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lunes, 12 de marzo de 2018

El pasaje al acto de Alejandra Pizarnik. Leonor Pagano





A cuarenta años de su muerte, presento este trabajo sobre el pasaje al acto de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik, como un deseo de inscribir algo de su trágica muerte.
          Su vida, su obra, tantas veces comentada sin atender al misterio central  que a ella la animaba. Como siempre el malentendido funda y en una poeta maldita como ella aún más. “Se diría que una generación de malentendidos nos coloca ante un foso de perplejidades acerca del verdadero alcance de su vida y de su obra”. (I. Bordelois)
      Al borde del mismo foso que Hamlet, recupera su vida en  relación al falo,  Alejandra no retoma su relación subjetiva con el    falo sino que apresura un final que la lleva a caer de la escena.
El pasaje al acto como acto logrado: el suicidio. Es una salida intempestiva de la escena, provoca el asombro, la intriga, la sorpresa frente a los móviles que pueden conducir a que alguien decida interrumpir su existencia. El suicidio siempre concita preguntas tales como: ¿por qué se suicidó? ¿Qué lo llevó o empujó a ese acto? ¿Se pudo haber hecho algo para que no sucediera? ¿Por qué no se escuchó o se estuvo más atento? Podemos decir que el suicidio crea cierta incomodidad, que incluso nos hace sentir angustia y culpa.
En un atardecer de abril de 1934, un barco traía a una joven pareja de la Rusia natal: Rosa o Rejzla Bromiker de Pizarnik (fallecida en enero de 1986) y Elías Pizarnik (fallecido en febrero de 1987). Rosa estaba embarazada de Miriam, la hermana mayor de Alejandra… escapaban del estalinismo.
Las raíces eran polacas, esa era la lengua, junto con el idish que hablaban los Pizarnik. En realidad, su verdadero apellido era POZHARNIK, pero para los oídos poco cultivados de los empleados de inmigración, ingresaron como Pizarnik. Se radicaron en Avellaneda, provincia de Buenos Aires.
Desde muy pequeña, empezó a arder en Alejandra la inclinación por la literatura, hasta convertirse en incendio, pasión que arrasó su vida, dejando una de las obras poéticas más importantes.
La metáfora del fuego no es gratuita –pozhar en ruso quiere decir “incendio”, quizá marca el desborde que signa la vida, la palabra y la escritura de Alejandra POZHAR-NIK. El fuego de su apellido originario se apagó con cincuenta pastillas de seconal.
Fue lo que vieron sus amigos al entrar al departamento de la calle Montevideo… desolación:

No quiero ir nada más que hasta el fondo.

