioso pusilánime una fiera desenfrenada y de la instigadora de temple de acero una enferma contrita por el arrepentimiento? He aquí algo que a mi juicio no puede averiguarse. Creo que no tenemos más remedio que renunciar a ello en esa triple oscuridad en que se han condensado la mala conservación del texto, la ignorada intención de su creador y el sentido secreto de la saga.”

          Para Freud, el problema de Macbeth es casi insoluble, tanto que escribe: “Si en la figura de Lady Macbeth no hemos podido averiguar por qué ella, tras el triunfo, se derrumba en la enfermedad, quizá nos resulte más promisoria la creación de otro gran dramaturgo que gusta aplicarse con rigor insospechado a la tarea del examen psicológico”. Y examina entonces la obra de Ibsen, en la cual el desencuentro en lo real se muestra de manera ostensible en Rebeca West, la dramática protagonista.
Ibsen

          Sobre ella señala que cuando llega a Rosmersholm, donde moran el pastor Rosmer y su esposa Beata, se encuentra con  un “lugar en el cual no se conoce la risa y la alegría fue sacrificada al cumplimiento del deber”. En ese ámbito, comienza a tejerse la trama de la obra. Rebeca, “dominada por «una pasión salvaje e indomable» hacia ese hombre de noble cuna”, decide “quitar de en medio a la mujer que le estorba el camino”. Como al descuido,  “deja en sus manos un libro donde se indica que el fin del matrimonio es concebir hijos” (Beata no puede tenerlos), le deja entrever que él está a punto de abandonar la fe que comparten y por último le hace entender que ella, Rebeca, “pronto abandonará la casa para ocultar las consecuencias de un comercio carnal prohibido con Rosmer”. Ese plan criminal triunfa: Beata se suicida.

          Durante un largo tiempo viven Rebeca y Rosmer en una relación de amistad, pero cuando el amo le pide que sea su mujer, en contra de lo esperado Rebeca se niega y le dice que si la asedia “seguirá el camino de Beata”. Rosmer no comprende ese rechazo; pero, dice Freud, es todavía más incomprensible para nosotros, que sabemos más de las obras y propósitos de Rebeca. De lo único que no podemos dudar, agrega, es de que “su ´no´ debe tomarse en serio”.

          Reflexionando sobre ello señala: ¿Cómo es posible que la aventurera de la voluntad osada, nacida libre, que se abre paso sin miramiento alguno para la realización de sus deseos, no quiera asir al vuelo el fruto del triunfo que ahora se le ofrece? Ella misma nos lo esclarece en el cuarto acto: «Ahí está justamente lo terrible: ahora que toda la dicha del mundo me es ofrecida a manos llenas, he cambiado, de manera que mi propio pasado me bloquea el camino hacia la felicidad». 0 sea, ella ha cambiado en el ínterin, su conciencia moral se ha despertado, ha cobrado una conciencia de culpa que le deniega el goce”. Esa conciencia de culpa que se ha despertado y que le deniega lleva a Rebeca a confesar su crimen.

          “En el diálogo que pone fin a la pieza, Rosmer le pide otra vez que sea su mujer. El le perdona el crimen que cometió por amor a él. Y hete aquí que ella no responde lo que debería -que ningún perdón podría quitarle el sentimiento de culpa que le valió su alevoso engaño a la pobre Beata-, sino que carga sobre sí otro reproche que por fuerza nos suena extraño en la librepensadora, y en modo alguno merece la importancia que le atribuye Rebeca: «¡Ah!, amigo mío, no vuelvas sobre eso! ¡Es algo imposible! Pues has de saber, Rosmer, que yo tengo ... un pasado».

Pasado marcado por el incesto, el hombre que fue su tutor al morir su madre, y del que fue amante, era su padre. Ella no lo sabía...

Pero, agrega Freud,  “Si reconstruimos su pasado -que el dramaturgo apenas insinúa- con detalle y completándolo, diremos que ella no pudo dejar de tener alguna vislumbre de la relación íntima entre su madre y el doctor West. Por fuerza ha de haberle causado una gran impresión el convertirse en la sucesora de la madre junto a ese hombre; ella estaba bajo el imperio del complejo de Edipo, aunque no supiera que esta fantasía universal se había realizado en su caso. Cuando llegó a Rosmersholm, el yugo interior de aquella primera vivencia la empujó a crear, mediante una acción violenta, la misma situación que la primera vez se había realizado sin su cooperación: eliminar a la mujer y madre para ocupar su lugar junto al hombre y padre. Ella pinta con una vivacidad convincente el modo en que se vio compelida, contra su voluntad, a obrar paso a paso para eliminar a Beata”

Desde luego, ella quiere aludir a que ha mantenido relaciones sexuales con otro hombre, y nosotros ahora nos enteramos de que esas relaciones, de una época en que era libre y no tenía que dar cuentas a nadie, parecen ser un obstáculo mayor para su unión con Rosmer que su conducta realmente criminal hacia la mujer de este.

          .«¡Pero ustedes creen que yo procedía con fría y calculada premeditación! Yo no era entonces la que soy ahora, cuando estoy frente a ustedes y lo cuento. Y además existen, diría yo, dos clases de voluntad en nosotros. ¡Yo quería eliminar a Beata, por cualquier medio! Y sin embargo no creía que eso ocurriría alguna vez. A cada paso que eso me estimulaba a dar hacia adelante, era para mí como si algo me gritara: ¡Ahora detente! ¡Ni un paso más! Y no obstante, no pude detenerme. Me veía forzada a avanzar otro poco, a dar un último paso, y después otro ... y otro más todavía. Así ocurrió eso. De esta manera suceden tales cosas».

          Poco antes ella había dicho: “«…Rosmersholm me ha quitado la fuerza; ¡aquí se ha quebrantado y se ha paralizado mi osada voluntad! Para mí ya pasó el tiempo en que me atrevía a todo y a todos. He perdido la energía para la acción, Rosmer». Tiempo entonces de detención, pero también tiempo de relanzamiento por la vía del acting-out, disponiéndose -opción imposible- en el “no soy”.

