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viernes, 27 de febrero de 2015

Perversión, neurosis, interpretaciones de la Ley. Rolando Ugena



                                             Ley del embudo, ancho por una parte 
                                     y estrecho por otra, expresión con que se 
comenta la conducta de quien impone 
a los demás una norma que él mismo no guarda.

Diccionario María Moliner



Hecha  la ley, hecha la trampa 

                        Refrán popular



                                                                                                         Castrador: dícese de padres, madres y de esposas: 
también: “un librito de lo más castrador”

Adolfo Bioy Casares

Diccionario del argentino exquisito


Si esta reunión de hoy(*), fuese de gente del ámbito de la física, habría a priori pocas posibilidades de que alguien dudara acerca del modo en que la temática de la ley sería abordada. Probablemente ocurriría algo similar si los aquí presentes fueran economistas convocados a discutir la relación entre la oferta y la demanda, árbitros de fútbol debatiendo respecto de las reglas del juego y la aplicación de la ley de la ventaja, el offside, o legisladores abocados a proteger los derechos de los niños, las mujeres, etc.
Pero siendo esta la reunión que es, la de gente interesada en la especificidad del campo de la Salud Mental, con la temática que nos convoca, la relación del sujeto a la ley, la apremiante pregunta ¿De qué ley se trata?, impone con urgencia que se presenten razones, argumentos en la medida en que si se trata de la relación del sujeto con la ley en su conjunto, “el hombre está siempre en posición de no comprender nunca por completo la ley, porque ningún hombre puede dominar en su conjunto la ley del discurso[1]
En Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Lacan señalaba: “Ese goce cuya falta hace inconsistente al Otro, ¿es el mío? La experiencia prueba que ordinariamente me está prohibido, y…no únicamente…por un mal arreglo de la sociedad, sino, diría yo, por la culpa del Otro si existiese: como el Otro no existe, no me queda más remedio que…creer en aquello a lo que la experiencia nos arrastra a todos, y a Freud el primero: al pecado original…incluso si no tuviésemos la confesión de Freud tan expresa como desolada, quedaría el hecho de que el mito, el último que ha nacido en la historia, …no puede servir a nada más que el de la manzana maldita, con la salvedad, que no se inscribe en su activo de mito…
Pero lo que no es un mito, y lo que Freud formuló…tan pronto como el Edipo, es el complejo de castración. Encontramos en este complejo el resorte mayor de la subversión misma que intentamos articular… desconocido hasta Freud que lo introdujo… el complejo de castración no puede ya ser ignorado por ningún pensamiento sobre el sujeto.”[2]
¿Qué relación determinar entre castración y complejo de Edipo, ese que funciona como “complejo nuclear de la neurosis”?
No se trata  simplemente de distinguir entre ambos, discriminación que ya fue hecha por Freud, para quien de hecho el complejo de Edipo no alcanza su magnitud de concepto fundador hasta que lo articula con el complejo de castración, sino de dar cuenta de si la castración en el Edipo es el aspecto más radical de la castración.
Sin duda es conocido que en la filogénesis que construye Freud a partir de sus lecturas antropológicas, la ley resulta de la prohibición que, emanando del padre de la horda primitiva de Tótem y tabú, ese que amenaza a los hijos con la emasculación en el caso de que transgredieran la prohibición, se interioriza después del asesinato del padre en la instancia psíquica del Superyó, abriendo el acceso a la cultura.
El mito de la horda primitiva se encuentra entonces en el origen del mito edípico, lo enmarca siendo la prohibición la crea que el incesto.
La tesis de Lacan, en cambio, sostiene que la verdadera castración no es la amenaza supuesta en la prohibición, sino una función “esencialmente simbólica”, que “sólo se concibe desde la articulación significante[3]operación real introducida por la incidencia del significante, sea el que sea”[4], por la cual hay causa de deseo.
El mito que Freud elucubró, ese que debemos a su pluma, es el sueño de Freud [5], y en cuanto tal debe ser interpretado. Porque lo que no es un mito, es el complejo de castración.
Para decirlo con los términos del Seminario La ética del psicoanálisis, “en el fondo, es más cómodo padecer la interdicción que exponerse a la castración[6], un modo de indicar que quedarse en el conflicto con el padre parece menos tortuoso que encontrarse solo ante el enigma de la existencia.
Ante la penosa prueba de la ausencia de la Cosa y lo sombrío de la pulsión de muerte, el Edipo, que más que reprimido es represor instaura una encrucijada y ese señuelo del rival que constituye un refugio para velar, enmascarar la castración, incrementando el deseo incestuoso.
Porque no sólo es represora la interdicción paterna: también lo es el deseo edípico mismo.
En lo que puede calificarse como una “interpretación neurótica de la castración[7], suele presentarse al goce como prohibido, y no como imposible. El Edipo le da sostén al mito de que hay un objeto del deseo y se aviene a sustentar la ilusión de que un goce absoluto no es imposible, sino que está prohibido.
Ahora bien, ¿la Ley es la prohibición? ¿ la prohibición es sólo una forma de la Ley?
Se suele considerar que toda ley tiene dos aspectos: uno que coarta, frena, y otro que permite, posibilita. ¿Qué es, entonces, la prohibición con respecto a la ley? En la neurosis ¿cómo es caracterizada?
Para la neurosis, la interdicción tiene la forma de la ley que limita, reprime; movimiento por el cual vuelve deseable, precisamente, aquello que prohíbe. “A lo que hay que atenerse, es a que el goce está prohibido a quien habla como tal, o también que no puede decirse sino entre líneas para quien quiera que sea sujeto de la Ley, puesto que la Ley se funda en esa prohibición misma”,[8] pero lo que está reprimido, (no prohibido), es la castración.
La dificultad proviene, me parece, de que el deseo prohibido es la forma que adopta el deseo en el Edipo: se desea a la madre para entrar en rivalidad imaginaria con el padre. El resultado es el odio, la certeza de la “maldad del otro",  que disimula, maquilla la muerte y la castración.
Parece necesario entonces distinguir la prohibición de la ley del deseo y de la castración; corresponde al complejo de Edipo y a sus formaciones neuróticas, las que remiten al incesto. Los grandes mitos freudianos, el del Edipo y el de Tótem y tabú remiten a la neurosis; histérica para uno, obsesiva para el otro, son productos neuróticos para los cuales bastaría…con la muerte del padre.
Pero “bien sabemos los analistas que si Dios no existe, entonces ya nada está permitido. Los neuróticos nos lo demuestran todos los días”.[9]
Si la prohibición es la interpretación neurótica de la ley que reprime la castración, “la ley que significa gozar es su interpretación perversa”.[10] Siendo ambas tentativas de recusar la castración, la perversión convierte a la ley en “ley del goce”, ya no por vía de la represión sino a través de la renegación.  
Según propone Lacan en el Seminario Aún y en “Kant con Sade”, es ley que exhorta a un goce sexual absoluto por todos los medios, particularmente la violencia. Prescribe la no-castración e incita a ir más allá de todo límite del placer,  lo cual supone la sumisión al Otro, hacerse instrumento de su goce y también su crueldad.
 A diferencia de la neurosis que prefiere imponerse prohibiciones, la perversión se caracteriza por un montaje inmutable, se consagra al fantasma y vive en ese mito según el cual, de todo se ha de poder hacer un goce absoluto, especialmente de que alguien se regodee en el dolor de existir.   
La potencia de lo imaginario encubriendo la presencia de la muerte se muestra en todo su esplendor: "Nada obliga a nadie a gozar, salvo el Superyó. El Superyó es el imperativo del goce".[11]
 Pero ¿ qué sucede en la experiencia analítica? En ella, nos topamos con la roca dura de una ley no natural, que no es mera regla de juego, sino un mandato deducido del significante, ley de la castración que como tal ordena desear.
Esa ley tiene dos planos: uno que contra la pulsión y el placer permite la "erección" de un significante, el falo y el establecimiento del deseo; y otro, que trae aparejado un sufrimiento fundamental, anunciando la afánisis del deseo y la presencia de la pulsión de muerte.
Un precepto que no es el de la plenitud ideal, que marca el goce absoluto como imposible y que para decirlo en términos de Freud, interrumpe el principio de placer  e introduce el principio de realidad.
   Volviendo a “Subversión del sujeto…”, respecto del deseo el psicoanálisis nos demuestra que no está sometido únicamente a lo contingente, sino que “exige el concurso de elementos estructurales…cuya incidencia inarmónica, inesperada, difícil de reducir, parece dejar a la experiencia un residuo que pudo arrancar a Freud la confesión de que la sexualidad debía de llevar el rastro de alguna rajadura poco natural.
Haríamos mal en creer que el mito freudiano del Edipo dé el golpe de gracia sobre este punto a la teología…Y convendría más bien leer en él lo que en sus coordenadas Freud impone a nuestra reflexión; pues regresan a la cuestión de donde él mismo partió: ¿qué es un Padre?
-Es el Padre muerto, responde Freud”.[12]
Lacan lo escuchó, y lo prosiguió bajo el capítulo de Nombre-del-Padre. “ El Edipo sin embargo no podría conservar indefinidamente el estrellato en unas formas de sociedad donde se pierde cada vez más el sentido de la tragedia”.