Todo se había consumado en la madrugada del 25 de septiembre de 1972. Tenía apenas 34 años cuando se mató.
Alejandra era: Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha, cinco nombres y el mismo desamparo.
Buma: así la llamaban sus padres y el círculo íntimo, el mundo de la infancia y parte de la adolescencia.
Flora: en la escuela secundaria. Alumna inquieta, desenfrenada y discutidora. Fue en la época en que mantenía feroces peleas con su madre porque no era el ideal, como lo era su hermana, rubia, bonita, exitosa.
Blímele: para sus maestros del shule. Recibe una excelente formación de los pestalocianos, hombres y mujeres inmigrantes formados en Europa, librepensadores que enseñaban a los hijos de inmigrantes a leer y escribir.
Alejandra: como contraseña de lo que era su propia vocación: la poesía, máscara de fuego y de horror que la delatará toda su vida.
Sasha: el nombre más secreto, con el olor a los bosques helados de la Ucrania paterna. Diminutivo de Alejandra, pidió ser llamada así al final de sus días, como último disfraz del desamor.
La conmoción de Alejandra comienza en la adolescencia. De niña era gordita y asmática. Tenía la certeza de ser una chica fea y gorda. Vivió matándose de hambre, consumiendo adelgazantes que contenían anfetaminas (por entonces eran de venta libre). Se hizo adicta a ellos y descubrió que le daban una lucidez especial para escribir y vivir de noche. Ella nunca se sintió parte de este mundo.
A los 14 comenzó a marcarse más una leve tartamudez al empezar a hablar, hablaba de una manera especial arrastrando los finales y su voz era de catacumba, esto, fue metamorfoseándose en una forma de hablar extranjerizada, con una oratoria acerada y puntual que fascinaba al escucha. Su voz seducía, hablaba literalmente desde otro lado del lenguaje, cambiando los acentos descomponía joyceanamente las palabras, las frases, el lenguaje.
Había dos Alejandras: “Una criatura llena de desamparo, silenciosa, infantil en su desaforada demanda, desolada por el desamor, siempre al borde de las experiencias límites, fascinada por la muerte”. Se preguntaba de dónde venía la fuerza que la llevaba a escribir. Según ella, provenía de un estado sonámbulo de los límites verdaderos, de la muerte. Muchas veces creaba límites ficticios, parecidos a la muerte, porque “el arte puede parecerse a la muerte” decía.
La otra, era una mujer casi salvaje, con un corrosivo y encantador manejo del humor, dinámica, lucida, sus gestos desfachatados y una brutal soltura que podía exasperar, y que tantas veces deslumbro a sus interlocutores.
La imagen anticonvencional que desde jovencita empezó a cultivar tendía a valorizar las diferencias, punto de clivaje y de arranque para la construcción del personaje al que nominaría Alejandra”, ignorándose por qué abandonó su propio nombre: Flora.
Dijo Rimbaud:Yo es otro”. Y Flora se creó “otra en la escritura, adoptando una estética y un modelo particular. Así definió en 1962 a la poesía: “La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad.
Resulta un puente necesario entre el personaje tragico que ella encarnó y su presencia androgina… superar lo paradojico, es lo poético.
Lo que cifra la escritura de Alejandra es ese fuego de la muerte que siempre la abrasaría, como una obsesión, preguntándose por el sentido de la vida.
Viajo a Paris allí se hizo amiga de Ivonne Bordelois de Cortazar. Juan Jacobo Bajarlía la introduce en el mundo de la vanguardia, se contacta con Oliverio Girondo, conoce a Olga Orozco.
“La ultima inocencia” es un libro de poemas que se lo dedica a Leon Ostrof su analista por esa época. 
Nunca pudo superar el desamparo: “He crecido completamente sola, estoy separada de la vida”… y su tema… su tema… en un poema dice…

Silencios


La muerte siempre al lado
Escucho su decir

Sólo me oigo.[1]

Este poema abre a su subjetividad y a su cara con la muerte, motivo de su pavor, objeto seductor y enigmático. A Alejandra no le quedaba más salida que la atopía, desde donde nos interroga, punto enigmático del deseo de muerte de esta mujer, que no puede ser tomado como una tendencia melancólica o depresiva.
En 1970 intoxicada de anfetaminas es internada en el Hospital Piñeyro. La vida concreta es lejana a ella, padecia de una invalidez total frente a este mundo.
Movida por la atopía a interrogar al amo, hace testimoniar al Otro, al costo de su vida, en ese acto que la dignifica. El suicidio parece ser la única alternativa frente al acorralamiento de una jugada en la que se ha perdido de antemano y a la que ella se dirige como si fuera su destino.





Partir en cuerpo y alma

Partir

Partir

Deshacerme de las miradas

Piedras opresoras

Que duermen en la garganta.

He de partir

No más inercia bajo el sol

No más sangre anonada

No más fila para morir.
He de partir


Pero arremete ¡viajera![2]