          De ahí que en esta estructuración advenga supletoriamente una solución defensiva al precio de la alienación, que en Freud se nombra como denegación (verleugnung) y frustración, y en Lacan denota la captura mediante la cual el viviente sexuado se instituye como sentido desde el campo del Otro al precio de entregar, forzosamente, algo de su ser, el que de ahí en más, no ek-sistirá sino dividido.

F. Nietzsche
          En la última parte del texto, Freud aborda a “los que delinquen por conciencia de culpa”. En primer lugar, poniendo en acto que no era de los que se aburren fácilmente, vuelve a mostrarse asombrado; el trabajo analítico, escribe, le trajo otro “sorprendente resultado”: muchas “fechorías” se consuman sobre todo porque son prohibidas y porque a su ejecución va unido cierto alivio anímico para el malhechor. Un modo de tener ocupada la conciencia de culpa, que por paradójico que pueda sonar, preexiste a la  transgresión. Y nos remite a los aforismos “Sobre el pálido delincuente”, del Zaratustra de Nietzsche, ese en el que en sus ojos, en los que habla el gran desprecio, dice  «Mi yo es algo que debe ser superado: mi yo es para mí el gran desprecio del hombre». [6]

          ¿Qué criterio entonces, de triunfo o fracaso para nuestra clínica?  La apuesta freudiana se vislumbra con firmeza, apuesta por la Verdad del deseo.









[1] Freud S., “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico”, Amorrortu, volumen XIV

[2] Idem nota anterior

[3] Idem

[4] Versagung, rechazo; también denuncia, “como se dice denunciar un tratado o se habla de retractarse de un compromiso…se puede poner a veces la Versagung en el polo opuesto, ya que la palabra puede significar a la vez promesa y ruptura de promesa…” Lacan J., El seminario, Libro IV, La relación de objeto, clase del 27 de febrero de 1957

[5] Lacan, J. , El seminario, Libro XIX, “O peor…”, clase del 9 de febrero de 1972, Paidós, página 80.


[6] Nietzsche F., “Así habló Zaratustra, Del pálido delincuente

lunes, 18 de mayo de 2015

Una empresa exquisitamente social. Rolando Ugena



El 5 de Junio de 1938 llegaba a París, procedente de Viena, Sigmund Freud. La intervención del presidente F.D. Roosevelt y de Benito Mussolini lo había hecho posible. Al día siguiente llegaba a Londres.
S. Freud

5 años antes le escribía al pastor Oscar Pfister, desde Viena: "Nuestro horizonte se ha oscurecido... ante los acontecimientos de Alemania. Tres miembros de mi familia, dos hijos y un yerno, con los suyos buscan y aún no hayan un nuevo país donde establecerse...".

Meses después le escribía a Ernst, su hijo, ya exiliado: "El futuro es incierto: o el fascismo austriaco o la cruz gamada. En este último caso tendríamos que abandonar el país... la vida en un país extranjero no es agradable y tú, aunque hayas tenido suerte, lo sabes bien...".

En Septiembre de 1934 Freud le escribe a Arnold Zweig que la publicación de la revista de psicoanálisis fundada en Roma por Eduardo Weiss había sido suspendida por una prohibición emanada del Vaticano, por parte del padre Schmidt confidente del Papa.

En 1936 Freud festejó sus 80 años aún en Viena, donde Thomas Mann dio una conferencia llamada "Freud y el futuro" para honrarlo. El Ministro de Educación mandó una felicitación por el cumpleaños pero también una orden a los periódicos, prohibiendo, bajo pena de confiscación, publicar dentro del país la reseña del hecho.

Ya con 30 operaciones encima por el cáncer que lo aquejaba y pese a todo, Freud seguía escribiendo y atendiendo pacientes. El 5 de febrero de 1937 le escribía a Max Eitington: "Es comprensible que los pacientes no acudan en masa a un analista cuya edad ha de inspirar escasa confianza. Abandonaría totalmente mi labor profesional pero acostumbrado como estoy a mantener a tanta gente no me siento capaz de afrontar la incertidumbre de no saber cuanto durarán mis ahorros. Esperemos que el destino sea un buen administrador".

En 1938 Hitler prohibía a los judíos alemanes dar nombres germanos a sus hijos; al respecto Freud escribe: "a mi modo de ver, la única venganza hebrea puede ser exigir que los nazis se abstengan de emplear los populares nombres de Juan, José y María".

En mayo de ese año, mientras su hija Anna iba de un lado a otro arreglando cosas con las autoridades para poder salir y atando cabos económicos, Freud le escribe a su hijo Ernst: "Dos esperanzas me mantienen en estos tiempos tan miserables: volver a veros y morir en libertad". Estas últimas cuatro palabras las escribió en inglés. Unos días después le escribe a Ernst Jones: "las razones por las que no le he contestado antes, radica en las limitaciones generales que afectan hoy a la correspondencia... imagínese como debe afectar la censura a una persona que al igual que yo, ha estado siempre acostumbrada a expresar libremente sus convicciones...".

Las ventajas que la inmigración prometían para Anna
Freud y su hija Anna
justificaban para Freud el sacrificio del viaje. Seguía en esa carta a Jones, "para nosotros, los viejos... la inmigración no hubiera valido la pena... Espero que en Inglaterra Anna pueda hacer mucho en favor del análisis...".

Apenas unas horas después de llegado a Londres le escribe a Eitington, "todo sigue siendo irreal como en un sueño... las dificultades del viaje cristalizaron en una dolorosa fatiga cardíaca para la cual me dieron dosis liberales de nitroglicerina y estricnina... La acogida que nos dispensaron en París fue calurosa. Estuvimos desde las 10 de la mañana hasta la 10 de la noche en casa de Marie Bonaparte... cruzamos el canal en ferry y ya en Dover pudimos contemplar por primera vez el mar. Jones nos esperaba en Victoria y nos llevó en coche hasta nuestra casa. Lo deleitoso de cuanto nos rodea (que casi me impulsa a gritar Heil Hitler) se mezcla con el descontento originado por este ambiente extraño... Cuanto tiempo seguirá siendo capaz de trabajar este fatigado corazón? Aquí no abren las cartas ".