La ética del psicoanálisis, que se opone tanto a la prohibición neurótica como a una "ley de goce", orienta hacia un duelo de todo "goce puro". El mito edípico, que atribuye al Padre la exigencia de la castración, no es más que una consecuencia de la sumisión del ser humano al significante


(*) La reunión a la cual hago referencia, es la VIII Jornada de Salud Mental, de Merlo (Bs.As), realizada en noviembre de 2013, que giró en torno a la cuestión de la Ley.



[1] J. Lacan, El seminario, Libro 2, clase del 16-2-1955
[2] J. Lacan, Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Escritos, página 331/2
[3] Idem, página 132
[4] Idem, página 136
[5] J. Lacan, Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis, página 136
[6] J. Lacan, Seminario VII, La ética del psicoanálisis, página 365
[7] Alain Juranville, Lacan y la filosofía, página 162
[8] J. Lacan, Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, página 333
[9] J. Lacan, El seminario, Libro 2, clase del 16-2-1955
[10] Alain Juranville, Lacan y la filosofía, página 169
[11] J. Lacan, El seminario, Libro XX, clase del 21-11-1972
[12] J. Lacan, “Subversión del deseo…”, página 324

lunes, 22 de diciembre de 2014

Posiciones del hombre frente al amor. Carolina Róvere


¿Por qué el amor es un problema?...¿Cómo se puede decir a priori cómo uno se va a manejar con un amor? ¿Cómo calcular anticipadamente los efectos que va a tener el Otro sobre uno?
Si amor y castración van de la mano, y el amor implica siempre un encuentro con la propia falta, poder consentir al acontecimiento amoroso, como encuentro siempre contingente, requiere de una posición decidida frente al amor que deje atrás el modo neurótico de existir, postula Cristina Róvere en este texto aparecido en Agenda Imago. Ver artículo completo en 
http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=2135

lunes, 17 de noviembre de 2014

Sinopsis de las neurosis de transferencia S.Freud



(No incluido en las Obras Completas)
Publicado por Editorial Ariel, Barcelon, 1989