Alejandra quería ir hasta el fondo, para ella el cuerpo era hacer “el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Poesía y cuerpo fusionados, el acto de la escritura le daba cuerpo, le hacía un cuerpo.
La muerte del padre la golpea fuertemente y la escritura no alcanza para soportar ese real; se desbarranca. En 1970 tiene su primer intento de suicidio, pasaje al acto que se transforma en acto fallido.
Trasgresora del lenguaje las palabras ya no le eran útiles.
Su escritura se vuelve procaz, obscena, delirante. Sufre una serie de desencuentros que truncan la posibilidad de que haga lazo social. Al mismo tiempo que se aísla, se aferra a los amigos en una demanda atroz, entra en una ansiedad extrema.
Pero lo que realmente la sacade la escena” es el rechazo a su nueva forma de escritura, no sólo por sus editores, sino por sus propios pares.
En La bucanera y El infierno musical se vuelve trasgresora, se torna joyceana, hace estallar al sujeto, en su escritura. No reconoce al lenguaje como su morada, lo deriva de asociación en asociación, mientras la muerte reina, roza el habla de la locura y el tráfico verbal.
Sus amigos también rechazan esa nueva forma de escribir y eso la deja girando… vacía, sin amarre, no pudiendo inscribirse en su escritura. Negándose a forcluir su marca en la escritura, ella es ahí pura letra que intenta hacer escritura. Rehusándose a renegar su huella sobre el cuerpo, actúa –en el sentido de la fuerza que le da Goethe a la frase de Fausto cuando le hace decir: “En el inicio era el acto”.
Cuando el sujeto en una elección forzada elige ser la marca, como opción le queda el “yo no pienso”. A la izquierda Lacan escribe el pasaje al acto, pero lo que ahí se juega es la instauración del sujeto: El sujeto reencontrará su presencia en tanto que renovada más allá del pasaje del acto, pero nada más que eso”.[3]
El pasaje al acto no es idéntico al suicidio. Al realizar el pasaje acto, el sujeto se sustrae al gran Otro, está afuera del campo de lo simbólico, “no hay palabras”. Al ser el suicidio un acto logrado, no es que falte en lo simbólico, sino que está fuera de ese campo. El suicidio en tanto pasaje al acto tiene que ver con un borde; el franqueamiento de ese borde, de ese límite, es silencioso, sale del lenguaje, es el acto logrado, es una salida de la escena.
El pasaje al acto da la satisfacción al precio de la propia vida como último modo de interrogar al Otro, de interrogarlo y de decirle a la vez NO. Intento de corte, corte que tiene efecto de sujeto, que sitúa un lugar donde alojarse.
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado […]”, ¿qué le queda al poeta que lo soñó como morada sino morir?[4]
Para Flora Pizarnik, la escena se le anunciaba en esas cartas que en su niñez llegaban de Europa, una tras otra, siempre anunciando la muerte de algún familiar en los campos de concentración.
El estar habitado por el lenguaje hace al asesinato de la cosa. Esto se redobla en Alejandra, quien se enfrenta una y otra vez a la página en blanco, al des-ser, interrogándose e interrogando a la muerte, siempre presente, a la que intenta detener con el trazo, con la letra, letra que le hace cuerpo, cuerpo que le hace poema, “haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo”.
Cuando deja de hacer lazo con su escritura, elige la pintura para anudar lo pulsional desintrincado y así religarse a la vida. La pulsión de muerte desanudada la arrasa, cae sobre el yo provocando una abolición subjetiva, lo unheimlich está presente como el objeto está presente, triunfal. Como dice Camus: “Un acto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”.[5]
Cuando su escritura no es reconocida, cuando no hay lazo que la sostenga, el desenlace de la escena final la ordena.
El domingo la visita su amiga Orozco y encuentra su casa totalmente ordenada. Todo fluye natural, sin indicio del tenso e inminente final. Esa noche, llamó y llamó infructuosamente, sin que en su voz se notara urgencia, su desolación. Se cerraba ante ella el hachazo brutal, que ya había sido cometido. Alejandra había perdido su morada.
Cuando Lacan habla del dolor petrificado, dice: “¿Es que no hay en lo que hacemos nosotros mismos del reino de la piedra, en tanto no la dejamos ya rodar, en tanto la enderezamos, en tanto hacemos ese algo que detiene como es una arquitectura, es que no hay en la arquitectura misma algo para nosotros como la presentificación del dolor?”.[6]
Este es su límite, el dolor como límite.
Alejandra no muere de la muerte de todos, sino de la verdadera muerte, con la que tacha su ser. Es una maldición consentida de esa subsistencia que es la del ser humano, subsistencia a costo de la sustracción de sí misma al orden del mundo. Me phynai significa “antes bien, no ser”, palabras que pronuncia Socrates antes de tomar la cicuta, y proponer una ética diferente. “Esta actitud es bella”, dice Lacan en el seminario sobre la ética.[7]
         Alejandra muestra “[…] dónde se detiene la zona límite interior de la relación con el deseo […] esta zona siempre es arrojada más allá de la muerte […]”. [8] La muerte no tiene palabras, el sufrimiento extremo no tiene palabras, el gesto deliberado de morir no tiene palabras. En ese acto, Alejandra plasmó su única posibilidad de salida, su elección: la libertad. Es un sujeto instaurando un lugar, franqueando ese borde… silenciosamente. Marca del vacío, borde del sujeto.
        Esa libertad fue al precio de su propia vida. Se alojó en su propia marca, esa nueva marca nominada por ella como Alejandra.