Estaba inundado de flores, dulces, respondiendo cartas de amigos y extraños, con cazadores de autógrafos, chiflados, lunáticos y hombres que prometían la salvación y toda clase de tentativas para convertir al incrédulo y hacer luz sobre el futuro de Israel.

5 meses después de su llegada a Inglaterra, se muda a otra casa en Londres; habían llegado de Viena sus muebles, libros y toda la colección de estatuillas que Freud amaba tanto. En Octubre de 1938 es sometido a la peor operación desde 1923, que lo deja débil y abatido; aunque no es fácil, empieza a trabajar con 3 pacientes. Llevaba 3 semanas y media de postoperatorio y debía guardar 6 semanas. Escribe entonces: "Tampoco me gustaría ofender a mi propio pueblo, más ¿ qué puedo hacer?  Me he pasado la vida defendiendo lo que consideraba como una verdad científica, aún cuando resultara poco cómodo y desagradable para mis congéneres y no voy ahora a terminar mi vida con una deserción... se nos ha reprochado a los judíos que el transcurso de los siglos nos ha hecho cobardes (en tiempos fuimos un pueblo valiente). En tal transformación no tuve yo arte ni parte. Por ello debo arriesgarme".

Cuál era el riesgo?. La publicación del trabajo sobre Moisés.

Desde esa casa en Maresfield Garden le escribe al escritor de "Time and Tide" en Inglaterra quien le había solicitado que contribuyera a un número especial sobre antisemitismo: "Llegué a Viena cuando tenía 4 años, procedente de una pequeña ciudad de Moravia. Después de 78 años de asiduo trabajo hube de dejar mi hogar, vi disuelta la sociedad científica que había fundado, nuestras instituciones destruidas, nuestra editora ocupada por los invasores, los libros que había publicado confiscados o reducidos a pulpa, mis hijos expulsados de sus ocupaciones. ¿No piensa Ud. que debería reservar las columnas de su número especial para las manifestaciones de no judíos, menos afectados personalmente que yo? En relación con esto recuerdo un viejo verso francés: "El ruido es para el fatuo; la queja es para el tonto, el hombre honrado engañado se va sin decir palabra".

El 19 de septiembre de 1939, Freud le escribía a un poeta amigo: “tengo más de 83 años, debiera haber muerto ya y sólo me queda seguir el consejo de su poema: Espera, espera”. Dos días más tarde, tomó la mano de su médico amigo Max Schur y le recordó: "Usted me prometió que no me abandonaría cuando llegara el momento. Ahora, esto es sólo una tortura, y ya no tiene sentido...Háblele de esto a Anna, y si ella piensa que es justo, terminemos"(*). Anna quiso postergar el fin pero Schur insistió, y ella aceptó su dictamen. El médico, le aplicó tres inyecciones de morfina y el 23 de septiembre, a las tres de la madrugada, luego de dos días de coma, se extinguió tranquilamente, después de más de treinta operaciones que se sucedieron en el curso de 15 años, por ese cáncer que lo afectaba.

Conclusión sublime de una vida sublime, escribiría Zweig tiempo después, una muerte memorable en medio de la hecatombe de una época asesina.

El 8 de Agosto de 1978, en una Argentina desgarrada por la violencia, la dirigente más importante de los psicólogos, Beatriz Perossio, fue secuestrada en su lugar de trabajo, la dirección de un jardín de infantes y conducida al Vesubio, uno de los campos de tortura.

Varios años después, a través de los testimonios de los Juicios a los Comandantes, se supo cual fue la actitud íntegra de Beatriz cuando ya deteriorada corporalmente tuvo que arrastrarse para llegar a eso que llamaban baño, con ambas piernas destrozadas.

Supo Argentina además sobre el pavoneo de Astiz frente a los secuestrados en la E.S.M.A., de su idoneidad para adoptar la identidad de Gustavo Niño (supuestamente en la búsqueda de un hermano desaparecido) para retomar allí, en ese centro, su identidad de Rubio o Cuervo o Ángel. ¿No es eso una buena muestra de lo que algunos llaman Identidad?

Pero, puede sorprender lo de Beatriz (y lo de tantos otros), cuando por ejemplo, en la revista "Somos", en su número de 19/9/80, en la pág. 6 se puede leer: "...es inusitado el auge que tomaron carreras como psicología, antropología, sociología y ciencias de la educación, son todas disciplinas que inducen factores de cambio en las sociedades. Ese boom responde a una estrategia marxista... desde los comienzos de la lucha antisubversiva entre los datos que se evaluaban estaba la relación psicoanálisis - terrorismo".

Esos fervientes defensores del orden perverso que estaban en la década del 30 alrededor de Uriburu, en la del 40 agitando en pro de la Alemania de Hitler, en la del 50 en la Alianza Libertadora Nacionalista, en la del 60 en la ultraderechista Tacuara, en la del 70 en la Triple A, sembraron con el Proceso la complicidad, la negación de la realidad, el silenciamiento comunitario etc. a través de la inducción de la culpabilidad social y del terror.

La sociedad argentina, casi fascinada por el post-modernismo, ¿ha podido hablar lo necesario de sus desaparecidos?, ¿y de los niños de esos desaparecidos?

Paradojas insondables: hablar de post-modernidad en un país que ni siquiera alcanzó la modernidad, dejar atrás la sociedad industrial sin haber llegado a ella, querer construir una Identidad sobre la base de la mentira y el ocultamiento.

Pero decimos la sociedad como si se tratara de algo que pudiera ser situado y asido incontrovertiblemente. La Sociedad, es sin duda una abstracción; lo que sí es situable son grupos sociales, con inclinaciones, arrebatos, emociones, delirios, fanatismos, ilusiones, preocupaciones, represiones, traiciones.