Preparativos

Después de un examen detallado, intentaremos resumir los caracteres de las neurosis de transferencia, las delimitaremos respecto de otras neurosis, expondremos comparativamente sus distintos factores .
Los factores son: la represión, la contrainvestidura, la formación substitutiva y la formación de síntoma; sus relaciones con la función sexual, la regresión, la predisposición  a la neurosis .
Nos limitaremos a los tres tipos  de neurosis de transferencia : histeria de angustia, histeria de conversión y neurosis obsesiva.

a) La represión

Tiene lugar en las tres  neurosis de transferencia  en la frontera de los sistemas preconsciente e inconsciente; consiste en una retirada u objeción de la investidura preconsciente y es asegurada por un tipo de contrainvestidura. En la neurosis obsesiva ésta se desplaza, en estadíos más tardíos, al límite entre preconsciente y consciente.
Nos daremos cuenta de que en el grupo siguiente  las neurosis narcisistas  la represión tiene otra tópica; se amplía entonces al concepto de escisión  Spaltung .
El punto de vista tópico no debe sobreestimarse en el sentido de suponer que todo comercio entre ambos sistemas  preconsciente e inconsciente  quedaría interrumpido. Será, por tanto, más esencial todavía  determinar  en qué elementos se introduce esta barrera.
El éxito y la completud mantienen una dependencia mutua en la medida en que el fracaso  de la represión  obliga a ulteriores esfuerzos. El éxito varía en las tres neurosis y en estadíos singulares de las mismas.
El éxito es mínimo en la histeria de angustia, donde se limita a que no se constituya ninguna agencia representante preconsciente (y consciente). Más tarde,  se limita  a que en lugar  de la agencia representante  escandalosa, se haga preconsciente y consciente una  representación  substitutiva. Por último, en la formación de fobia, el éxito alcanza su finalidad con la inhibición del afecto de displacer por medio de una gran renuncia, de un exhaustivo intento de huida. El propósito de la represión es siempre la evitación de un displacer. El destino  de la agencia representante es solamente un signo del proceso. El aparente desdoblamiento, descriptivo en vez de sistemático, del proceso a rechazar en representación y afecto (agencia representante y factor cuantitativo) resulta precisamente del hecho de que la represión consiste en una objeción a la representación - palabra; es decir: resulta del carácter tópico de la represión.
En la neurosis obsesiva, el éxito  de la represión  es de entrada completo, pero no duradero. El proceso está aún menos concluido  que en la histeria de angustia . A una primera fase exitosa le suceden dos ulteriores, de las cuales la primera (la represión secundaria: formación de la representación obsesiva, lucha contra la representación obsesiva) se conforma, como en la histeria de angustia, con una substitución de la agencia representante; mientras que la  fase  ulterior (la  represión  terciaria) produce renuncias y limitaciones como las que corresponderían a la fobia, pero que, a diferencia de lo que sucede en esta, trabaja con medios lógicos.
En cambio, el éxito de la histeria de conversión es completo desde el principio, aunque se logra al precio de una fuerte formación substitutiva. Este proceso del desarrollo particular de la represión es más completo.

b) Contrainvestidura

En la histeria de angustia, que es un mero intento de huida,  la contrainvestidura  falta al principio; se precipita luego, sobre la representación substitutiva, especialmente en la tercera fase sobre el entorno de la misma, para desde allí estar segura de domeñar el desprendimiento de displacer, como alerta y atención. Representa la componente de la investidura preconsciente, es decir, el esfuerzo que cuesta la neurosis.
En la neurosis obsesiva, donde desde el principio se trata de la defensa de una pulsión ambivalente, la contrainvestidura se encarga de la primera represión exitosa; efectúa luego una formación reactiva gracias a la ambivalencia; da lugar por fin, en una fase terciaria, a la atención. que distingue a la representación obsesiva y se encarga del trabajo lógico. Por lo tanto, las fases segunda y tercera son casi iguales  en la neurosis obsesiva  y en la histeria de angustia. La diferencia  está  en la primera fase, donde la contrainvestidura en la histeria de angustia no logra nada, mientras que en la neurosis obsesiva lo logra todo.
La contrainvestidura simple asegura para la represión la componente correspondiente del preconsciente.
En la histeria  de conversión , el carácter logrado lo hace posible el hecho de que desde el comienzo la contrainvestidura busca una coincidencia con la investidura pulsional y llega a un compromiso con ella; la determinación electiva recae en la agencia representante.

c) Formación substitutiva y formación de síntoma

Corresponden al retorno de lo reprimido, al fracaso de la represión. Por un tiempo hemos de tomarlas por separado; más tarde confluirá  la formación substitutiva  con  la formación de síntoma .
Esta confluencia se da, en su forma más completa, en la histeria de conversión, donde la substitución es igual al síntoma; no hay nada más que separar.
Igualmente, en la histeria de angustia, la formación substitutiva posibilita a lo reprimido el primer retorno.
En la neurosis obsesiva  la formación substitutiva y la formación de síntoma  se separan nítidamente, pues la primera formación substitutiva de lo reprimente es suministrada mediante la contrainvestidura; no se cuenta entre los síntomas. En cambio los posteriores síntomas de la neurosis obsesiva suelen ser de manera preponderante un retorno de lo reprimido, a la vez que la participación en ellos de lo reprimente es menor.
La formación de síntomas, de la cual parte nuestro estudio, coincide siempre con el retorno de lo reprimido y acontece con ayuda de la regresión y de las fijaciones predisponentes. Una ley general dice que la regresión retrocede hasta la fijación y que desde allí se impone en retorno de lo reprimido.