Alejandra, Alejandra
Debajo estoy yo[9]

                                                                                       

[1] Alejandra Pizarnik: “Silencios”, en Los trabajos y las noches, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1965.
[2] Alejandra Pizarnik: “La última inocencia”, en La última inocencia y Las aventuras perdidas, Ediciones Botella al mar, Buenos Aires, 1976.
[3] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XV: El acto psicoanalítico, clase del 29 de noviembre de 1967, inédito.
[4] Alejandra Pizarnik: “Fragmentos para dominar el silencio”…
[5] Albert Camus: El mito de Sísifo, Ed. Losada, Buenos Aires, 1953.
[6] Jacques Lacan: El Seminario, Libro VII: La ética del psicoanálisis, clase del 16 de diciembre de 1959, versión inédita.
[7] Ibíd., clase del 29 de junio de 1960.
[8] Ibíd.
[9] Alejandra Pizarnik: Poesía completa, Ed. Lumen, Barcelona, 2001, pág. 65.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Análisis con niños: un deseo que no sea anónimo. Rolando Ugena


      Avatares. Avatares de un tratamiento. Subrayar el un es un modo de homenajear, una vez más, a quien con  su deseo, para  nada anónimo, marcó  caminos impensados hasta entonces.
      Freud, claro. Él ya  lo escribió con todas las letras: en  psicoanálisis  se trata de tomar cada nuevo caso como un caso nuevo. Partir del desconocimiento, dirá años después Lacan; incluso  hacerse un poco el tonto, añadirá. Hacerse un  poco el tonto para que lo real nos sorprenda, nos sacuda.
      Avatares de  un  tratamiento, entonces, avatares  de  la transferencia, que  son  así  también  los  del  deseo. Y  el psicoanálisis con niños, en  modo  alguno  escapa  a ello.
      Remarcamos : " un  deseo que  no sea anónimo ". Frase  compacta incluso en  demasía, por las  certidumbres que parece anticipar, pero con peso  específico. Ella brota ustedes lo  recordarán,  en  " Dos notas sobre el niño " esa carta  ya  célebre , escrita por Lacan  en tercera  persona  y  dirigida  a  Jenny  Aubry , en  Octubre  de 1969.  Hoy nos situaremos en dicha carta , tratando  de ceñir su lógica, al menos en parte, y de  articularla con algunas cuestiones expresadas en  la Conferencia en Ginebra, del 4 de  Octubre  de 1975, sobre el síntoma que  a  esa  altura  de  la  obra  de  Lacan  era ya el sinthome.
      ¿ Hará falta aclarar, que las vías  de este  recorrido son las de una interpretación, para el caso la que aquí se esboza?.
      Quizás, sea  adecuado  comenzar  señalando que "Dos notas...", puede  considerarse  como uno de esos lugares  preferenciales en la obra de Lacan , para  tratar de  situar la  cuestión  de la práctica con niños .
      Formula entonces tres  posibles posiciones  del niño  en  respuesta  al deseo del Otro: como síntoma, como objeto del fantasma de la madre y como falo.
      En la  primera  de  ella, la del  niño  como síntoma  frente a la presencia del Otro, al enigma de su deseo, el síntoma  llega  tanto  como  respuesta, intento  de dar significación, así como un llamado al Otro, en tanto se ve enfrentado a la aparición de la  angustia despertada por el deseo del Otro.
      De tal modo será, por caso, en la fobia, (¿habrá que recordar a Juanito?), dónde ella, la fobia, se organiza para darle a la angustia un significante, lo que no es darle poco, más bien es darle lo necesario para que el temor le aporte el marco que hará que los perros ladren.