Millones de muertos por desnutrición, hambre, muertes perfectamente evitables según la UNICEF, con el 2% de los gastos militares del 3er. Mundo, no parecen tornar palabra vacía la Declaración de los Derechos del Hombre, a casi 70 años de producida?

Con esa relación psicoanálisis terrorismo manejada por el Proceso de algún modo coinciden por una parte, quienes piensan al psicoanálisis como una cosmovisión, un modo de vida, un ideario político, lo que lleva a la postura de formar fila como una nueva clase iluminada encargada de conducir a la humanidad hacia su bien, y por otra parte, tal vez con cierta ingenuidad, quienes piensan que puede guiarse al otro hacia allí donde no desea ir, postura esta que no oculta su origen conductista aunque disfrazada de psicoanálisis; progresista, por supuesto.

Es cierto que el psicoanálisis puede ser pensado también desde su óptica adaptacionista y desde la más mínima intervención apuntar a la adaptación del individuo al sistema, de manera tan automática como sintomática: ciertos desarrollos plenamente consustanciados del `american way of life' con sus ideales enfermantes no hacen otra cosa. Esta ideología, que nada en lo imaginario, profundamente narcisista, es la principal generadora de enfermedad, con su planteo de un sujeto completo y sin fracturas, pero tan amo como esclavo de sí mismo.

Distinto será si no olvidamos aquella recomendación freudiana de tomar cada caso como un caso único, nuevo, suspendiendo toda verdad a priori para permitir ¿qué?: la puesta en evidencia de las rajaduras del sujeto, el permanente deslizamiento del deseo y las tramposas ilusiones del yo.

Y aunque el psicoanálisis tome a los sujetos uno por uno, no por ello deja de ser "una empresa exquisitamente social", (Freud) que no ha de ser revolucionaria pero sí puede ser decisiva para la vida de una persona, y otra persona y otra persona...

No habrá que creer sin embargo que lo esperable de un analista es vivir en una especie de torre de marfil en el encierro de su consultorio; por el contrario, ha de estar muy atento a la realidad, para poder escuchar a ese sujeto que se queja de su síntoma individual, de manera conveniente.

A través de editoriales de la Gaceta Psicológica de la A.P.B.A., podemos rescatar algunos pensamientos de Beatriz Perossio. En el N° 4 de Agosto de 1977, escribía: "unirse para trabajar mejor por nuestras reivindicaciones no tiene una perspectiva sectorial sino que... quiere decir trabajar por una psicología de más elevado nivel científico e integrada nacionalmente...''; en el N° 9 de Febrero-Marzo de 1978: ``la decisión más profundamente comprometida que tenemos que tomar los argentinos en este momento necesita de un debate amplio y de libertad. Libertad para trabajar, para investigar,  para pensar y debatir” .

El artículo 6 del Código de Ética de los psicólogos dice expresamente que el psicólogo "debe abstenerse de participar activa o pasivamente en cualquier acción o forma de tortura,  tratos crueles, inhumanos o degradantes y todo tipo de apremio ilegal que atente contra los Derechos Humanos reconocidos mundialmente; incitar  a ellos, encubrirlos o intentar fomentarlos".

La masacre vivida en Argentina no es la primera. La eliminación masiva de sectores tiene una larga historia en la humanidad. Sucedió, sucede y sabemos que ha de seguir sucediendo. Nada garantiza, nada asegura que no vuelva a suceder. Quemar libros, silenciar voces es el preámbulo,  la continuación suele ser la destrucción del otro.



Citas Bibliográficas:

Sigmund Freud Epistolario Plaza y Janés Editores, 1972

(*) Diccionario de Psicoanálisis, Elisabeth Roudinesco y Marcel Plon

martes, 12 de mayo de 2015

Del lenguaje del cuerpo al cuerpo en el discurso. Diana Bueno



"Es la danza de los fantasmas... entre el Génesis y el Apocalipsis los fantasmas, a modo de significantes, danzan las metáforas en un tiempo condensado, en un más allá  pero en un más acá, en una simultaneidad interminable de esquemas e imágenes que corporifican el decir de un Otro".

Lic. Diana Bueno



Diana Bueno¿Qué es esta cosa "real" qué nos ubica entre otras cosas "reales" distintas de mí? Qué marca la distancia y la diferencia por las que un Yo surge como sujeto?

Hay una serie de elementos conformados como un "cuerpo", conjunto delineado, con límites precisos, precisos desde el elemento "carne", lo real del cuerpo, desde donde nada hay de diferente a otros cuerpos-animales que habitan el lugar físico.

Desde un estado de globalidad, nada diferente a otras totalidades qué transitan por allí, desde el movimiento, no demasiado diferente a otros movimientos, salvando las diferencias de los grados de evolución.

Dónde, pues, radica la relación y la diferencia? Quizás en la paradoja, como paradójica es la vida misma. En esto de que para que algo viva algo debe morir, en esto de que por la castración se accede a la autonomía, en esto de que para "ser" algo debe de "faltar". Quizás  sea porqué "uno no vive sino que es vivido" - al decir del psicoanalista silvestre G. Groddeck -, qué es como decir que el significante domina... el Otro del Inconsciente.

Cuerpo con posibilidades porqué se trata de una "singularidad", atravesada por significantes encadenados invisiblemente, polívocos, dominantes, metafóricos pero posibles de ser "vistos", escuchados, mirados desde otro lugar para ser ubicados, discursivamente, en otro lugar: el del sujeto.

Es donde la (aparente) totalidad fracasa por el imperio de un deseo singular que halla un lugar de inscripción en el orden discursivo.

La diferencia radica en que se trata de un cuerpo-hombre-sujeto. "Sujeto" de deseos con una posición inscripta por el deseo del Otro en la Cultura; sujeto barrado - entonces -, incompleto, castrado, con espacios abiertos (a)... sin modelos acabados pues se trata de "agujeros" relacionales.

"El Otro no es un estímulo ni un estimulante, sino la instancia que desde su mirada, organiza en el niño su autoimagen corporal y, desde su discurso, recorta, en el ojo, en la boca, en cada agujero del niño, la sombra de un objeto inexistente que, por ello, será  incesantemente buscado". (A. Jerusalinsky: "Psicoanálisis en los problemas del desarrollo infantil".)