d) La relación con la función sexual

Para ella sigue siendo válido que la moción pulsional reprimida es siempre una moción libidinal y perteneciente a la vida sexual, mientras que la represión parte del yo por distintos motivos, que se pueden resumir en un «no poder» (por fuerza excesiva) o en un «no querer». Esto último remite a una incompatibilidad con los ideales del yo o al temor a otro tipo de daño del yo. El «no poder» también equivale a un daño.
Este hecho fundamental se vuelve opaco por dos factores. En primer lugar, a menudo se da la apariencia de que la represión estaría incitada por el conflicto entre dos estímulos, ambos libidinales. Esto se resuelve por la consideración de que uno de ellos es adecuado al yo; en el conflicto puede reclamar la ayuda de la represión que se origina en el yo. En segundo lugar, se vuelve opaco por ser no sólo tendencias libidinales sino también tendencias yoicas las que se encuentran entre las reprimidas, como es especialmente claro y frecuente cuando la neurosis ha tenido una presencia más duradera y un desarrollo mas avanzado. Esto último sucede de tal manera que la moción libidinal reprimida intenta imponerse mediante el rodeo por una tendencia yoica , de la que ha extraído una componente a la cual transfiere energía; luego arrastra consigo a esa  tendencia yoica  a la represión. Esto puede ocurrir en gran escala. Esto no cambia nada de la validez general de aquel enunciado  que la moción reprimida es siempre libidinosa. Es lógica la exigencia de que hayamos de extraer nuestra comprensión  a partir de los estados iniciales de las neurosis.
En la histeria y en la neurosis obsesiva es evidente que la represión se dirige contra la función sexual en su forma definitiva, en la cual representa la aspiración a la procreación. Una vez más, esto resulta más claro que en ningún otro lugar en la histeria de conversión, porque no tiene complicación alguna; en la neurosis obsesiva, en cambio, hay primero regresión. Sin embargo, no hay que exagerar esta relación y no hay que admitir, llegado el caso, que la represión sólo se haga eficaz en este estadío de la libido. Al contrario, precisamente la neurosis obsesiva demuestra que la represión es un proceso general no libidinalmente dependiente, porque en su caso va dirigida contra el nivel previo. Lo mismo se muestra en el desarrollo: que la represión también es exigida en contra de las mociones perversas. Hemos de preguntarnos por qué aquí la represión tiene éxito, mientras que en otros casos no. Por su naturaleza misma, las tendencias libidinales son muy susceptibles de substitución,   de modo que, en caso de represión de las tendencias normales, se refuerzan las perversas y viceversa. Con la función sexual, la represión no tiene otra relación que la de ser exigida como defensa contra ella, tal como sucede con la regresión y otros destinos de pulsión.
En la histeria de angustia, la relación con la pulsión sexual es menos precisa, por razones que hemos mostrado al tratar de la angustia. Parece que la histeria de angustia incluye aquellos casos en los cuales la exigencia de la pulsión sexual es rechazada como un peligro por ser demasiado grande. No se trata de ninguna condición especial derivada de la organización de la libido.

e) Regresión

Es  el factor y el destino pulsional más interesante. Si partiésemos sólo de la histeria de angustia, no tendríamos ningún motivo para adivinarla. Se podría decir que aquí no entra en consideración, tal vez porque toda posterior histeria de angustia regresa tan claramente a una histeria de angustia infantil (la ejemplar disposición a la neurosis) y porque esta última aparece tan tempranamente en la vida. En cambio, las otras dos  neurosis de transferencia  son ejemplos perfectos de regresión, aunque ésta desempeña en cada una de ellas un papel distinto en la estructura de la neurosis.
En la histeria de conversión se trata de una fuerte regresión del yo, de un retorno a la fase en la que no hay división entre preconsciente e inconsciente, es decir, no hay lenguaje ni censura. La regresión sirve, sin embargo, para la formación de síntomas y para el retorno de lo reprimido. La moción pulsional, no aceptada por el yo actual, recurre a otro anterior, desde el cual encuentra una descarga, pero ciertamente de otro modo.
Ya hemos hecho mención de que en ello se da virtualmente una especie de regresión de la libido.
En la neurosis obsesiva sucede algo distinto. La regresión es una regresión de libido, no sirve al retorno  de lo reprimido  sino a la represión. Se hace posible por una fuerte fijación constitucional o una formación  incompleta. En efecto, aquí el primer paso de la defensa le corresponde a la regresión; se trata mas de regresión que de inhibición del desarrollo; sólo entonces la organización regresiva y libidinal sufre una típica represión, que, no obstante, permanece sin éxito. Una parte de la regresión del yo se impone al yo desde la libido, o se da en el desarrollo incompleto del yo que aquí está en conexión con la fase libidinal (Separación de las ambivalencias.)

f)  Predisposición a la neurosis

Detrás de la regresión se ocultan los problemas de la fijación y de la predisposición. Se puede decir, en general, que la regresión remite al pasado hasta un lugar de fijación bien en el desarrollo del yo, bien en el desarrollo de la libido; ese lugar representa la predisposición. Es éste, por tanto, el factor más determinante, aquel que proporciona la decisión en la elección de la neurosis. Merece, pues, la pena que nos detengamos en él.
La fijación se produce por el hecho de que una fase del desarrollo estaba demasiado marcada, o que tal vez duró demasiado tiempo como para hacer la transición sin resto a la siguiente. Es mejor no exigir una idea más clara acerca de cuáles sean las modificaciones en las que se conserva la fijación; aunque sí podernos decir algo acerca de su origen. Existen las mismas posibilidades de que esta fijación sea meramente congénita como de que se haya producido por impresiones tempranas, como de que, finalmente, ambos factores cooperen. Tanto más cuanto que se puede sostener que ambos factores son en el fondo ubicuos, ya que, por un lado, todas las disposiciones están constitucionalmente presentes en el niño y, por otro lado, las impresiones eficaces se dan para muchos niños de la misma manera. Se trata, pues, del más o del menos, y de una coincidencia eficaz. Puesto que nadie está inclinado a negar los factores constitucionales, es tarea del psicoanálisis sostener enérgicamente también la parte legítima de las adquisiciones de la temprana infancia.
Por cierto, que se reconoce más claramente en la neurosis obsesiva el momento constitucional que en la histeria de conversión el accidental, esto hay que admitirlo. La distribución en detalle es aún dudosa.
Allí donde el factor constitucional de la fijación entra en consideración, no por ello queda descartada la adquisición; ésta solamente retrocede a una prehistoria aún más temprana, ya que con todo derecho se puede decir que las disposiciones heredadas son restos de la adquisición de los antepasados. Con ello tocamos el problema de la disposición filogenética detrás de la individual o la ontogenética; no podemos ver contradicción alguna en que el individuo añada a su disposición heredada sobre la base de vivencias anteriores  a él , nuevas disposiciones a partir de sus propias vivencias. ¿Por qué el proceso que crea una disposición sobre la base de vivencias debería extinguirse precisamente en el individuo cuya neurosis estamos investigando? O bien, ¿crearía este individuo una disposición para sus descendientes sin poderla adquirir para sí? Más bien parece tratarse de una complementación necesaria.
Aún no podemos valorar hasta qué punto la disposición filogenética puede contribuir a la comprensión de la neurosis. Para ello se requeriría también que la consideración fuese más allá del estrecho ámbito de las neurosis de transferencia. En todo caso, el más importante de los caracteres distintivos de las neurosis de transferencia no ha podido ser tomado en consideración en esta sinopsis porque, al ser común a todas ellas, no llama la atención y sólo lo haría por contraste al considerar también las neurosis narcisísticas. En esta ampliación del horizonte la relación entre el yo y el objeto se pondría en primer plano, y el distintivo común resultaría ser el aferrarse al objeto. Aquí están permitidos algunos preparativos.
Espero que el lector, que hasta aquí ha notado en lo aburrido de muchos párrafos hasta qué punto todo se construye sobre una cuidada y trabajosa observación, será paciente si también alguna vez la crítica retrocede ante la fantasía, y si exponemos cosas no confirmadas sólo porque son estimulantes y abren puntos de vista más amplios.
Es legítimo suponer, además, que también las neurosis deben dar fe de la historia evolutiva anímica del ser humano. Ahora bien, en el ensayo  ”Formulaciones  sobre los dos principios del acaecer psíquico» (1911b) creo haber demostrado que a las tendencias sexuales del ser humano les podemos atribuir otro desarrollo que a las tendencias yoicas. La razón es esencialmente que las primeras pueden, durante un cierto tiempo, satisfacerse autoeróticamente, mientras que las tendencias yoicas, desde el principio necesitan un objeto y por tanto la realidad.
Cuál sea el desarrollo de la vida sexual humana, es algo que a grandes rasgos creemos haber aprendido (Tres ensayos de teoría sexual  1905d ). El del yo humano, esto es, el de las funciones autoconservadoras y de las formaciones derivadas de ellas, es más difícil de hacer transparente. Sólo conozco el único intento de Ferenczi, quien aprovecha las experiencias psicoanalíticas con este fin. Nuestra tarea sería evidentemente mucho más fácil si, a la hora de comprender las neurosis, la historia evolutiva del yo nos fuese dada desde alguna otra fuente, en lugar de tener que proceder ahora en dirección inversa. En este punto llegamos a tener la impresión de que la historia evolutiva de la libido repite un fragmento mucho más antiguo del desarrollo  filogenético  que el desarrollo del yo; acaso la primera repite las condiciones de la clase de los vertebrados, mientras que el segundo dependería de la historia de la especie humana. Ahora bien, existe una serie  con la que se pueden relacionar diversas ideas que van muy lejos. Esta serie se produce cuando ordenamos las neurosis psíquicas (no solamente las neurosis de transferencia) según el momento en que suelen aparecer en la vida individual. Entonces, la histeria de angustia, que casi no tiene condiciones previas, es la más temprana; a ella le sigue la histeria de conversión (desde aproximadamente el cuarto año); aun algo más tarde, en la prepubertad (9-10 años), se presenta en los niños la neurosis obsesiva. Las neurosis narcisistas están ausentes en la infancia. Entre ellas, la demencia precoz en su forma clásica es una enfermedad de los años de pubertad, la paranoia es más cercana a los años de madurez, y la melancolía - manía también al mismo lapso, aunque aparte de esto es indeterminable.
La serie es por tanto: histeria de angustia - histeria de conversión - neurosis obsesiva - demencia precoz - paranoia - melancolía - manía.
Las disposiciones de fijación de estas afecciones también parecen constituir una serie, pero de sentido inverso, especialmente cuando consideramos las disposiciones libidinales. Resultaría, por tanto, que cuanto más tarde se presenta la neurosis, tanto más temprana es la fase libidinal a la que debe regresar. Esto vale sin embargo, sólo a grandes rasgos.