Por tratarse de las "aberturas" relacionales es que no hay modelo acabado. Desde lo real-imaginario-simbólico, es en lo simbólico (abstracción singular, orden discursivo, lenguaje) donde se constituye el sujeto. Sujeto de Inconsciente.

"...espacio simbólico que no es constituido sino constituyente del sujeto y con él de su cuerpo y su movimiento. Es por esto que lo psico de la psicomotricidad no proviene más de la psicología sino del psicoanálisis".(Esteban Levin: "La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje".)

Desde esta nueva perspectiva esclarecedora, precursada por el psicoanalista y psicomotricista Esteban Levin, es que la práctica psicomotriz perfila una nueva mirada. Pasando por dos posturas epistemológicas, a saber, una "reeducativa", que trata de relacionar y corresponder el paralelismo mente-cuerpo; una "terapéutica" que centra la mirada en la globalidad de lo instrumental, lo cognitivo y lo tónico-emocional como manera de significar lo postural, lo gestual, lo emocional, lo psíquico del cuerpo; se llega a una "clínica psicomotriz" que surge por el atravesamiento de la teoría psicoanalítica poniendo la mirada en un sujeto "deseante" con un cuerpo abierto, dividido, escindido en lo real, en lo imaginario, en lo simbólico (E. Levin).

La reeducación psicomotriz considera que, reparando las disfunciones motrices, mejoran "paralelamente" la inteligencia y el carácter del niño (no hay sujeto de deseos).

La terapia psicomotriz centra su mirada en la totalidad y globalidad del cuerpo, el movimiento y lo tónico-emocional, en el diálogo y el vínculo corporal entre la persona del terapeuta y la persona del paciente.

La clínica psicomotriz se detiene en la estructura de los trastornos psicomotrices, ocupándose del sujeto que encarna o es encarnado por el inconsciente, y no de la persona; de lo transferencial y no de la comunicación corporal; de lo simbólico y no de lo expresivo.

La clínica psicomotriz prepara la "mirada" y la "escucha" desde lo simbólico transferencial en el juego de los significantes encadenados, donde los cuerpos son atravesados por montajes de escenas cargadas de significancia. Aquí aparece el "deseo singular" de ese niño que juega en la acción lo que vive, lo que lo perturba y lo obstruye. Es aquí donde el cuerpo del psicomotricista, en su versión simbólica, está  como soporte de un acto motor y como lugar de transferencia del "decir" de un niño que "sufre" por demasiada presencia o por demasiada ausencia del deseo de un Otro-madre que le abrió surco. Se trata de cuerpos de significancia porqué pueden ser metaforizados por el lenguaje como estructuras de significantes que habitan en las formaciones del Inconsciente.

La clínica psicomotriz busca lo singular de un cuerpo con carencias, con una falta por la cual es posible el deseo, y así sucesivamente... en una combinación significante. La "operación clínica”, a saber: toque, mirada, escucha, lectura, observación, intervención, interpretación, corporificación, "...son efecto de esta red transferencial, que se transforma en uno de los ejes centrales del tratamiento, ya que el cuerpo adquiere su consistencia en relación con lo simbólico, con la Ley (la prohibición), que introduce la castración en el cuerpo, y con ella, la hiancia por donde emerge el deseo" (E. Levin, "La Clínica Psicomotriz").

Desde la falla que me acontece tratar‚ de esbozar un intento, intento abierto y comprometido para mí, ya que se trata de un niño con síntoma psicosomático y psicomotriz que me fuera derivado luego de pasar por la admisión del Equipo de Niños del Hospital de Morón, al cual pertenezco. El Equipo consideró la posibilidad de que Pablo, de 5 años de edad, fuera tratado desde una mirada "psico-corporal" por las características de su sintomatología.

El pedido de los padres fue expresado en términos de "...es un chico torpe, que no coordina bien, es tímido y, como Ud. ve, tirando a la obesidad".

La madre agrega: "es muy parecido a mí, muy sensible, todo lo de afuera le afecta y no sabe reaccionar ni defenderse; si alguien no le da bolilla, se queda como rogando y llora; y para colmo no sabe moverse". El padre dice: "yo le digo que sea más fuerte, que se ponga más, pero se enoja conmigo y amenaza con escupirme; para colmo el otro (hijo) es todo lo contrario, es flaquito y muy chico; se parece más a mí".

Al preguntarles qué buscaban al iniciar un tratamiento, ambos coincidieron en que "sufra menos, y que como lo corporal no lo acompañaba, ver qué se podía hacer".

En la historia evolutiva de Pablo no hay antecedentes neurológicos. La madre agrega: "yo engendré‚ a Pablo con mucha tristeza, por los problemas familiares; mi madre postrada y nosotros recién casados. Creo que Pablo sufrió psicológicamente y moralmente; se esconde detrás de los muebles para comer; no quiere salir". La madre relata, a su vez, que ella se halla en tratamiento psicoanalítico con un terapeuta de adultos del hospital desde hace un mes. Necesita contar que había llegado a darse cuenta de que la relación con su propia madre no había sido buena para ella. Su madre permanecía casi siempre enferma físicamente y la había mantenido siempre "atada" a ella por la enfermedad; había sufrido mucho la ansiedad que le producía el estar siempre atenta a ella y sujeta a sus manipuleos que la ponían en contra del padre; la manejaba con el "peligro de su muerte". Ella debía "aquietarse", inmovilizarse, a fin de no desilusionar a su madre en un "imperativo de amor" casi constante (culpa y reparación). Su padre hacía esfuerzos para comprender a esta mujer que no le daba un lugar y que impedía la buena relación con ella (No Ley).

A pesar de esto, ella y su padre se comunicaban "como a escondidas", encontrándose ella en la situación de tener que "complacer" a ambos por separado, mediando en un conflicto que no entendía. Su padre no tenía "peso" en su madre, esta lo agredía y la buscaba a ella como aliada; decía que ambas eran "amigas", pero ella no podía disentir (Gran poder). Ante la impotencia de apartarse, se paralizaba y comía; de allí su propia gordura y las dificultades para moverse bien; tenía la sensación de ser torpe y pesada (Imagen inconsciente del cuerpo).