Indudablemente la histeria de conversión se dirige contra el primado de los genitales, la neurosis obsesiva contra la fase previa sádica, el conjunto de las tres neurosis de transferencia contra el desarrollo libidinal realizado. Las neurosis narcisistas en cambio se remontan a fases anteriores al encuentro de objetos; la demencia precoz regresa hasta el autoerotismo, la paranoia hasta la elección narcisista y homosexual de objeto y en la melancolía subyace la identificación narcisista con el objeto. Las diferencias se hallan en el hecho de que la demencia indudablemente se presenta más tempranamente que la paranoia, aunque su disposición libidinal se remonte más atrás, y en el hecho de que la melancolía - manía no permite una localización segura en la sucesión temporal. Así, no se puede sostener que la serie temporal de las psiconeurosis, de cuya existencia no cabe dudar, sólo esté determinada por el desarrollo de la libido. En la medida en que esto sea cierto, se subrayaría más bien la relación inversa entre ellos. También es un hecho conocido que con el avance de la edad, la histeria o la neurosis obsesiva pueden convertirse en demencia, pero que nunca sucede lo contrario.
Ahora bien, podemos construir otra, serie, filogenética, que realmente es paralela a la sucesión temporal de las neurosis. Sólo que para ello es preciso empezar desde muy lejos y tolerar algún que otro elemento hipotético intermedio.
El doctor Wittels fue el primero en formular la idea de que la existencia del animal humano primitivo habría transcurrido en un medio inmensamente rico, satisfactorio para todas las necesidades  y cuya resonancia hemos conservado en el mito del paraíso original. En ese medio podría haber superado la periodicidad de la libido que aún es propia de los mamíferos. Ferenczi, en el trabajo que ya hemos citado, muy rico en reflexiones, expresó luego la idea de que el posterior desarrollo de ese ser humano primitivo se produjo bajo la influencia de los destinos geológicos de la tierra y que de manera especial las necesidades vitales  de las épocas glaciales le trajo el estímulo para su desarrollo cultural. Pues generalmente se admite que en la época glacial la especie humana ya existía y que sufrió su influencia.
Si tomamos la idea de Ferenczi, se nos ofrece la tentación de reconocer en las distintas predisposiciones -a la histeria de angustia, a la histeria de conversión y a la neurosis obsesiva- regresiones a fases que antiguamente hubo de sufrir toda la especie humana, desde el principio hasta el final de la época glacial; de este modo, los seres humanos eran entonces tal como hoy lo es, por sus disposiciones congénitas y por una adquisición nueva, solamente una parte de la humanidad. Naturalmente, las imágenes no pueden coincidir del todo, porque la neurosis contiene más de lo que comporta la regresión. La neurosis es también una expresión de la resistencia contra esta regresión; es un compromiso entre lo arcaico antiguo y la exigencia de lo culturalmente nuevo. Esta diferencia tendrá que ser especialmente marcada en la neurosis obsesiva, que está, como ninguna otra, bajo el signo de la contradicción interna. Pero la neurosis debe, en la medida en que lo reprimido ha vencido en ella, volver a traer la imagen arcaica.
1) Lo primero que podríamos dar por sentado sería que la humanidad, bajo la influencia de las privaciones que la irrupción de la época glacial le impuso, se volvió en general angustiada. El mundo exterior, que hasta entonces había sido predominantemente amable y que habría ofrecido todas las satisfacciones, se convirtió en una acumulación de peligros amenazantes. Se daban así todos los motivos para la angustia real ante todo lo nuevo. La libido sexual no perdió ciertamente sus objetos en un principio, puesto que son humanos, pero se puede pensar que, amenazado en su existencia, el yo se distanció hasta cierto punto de la investidura objetal, conservó la libido en el yo, y transformó así en angustia real lo que anteriormente había sido libido objetal. Ahora bien, en la angustia infantil vemos todavía que el niño, en caso de insatisfacción, transforma la libido objetal en angustia real ante lo extraño, pero también que generalmente tiende a sentir angustia ante todo lo nuevo. Hemos tenido una larga discusión acerca de si la angustia real o la angustia de añoranza  es lo más primario, si el niño transforma su libido en angustia real porque la considera demasiado grande y peligrosa, para llegar así en general a la representación del peligro, o si no es que cede más bien a una capacidad general de angustia con la cual aprende también a temer a su libido insatisfecha. Nos inclinaríamos más a suponer lo primero, a anteponer la angustia de añoranza; pero para ello echamos en falta una predisposición especial. Teníamos que explicarlo como una tendencia infantil. general. La consideración filogenética parece mediar ahora en la disputa en favor de la angustia real y nos hace suponer que una parte de los niños traen consigo la capacidad de angustia del comienzo de las eras glaciales, y que merced a ellas son inducidos ahora a tratar la libido insatisfecha, como un peligro externo. El relativo exceso de libido tendría su origen, sin embargo, en la misma disposición y haría posible una nueva adquisición de la capacidad de angustia ya existente. De cualquier modo, la discusión acerca de la histeria de angustia daría un resultado favorable a la preponderancia de la predisposición filogenética sobre todos los demás factores.
2) Con el avance de los tiempos duros y por la amenaza contra su existencia, para los hombres primitivos tenía que producirse un conflicto entre la autoconservación y el deseo  de procreación, tal y como se suele expresar en la mayoría de los casos típicos de histeria. No habría suficiente alimento para permitir una proliferación de las hordas humanas, y las fuerzas individuales no bastaban para mantener con vida a tantos desamparados. La matanza de los recién nacidos halló seguramente una resistencia en el amor, especialmente el de las madres narcisistas. La restricción de la procreación llegó a ser, por tanto, un deber social. Las satisfacciones perversas, que no llevan al engendramiento de hijos, escaparon a esta prohibición, con lo que se promovió una cierta regresión a la fase libidinal anterior a la primacía de los genitales. Las limitaciones, la abstinencia, tenían que afectar más duramente a la mujer que al hombre, más despreocupado por las consecuencias de la práctica sexual. Toda esta situación corresponde manifiestamente a las condiciones de la histeria de conversión. De la sintomatología de la misma concluimos que el ser humano aún carecía de lenguaje cuando, por la necesidad vital  no dominada, se impuso la prohibición de la procreación, esto es, cuando aún no se había tampoco construido el sistema preconsciente sobre su inconsciente. A la histeria de conversión regresa, por tanto, aquel que, teniendo predisposición a ella, especialmente la mujer, se halla bajo la influencia de prohibiciones que pretenden excluir la función genital, a la vez que impresiones tempranas fuertemente excitantes impulsan  hacia la actividad genital.