Podía ver cómo se encadenaban las historias. Una madre primera (abuela de Pablo) que, entrampada en el goce autoerótico de la enfermedad, había luchado por mantener con su hija un vínculo casi en lo imaginario del cuerpo pues se la debía atender en lo orgánico, en lo corporal y en lo afectivo. El "pacto de no agresión" hacia ella, había llevado a la madre de Pablo a una autoagresión corporal: mitigó la angustia comiendo y volviéndose torpe.

Visión especular? Inscripción en un discurso materno de exigente presencia? Imposibilidad de ser "agujereada"? Esto me hacía pensar en la dialéctica "presencia-ausencia", casi inexistente aquí donde se jugaba el deseo de este Otro (madre). Qué no permitía que su hija se diferenciara, porqué tampoco permitía la inclusión del padre en su discurso. No corte, no Ley, no castración, no deseo. Asocio‚ esto con lo que sucede en las psicosis y en los autismos .

El padre cuenta que su suegra no lo quería; un dato era el color de la piel (ella rubia, él morocho). "Además, no la podía dejar, por eso al principio vivíamos todos juntos pero era un calvario; yo digo que Pablo sufrió eso desde el embarazo porqué ella (su mujer) no sabía qué hacer. Gracias a Dios pudimos irnos".

Como una consecuencia natural del relato de los padres, se desprendió la relación y el entramado de las historias, los juegos de identificación y el móvil de la demanda de tratamiento. Había una serie encadenada de hechos reales y significantes que estos padres fueron comprendiendo con facilidad. Al preguntarles cómo había sido que habían sentido la necesidad de rever esto, Adela (la madre de Pablo) dijo que "ella quería desatarse de ese peso que, temía, llevara también Pablo". "El (su marido) la ayudaba mucho pues la comprendía".

Creí ver que, así como Adela había hecho lugar a su padre, había podido hacer lugar a su marido. Quizás como una formación reactiva a lo actuado por su madre... pero desconocía desde que lugar. La enfatizada "igualdad" entre ella y Pablo era una señal de alarma. Quizás  se tratara de un deseo transferido. Esto me resultaba importante en función del "corte" entre ella y Pablo.



PRIMERA SESION CON PABLO

Pablo asistió con su guardapolvo de Jardín de Infantes. No quiso sacárselo como tampoco quería quitarse la mochilita de encima. A la manera tradicional, se sentó frente al escritorio y guardó silencio. Observo que Pablo es más o menos como lo había descripto, pero no me pareció del tipo "obeso", si bien era gordito. Sus movimientos eran pesados, un tanto rígidos, su mirar temeroso y tímido, como esperando una advertencia, un reto o un castigo. Le  pregunté si sabía a qué había venido. Luego de un silencio, dijo que "para no caerse más al correr". Le pregunté‚ si quería saber quién era yo. Tras otro silencio, respondió que "su mamá  le había dicho que lo iba a ayudar".

Esto me remitió a mi lugar de sujeto-supuesto-saber, y a sentir la necesidad de contar con una supervisión específica. Para decirlo en términos más vulgares: sentí dudas y cuestionamientos de no saber si sabría lo que debía saber... tarea imposible de armar previamente, claro. Sabía que quería adentrarme en lo simbólico desde un real y que, paradójicamente, debía "suspender" lo que "sabía". Pero continuaba la necesidad de supervisión específica, pues ahora se trataba de poner el cuerpo, un cuerpo fallado, agujereado, como para que Pablo surgiera como sujeto de deseos y hallara el lugar del placer.

Estaba dispuesta, no obstante. Pablo pidió una hoja diciendo que iba a dibujar. Hizo una casa y fue relatando: "una ventana y una manijita para abrir la puerta, la chimenea y el humo; vive esta persona... no sé, no me acuerdo. Quién es? Mauro, de 8 años. Debe estar jugando a las carreras, a quién gana o quién pierde; lo atrapaban, el otro chico. Después jugaron a las escondidas y después a treparse a los  árboles, el chico se trepaba en el  árbol y Mauro no, porque tenía miedo de caerse; es miedoso porque no sabe treparse, no sabe con qué, con una soga ni un hilo no se le ocurre porque se corta, solamente se trepa a paredes; en las paredes, no tiene miedo, en los  árboles, sí. Ahora se va a trepar con hilo y otro día más con soga. Viven los dos juntos; a la noche cocinan solos, comen; no duermen, a la noche juegan; su mamá  y su papá  murieron, están en el cielo con Dios. Tampoco duermen la siesta, nunca duermen, no tienen sueño nunca. Hacen una cama en el patio, una fogata y duermen, pero no duermen más. La madre y el padre le dijeron que cuando ellos están en el cielo, duerman, pero no les hacen caso. Una sola noche van a dormir; ésta, pero otra no; se quedan jugando. Salen de la casa y se van a pasear afuera, no están adentro, salen de la reja y se van a la casa de la abuela, la despiertan y la abuela se enoja. Vienen más chicos a esa casa. El cumpleaños lo hacen los chicos con piñata y una barbaridad de globos desinflados".

El relato estaba impregnado de símbolos que oscilaban entre la vida y la muerte, la movilidad y la inmovilidad, los límites, los continentes y los contenidos. Tenía la sensación de que su decir se escapaba del cuerpo así como lo contenía. Comenté‚ este caso en el curso de Clínica Psicomotriz, y fue cuando el profesor Levin me dijo algo así como "si me animaba a salir del escritorio y poner el cuerpo", que tomé la decisión de intentarlo; esperaba poder ser un instrumento, desde lo transferencial, para que Pablo pudiera jugar sus "personajes".



SEGUNDA SESION



Pablo trajo la soga. El escritorio estaba a un costado, contra la pared. Se había quitado el guardapolvo y la mochila. Le pregunté que íbamos a hacer con la soga. Sin hablar, tomándose el tiempo necesario, la colocó en el suelo en semicírculo uniendo los extremos de la misma con las patas del escritorio. Se introdujo adentro y me invitó a que lo siguiera, se sentó y me senté‚ con las piernas cruzadas y sus manos entrelazadas, permanecimos  dentro de ese espacio cerrado; se miró las manos y por momentos me miró. Nada más. Dos palabras cruzaron mi mente, me atravesaron: inmediatez y adicción, como decir simbiosis, placenta, imaginario, globalidad, fusión, apego, negación de la articulación de la palabra, oralidad (a-dicción).

Asocié‚ luego esta escena con el relato de la madre; ambos parecían "sufrir" el mismo dolor de no poder apropiarse del deseo de moverse, como si no pudieran libidinizar a la pulsión motriz para que de muerte pasara a vida, y de ser objeto pasara a ser sujeto de placer. Recordé‚ al mencionado "objeto a" de Lacan, el de la "mirada" (importante en la clínica psicomotriz). La mirada de Pablo me había parecido temerosa e imposibilitada. Los ojos se habían perdido tras esa mirada. Me pregunté‚ luego por qué‚ el cuerpo llegaba a exagerar las formas, los volúmenes, las dimensiones, el peso; y reducía al mínimo las posibilidades espaciales de movimientos, como si se tratara de "ocupar más en bloque sin poder estar, como si el cuerpo real aplastara". ¿O era el discurso de un Otro que perpetuaba el síntoma psicomotriz para su goce, perdiendo la posibilidad del "corte"?.

Tenía la sensación de estar en un magma interior pero con bordes. Resolví operar: separé un tanto una punta de la soga del escritorio, instalándose una abertura. Calladamente, Pablo deslizó una mano por allí y dijo: "vamos a saltar con la soga". Me indicó que tomase un extremo de la soga y la enganchara en alguna parte del escritorio (apretada en un cajón) mientras él trataba de atar el otro extremo en el respaldo de una silla. Estaba a una altura de 15 cm. del piso, pero Pablo la bajó casi al ras y me propuso ponernos de un lado y saltarla con ambos pies. Saltamos de un lado al otro varias veces; él iba variando las distancias, más cerca, más lejos (me preguntaba en que eslabón de la cadena significante se hallaba este despliegue motriz-psico de Pablo).

Creí notar dos acciones privilegiadas por él por el placer que le causaban: pasar la soga - la línea divisoria - un eje - un límite, de ida un punto y de retorno a él, pero no siempre el mismo; y al sentir el apoyo fuerte, como seguro, de ambos pies al caer y permanecer en ese punto, un instante.

¿En qué posición transferencial había sido tomada por Pablo? pues él deseaba que lo siguiera, o lo acompañara, buscando disfrutar conmigo sus conquistas. Más allá  de tener la claridad deseada, decidí seguir prestando mi cuerpo que, sentía, no era el real, pues se perdía en la búsqueda del movimiento placentero para Pablo, gesticulaba y se reía.

Acto seguido, le propuse elevar un tanto, y aceptó. Volvió a saltarla, pero ahora en diagonal y "casi" con ambos pies pero en una sucesión inmediata de uno y otro. Luego, él propuso soltar el extremo de la silla y jugar a girarla en redondo, entre la soga a girar y una pared quedaba un espacio reducido, que Pablo utilizó para "pasar" de ida y de vuelta, tratando que la soga no tocara el cuerpo y que, por tanto, no se detuviera.

Para lograrlo, le era preciso "achicarse", contener la respiración y calcular la movida. Parecía que ponía los límites de su cuerpo que más allá  del esquema tomaba la significancia de la imagen pues había otro decir en esto; disfrutaba de los logros. Como si este juego del más allá - más acá , más cerca - más lejos, hacia la derecha - hacia la izquierda, simbolizaran la búsqueda de otra posición en cuanto a él y en cuanto a la mirada del otro.

Luego analicé que la soga no había sido usada ni para atar ni para anudar ni para hacerla un bollo; en todo momento había servido de límite. Me pregunté‚ si la soga, como generadora de límites y de cortes, no aludiría al buscado orden de la ley, a la necesidad de discriminar(se) y diferenciar(se) en su Yo y en sus lugares simbólicos (en relación con la familia). En todo momento la usó para recortar situaciones. Le comenté‚ a la madre acerca de esto de las "conquistas" de Pablo, de sus deseos de disfrutar del movimiento y de su búsqueda de nuevos lugares.



TERCERA SESION



La madre de Pablo me informó que durante la semana había salido mucho a jugar al jardín, que se había caído pero no había llorado, que quería salir a la vereda a jugar pero que a ella le daba miedo. Le pregunté‚ si le parecía que traspasaría el cordón de la vereda y se iría a la calle; no lo sabía entonces. Pablo trajo otra soga de color verde y de fibra de nylon. Me dijo: "otra soga". Pensé, me dio un extremo y tomé el otro. Pensé y me pidió que la bajara para hacer viborita entre los dos. Los movimientos eran fuertes, se reía y no hablaba. Al principio repetíamos los mismos movimientos, como en espejo. Sin hablar, motivé‚ un cambio moviendo hacia arriba; me miró y exclamó un "­eeh...!", y la movió más alto; luego más bajo, y él, mucho más amplio. Surgió un juego matizado con expresiones verbales. Se me ocurrió que a diferencia de una a-dicción (dependencia, estereotipia, goce narcisístico, autoerotismo), esta alternancia se asemejaba más a un di-(a)- logo, ya que  entre uno y otro quedaba un lugar para la iniciativa y la sorpresa de cada uno, para el deseo; como si en medio de la presencia-ausencia hubiérase instalado un espacio de falta que cada uno podía jugar/simbolizar como quisiera; no había certeza sino duda y movimiento.

Era como si la mano, el brazo, el cuerpo como generadores de movimiento, se hubieran perdido como ejecutores del gesto rígido; había otro decir en la escena creada, como si fuera un "me desprendo". El lugar transferencial fue ganado por los contenidos simbólicos - significantes de los juegos. Mi presencia, sentía, era la encarnada por su demanda corporal-significante.