3) La evolución ulterior es fácil de construir. Concernía especialmente al hombre. Después de aprender a economizar la libido y después de rebajar la actividad sexual por regresión a una fase anterior, el uso de la inteligencia ganaba para él un papel principal. Aprendió a investigar, a comprender algo el mundo hostil y a asegurarse por medio de inventos un primer dominio sobre el mundo. Se desenvolvió bajo el signo de la energía, desarrolló los comienzos del lenguaje y hubo de dar a las nuevas adquisiciones una gran importancia. El lenguaje era magia para él, sus pensamientos le parecían omnipotentes, comprendía el mundo de acuerdo con su yo. Ésta es la época de la visión del mundo animista con su técnica mágica. Como compensación a su capacidad para procurar a otros tantos desamparados la seguridad de la vida, se arrogó una ilimitada dominación sobre ellos; representó en su persona los dos primeros postulados: que él mismo era invulnerable y que no se le podía disputar la libre disposición sobre las mujeres. Hacia el final de este período, el género humano estaba escindido en distintas hordas que un hombre fuerte, sabio y brutal dominaba como padre. Es posible que la naturaleza egoísta, celosa e irrespetuosa que, de acuerdo con consideraciones etnopsicológicas, atribuimos al padre primitivo de la horda humana, no hubiese existido desde el principio, sino que se hubiese formado en el transcurso de las graves épocas glaciales como resultado de la adaptación a la necesidad.
Pues bien, los caracteres de esta fase de la humanidad los repite ahora la neurosis obsesiva; una parte de ellos de una manera negativa, ya que las formaciones reactivas  de la  neurosis corresponden también en parte a la resistencia contra este retorno. La sobrevaloración del pensamiento, la enorme energía que retorna en la obsesión , la omnipotencia de los pensamientos, la tendencia a leyes inquebrantables son rasgos inalterados. Pero en contra de los impulsos brutales que quieren sustituir la vida amorosa, se alza la resistencia de posteriores desarrollos, la cual, desde el conflicto libidinal, finalmente paraliza la energía vital del individuo y sólo deja subsistir, como obsesión , los impulsos desplazados a asuntos irrelevantes. Así, este tipo humano, el más valioso para el desarrollo cultural, se extingue por las exigencias de la vida amorosa en su retorno, como el grandioso tipo del padre primitivo mismo que, aunque posteriormente retornó como divinidad, en la realidad se ha extinguido por las condiciones familiares que él mismo se creó.
4) Hasta aquí llegaríamos en el cumplimiento de un programa previsto por Ferenczi, consistente en «poner en consecuencia los tipos regresivos neuróticos con las etapas de la historia de la especie humana», tal vez sin desencaminarnos por especulaciones demasiado atrevidas. Para las manifestaciones de las neurosis narcisísticas, ulteriores y más tardías, nos faltaría, sin embargo, toda conexión si no viniera en nuestra ayuda la suposición de que la disposición a ellas sería adquirida por una segunda generación, cuyo desarrollo conduce a una nueva fase de la cultura humana.
Esta segunda generación se inicia con los hijos a los cuales el padre primitivo no deja libertad. Hemos establecido en otro lugar (Tótem y tabú  1912-1913)  que éste los expulsa cuando han alcanzado la etapa de la pubertad. Las experiencias psicoanalíticas nos advierten, no obstante, que hay que poner una solución distinta y más cruel en su lugar, concretamente que los priva de su virilidad, de modo que luego pueden permanecer en la horda como peones inofensivos. El efecto de la castración en aquel tiempo arcaico lo podemos imaginar, sin duda, como una extinción de la libido y una detención del desarrollo individual. La demencia precoz, especialmente como hebefrenia, parece repetir un estado así, ella que conduce al abandono de todo objeto de amor, a la involución de todas las sublimaciones y a la regresión al autoerotismo. El joven individuo se comporta como si hubiese sufrido la castración; incluso auto castraciones reales no son raras en esta afección. Por lo demás, las características más notables de la enfermedad, como las alteraciones del lenguaje y las crisis alucinatorias, no se pueden incluir en este cuadro filogenético, porque corresponden a los intentos de curación, a los múltiples esfuerzos para recuperar el objeto; estas características, en el cuadro de la enfermedad, son casi más llamativas temporalmente que los fenómenos de involución.
Con la suposición de que los hijos han sufrido un trato así se relaciona una cuestión a la que de paso hay que responder: ¿De dónde les viene a los padres primitivos la sucesión y su sustitución, si se deshacen de esta manera de sus hijos? Atkinson  (1903)  ya señaló el camino al subrayar que sólo los hijos mayores tenían que temer la plena persecución del padre, y que en cambio el menor - pensándolo esquemáticamente- gracias a los ruegos de la madre, pero sobre todo a consecuencia del envejecimiento del padre y de su necesidad de asistencia, tenía la perspectiva de escapar a ese destino y convertirse en sucesor del padre. Esta preferencia por el más joven fue eliminada radicalmente en la siguiente formación social y substituida por el privilegio del hijo mayor. Sin embargo, en el mito y en la leyenda, esa preferencia se ha conservado de manera muy reconocible.
5) La siguiente transformación sólo podía consistir en que los hijos amenazados se sustrajeran a la castración mediante la huida y que aprendieran, aliándose entre ellos, a asumir la lucha por la vida. Esta convivencia tenía que producir los sentimientos sociales y podía estar basada en la insatisfacción sexual homosexual. Es muy posible que en la transmisión hereditaria del estado de esta fase se pueda ver la disposición hereditaria a la homosexualidad tan largamente buscada. Surgidos aquí de la homosexualidad, por sublimación, los sentimientos sociales se tornaron empero una adquisición duradera de la humanidad y la base de toda sociedad posterior. Visiblemente, la paranoia reproduce el estado de esta fase; más correctamente, la paranoia se defiende contra el retorno de esta misma fase, en la cual no faltan las alianzas secretas y donde el perseguidor desempeña un papel imponente. La paranoia trata de rechazar la homosexualidad que había estado en la base de la organización fraterna y debe por esto expulsar al afectado de la comunidad y destruir sus sublimaciones sociales.