CUARTA SESION



La madre comentó que en el Jardín jugaba más con los chicos, a pesar de que se quejaba de que lo cargaban por su gordura y torpeza, pero que ahora se traía cosas de los chicos diciendo que se las habían regalado. Quizás una manera compulsiva de querer el afecto de los demás? Como intentos de aproximación. Hablé sobre esto con la madre y le pregunté‚ acerca del padre. Al parecer había un acercamiento entre ambos. Pablo no deseó entrar al consultorio habitual. Vio unas colchonetas en la sala (grande) del Centro de E. Temprana contiguo al consultorio y me pidió ir allí. Comenzó a apilar las seis colchonetas medianas diciendo que saltaría desde allí con mi ayuda, sosteniéndolo de una mano. Se trepaba solo, con esfuerzo, buscaba el equilibrio y pidiendo mi mano, saltaba al piso, causándole mucha risa. Su rostro se distendía y su postura cobraba más capacidad de acomodamiento; le gustaba el ruido de los pies al caer. Se trataba de la función estructurante del placer?

Recordando, era como si estos movimientos (praxis) fluyeran desde un aparato biomecánico disponible, aunque con síntomas defensivos (operador motriz), existiendo un deseo y la representación de lo que había que hacer (operador psíquico), y su realización, como función que le generaba placer (operador psicomotriz). Toque, mirada y movimientos se conjugaban para darle otra posición en el discurso. Como si este conjunto de acciones se transformaran en un acto para él. "Pegar el salto" era algo más que saltar, si bien yo trataba de que pudiera registrar el logro desde mi Acompañamiento motriz. Recordé esto de que a la clínica psicomotriz le interesaba el significante más la significación, la articulación en otro lugar: el placer en el movimiento (y no en el goce autoerótico) en el orden de la "relación al Otro".

Acto seguido, Pablo quitó tres colchonetas de la pila y las distribuyó paradas de canto, alrededor de la pila restante; dijo: "esto es un castillo grande". Tomó dos varillas de madera roja y las colocó paradas en punta sobre una colchoneta; al lado, un tubo diciendo que era la chimenea -"acá hay un semáforo, acá  hay un camino... ahora la voy a usar; hay robots malos y buenos, a los malos los desapareció y quedaron los buenos". Intervine: "¿desaparecieron los malos?". Dijo: "Sí, y si vuelven los mato, me defiendo".

Hice de robot y caminé‚ por allí. Hizo de robot y me dijo: "vos sos el malo, te mato". Caí al suelo. Con una madera, me pegó tiros. Jugamos así, hasta que decidió cortar el juego y dijo: "cuando en la escuela los chicos me pegan, me defiendo pero sin armas. Quiero quedarme más tiempo".



CONCLUSION



En este primer intento de acercarme a la práctica de la clínica psicomotriz, con las incertidumbres y dudas del caso y la creciente conciencia de contar con supervisión acorde, pude vislumbrar el valor del síntoma psicomotriz y/o psicosomático como lenguaje.

Comprendí que mi cuerpo, escapado de lo real e inscripto en el lenguaje, había sido un instrumento con el que Pablo metaforizó (en el juego, en lo simbólico) un decir singular que viene enraizado en otro discurso, en su historia de ambivalencias (amor-odio), de rigideces y torpezas (robots), de idealizaciones (los malos desaparecen), y de la necesidad y el deseo de operar estos significantes en su propia construcción.

Lo que la mirada pone en escena, desde la clínica psicomotriz (a diferencia de la mirada psicoanalítica), es el cuerpo del psicomotricista como elemento significante, como el Otro de la transferencia que halla en el "toque" - en el no toque, en la mirada, en un decir o en un no decir del terapeuta (sujeto supuesto saber), una nueva posición en la estructura simbólica (del lenguaje); donde lo "visto" es "dado a ver" a Otro significante. Aquí el "toque" y la "mirada", más la "escucha". Más allá  de los órganos, los significantes. En psicoanálisis, el síntoma no está  "a la vista". En la clínica psicomotriz, el órgano debe perderse para dar lugar a la función significante. "Para que el órgano ojo mire tiene que perderse en la mirada del Otro; para que el órgano oído escuche debe perderse en la melodía de la madre" (E.Levin). El cuerpo-órgano debe perderse para que represente al aparato psíquico.

A cada órgano corresponde una función y una pulsión:

pecho  -- boca -- pulsión oral.

voz    -- oído -- pulsión invocante.

mirada -- ojo  -- pulsión escópica.

heces  -- ano  -- pulsión anal.

cuerpo -- gestos, orificios, agujeros, formas, etc. – pulsión motriz: causa el deseo de moverse. Por esto es necesario un decir del Otro por fuera del propio cuerpo.

Decía Freud en "Introducción al Narcisismo", que el "dolor" abole al mundo y que reduce al Yo el perímetro del cuerpo que duele, no pudiendo desvanecerse en lo simbólico; como si el sujeto se viera conminado a implicarse en lo real de un órgano que lo representa para "otro" en la cadena familiar de los cuerpos. Así surge el síntoma psicomotriz en su paradoja: metafórico y real, dirigido a alguien y enquistado en el goce propio; lo que conduce a la paradoja del rol del psicomotricista que debe ocuparse del síntoma como si el cuerpo no estuviera (porque el síntoma es lenguaje). Se rescata el "nombre"; un cuerpo huraño, sin reflejo pero no sin nombre. "No hay desarrollo, entonces, sino encuentro o fatal desencuentro del cuerpo con su nombre" (C.Granieri).

De allí el valor de lo inconsciente orgánico, porque esto se juega en el cuerpo pulsional habitado de inconsciente, donde la ausencia, la falta, la caída genera el deseo, las ganas de; y su realización psicomotriz.



Trabajo presentado ante la Cátedra "Clínica Psicomotriz", perteneciente al Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Psicología de la U.B.A.