6) La integración de la melancolía - manía en este contexto parece topar con la dificultad de que no se puede indicar con seguridad un tiempo normal para la aparición individual de esta dolencia neurótica. Sin embargo, es seguro que pertenece antes a la edad de la madurez que a la infancia. Si nos fijamos en la característica alternancia entre depresión y euforia, es difícil no recordar la tan parecida sucesión de triunfo y duelo que constituye una componente regular de las festividades religiosas: duelo por la muerte del dios, triunfal alegría por su resurrección. Esta ceremonia religiosa, sin embargo - tal como lo hemos colegido de las indicaciones de la etnopsicología -, sólo en dirección inversa repite el comportamiento del clan fraterno después de haber vencido y matado al padre primitivo: triunfo por su muerte y luego duelo por ella, porque, no obstante, todos lo habían venerado como modelo. Así, este gran acontecimiento de la historia de la humanidad, que puso fin a la horda primitiva y que la substituyó por la organización triunfante de los hermanos, daría la predisposición para la peculiar sucesión de estados de ánimo que reconocemos como especial afección narcisística, junto con las parafrenias. El duelo por el padre primitivo surge de la identificación con él, y ya hemos demostrado que esta identificación es la condición del mecanismo melancólico.
Resumiendo, podemos decir: las predisposiciones para las tres neurosis de transferencia fueron adquiridas en la lucha por remediar la necesidad vital de las eras glaciales; después de eso, las fijaciones que subyacen a las neurosis narcisistas se derivan de la presión ejercida por el padre, quien tras el final de la era glacial asume y sigue desempeñando por así decirlo el papel de aquella necesidad frente a la segunda generación. Tal como la primera lucha lleva al nivel cultural patriarcal, la segunda lleva al social, pero de ambas luchas resultan las fijaciones que en su retorno tras de milenios se convierten en la predisposición de los dos grupos de neurosis. También, en este sentido, la neurosis es pues una adquisición cultural.
La cuestión de si el paralelismo aquí esbozado es algo más que una comparación lúdica, o en qué medida puede iluminar los enigmas aún no resueltos de la neurosis, es algo que puede dejarse como tarea oportuna para ulteriores análisis y para la clarificación mediante nuevas experiencias.
Ahora ha llegado el momento de pensar  en una  serie de objeciones que nos advierten que no debemos sobreestimar las deducciones que hemos alcanzado a elaborar.
De entrada, a cualquiera se le impondrá que la segunda serie de predisposiciones, la de la segunda generación, sólo la pudieron adquirir los hombres (en cuanto hijos), mientras que la demencia precoz, la paranoia y la melancolía las producen igualmente las mujeres. Las mujeres en los tiempos arcaicos vivían bajo condiciones aún más distintas que hoy. Además, estas disposiciones comportan una dificultad de la cual las de  la  primera serie están libres: parecen haber sido adquiridas bajo unas condiciones que excluyen la herencia. Es evidente que los hijos castrados e intimidados no llegan a la reproducción, o sea, que no pueden dar continuidad a su disposición (demencia precoz). Pero el estado psíquico de los hijos expulsados y unidos en la homosexualidad tampoco puede influir en la generación siguiente, puesto que se extinguen como ramas laterales infértiles de la familia mientras aún no han triunfado sobre el padre. Mas si lo logran, ese triunfo es entonces la vivencia de una sola generación, por lo cual debe desestimarse la necesaria reproducción ilimitada de esta vivencia.
Como puede pensarse, no hay que ser tímido, en áreas tan oscuras, a la hora de hallar respuestas. Pues esta dificultad coincide en el fondo con otra planteada anteriormente: ¿cómo se reprodujo el padre brutal de la era glacial, puesto que no era inmortal como su copia divina? De nuevo se ofrece como solución el hijo menor que más tarde se vuelve padre y que, si bien él mismo no está castrado, conoce, sin embargo, el destino de sus hermanos mayores y lo teme para sí; ese hijo menor habrá tenido probablemente la tentación, como los más afortunados entre ellos, de huir y de renunciar a la mujer. Así quedaría siempre, junto a los hombres excluidos como infértiles, una cadena de otros hombres que experimentan en su persona los destinos del género masculino y que como disposiciones los pueden transmitir por herencia. El punto de vista esencial se mantiene: para el hijo menor la necesidad vital de los tiempos la reemplaza la presión del padre. El triunfo sobre el padre tiene que haber sido planeado y fantaseado a través de incontables generaciones antes de lograr realizarlo.
La extensión a la mujer de las disposiciones producidas por la presión del padre parece presentar dificultades todavía mayores. Los destinos de la mujer en esos tiempos arcaicos se nos ocultan en una especial oscuridad. Así podrían entrar en consideración condiciones de vida que no hemos reconocido. La más grave dificultad nos la resuelve, sin embargo, la observación de que no debemos olvidar la bisexualidad del ser humano. Así puede la mujer adoptar las disposiciones adquiridas por el hombre y hacerlas aparecer ella en sí misma.
Tengamos claro, no obstante, que con estas soluciones, en el fondo, no hemos logrado otra cosa que sustraer nuestras fantasías científicas al reproche de que sean absurdas. En conjunto conservan su valor como sanas desilusiones, si es que tal vez hemos estado en vías de situar las disposiciones filogenéticas por encima de todo lo demás. Si las constituciones arcaicas retornan en los individuos nuevos y los empujan a la neurosis por medio del conflicto con las exigencias del presente, ello no sucede en una proporción que pueda fijarse como ley.
Queda espacio para adquisiciones nuevas y para influencias que no conocemos. En conjunto no estamos al final, sino al principio de una comprensión del factor filogenético.