      Allí  el síntoma se  manifiesta  como  representante de la  verdad de  la pareja familiar , de  lo  que  por estructura es fallido en la pareja, de la no -proporción sexual entre  un  hombre y  una  mujer. Esta posición, aunque por el entramado de las identificaciones, no muestra fácilmente su articulaciones, es sin embargo la que más abierta se encuentra a la eventual intervención analítica.
      En el segundo de los casos, como objeto del fantasma de la madre, el niño está posicionado como correlato de ese fantasma. Aquí  el  síntoma  se presenta, de  forma  predominante, en  su vertiente real , siendo el ser del niño  el  que  está totalmente involucrado en  esa identificación con el objeto del fantasma, ocupando el lugar de a. Por estar directamente en  relación con la subjetividad de la madre, transparentando la verdad del goce, la posibilidad de la intervención del analista queda entonces reducida.
La tercera de las  posiciones, como falo de la  madre enfrentará a situaciones bien  diferentes, según sea la estructura del deseo materno, neurótica,  psicótica  o  perversa , por  cuanto  en  esa  identificación hay una  recuperación fálica en el fantasma, que " aliena en  él todo  acceso  posible de la  madre  a su propia verdad dándole cuerpo, existencia e incluso la exigencia de ser protegido ", (1) como nos lo  muestran  a menudo la  debilidad mental, el fenómeno psicosomático, otorgando máxima garantía de goce, ya sea  para "dar fe de la culpa, servir de fetiche o encarnar un rechazo primordial" (2).
En "Dos notas...", también aparecen referencias de importancia acerca de la familia. Sabemos que, tanto para  Freud y Lacan esta es irreductible como  transmisora de la función de Padre y Madre. En relación a ella , Lacan  marca  críticamente  los intentos  de deshacerlas , que en ese momento aparecían  por el lado de las  " utopías comunitarias " ( recordemos, el Mayo del 68 francés, la " revolución hippie " ).
La  familia  conyugal, es  presentada cumpliendo una función de residuo, que a un  mismo  tiempo sostiene y mantiene la posibilidad de la constitución  subjetiva a  partir de " un deseo que no sea anónimo ". En este punto hagamos mención a la Conferencia en Ginebra.
En  la misma  retoma,  entre  otros, algunos asuntos relacionados  con  el  deseo , que  hoy resulta interesante remarcar. Es así  que dice : " Hay  gente que vive bajo  el efecto , que durará largo tiempo  en sus vidas... de  que uno de los  dos padres - no preciso cual de ellos - no lo deseó". Y concluye: " Este  es  verdaderamente el texto de nuestra experiencia cotidiana".(3)
Éste recorte,  por  supuesto tan  arbitrario  como  cualquiera, intenta destacar de modo importante  el peso   del   deseo en la constitución  subjetiva. Es que lo que está en juego es, la determinación del sujeto  por  el  deseo de  los padres, lo  que  sólo  será  por efecto del significante. Así, la ex-istencia de un sujeto resulta " litigada inocente o  culpable ,  antes de que venga al mundo, y el hilo tenue de su  verdad no  puede  dejar de coser ya un tejido de mentiras ". (4)
Es que tanto la función paterna como la  materna para  ser  tales no  pueden ser anónimas ;  hace falta que el deseo, podríamos decir , tenga  nombre  y apellido . La  función materna, evocando una falta, forma de  dar cuenta de la castración; la  función paterna, ejerciendo una mediación  entre  el  Ideal  del yo y  el deseo materno vectorizando con su  nombre la " encarnación de  la Ley en el deseo".
El  hecho   mismo  de  que  hablemos   de   funciones ( paterna, materna ) muestran el peso de lo familiar, al menos en lo que a las tres generaciones respecta. ¿ Por qué ? . En  de " Un Otro al otro " Lacan plantea  que la biografía de un niño está determinada por " el  modo  en el cual se  han  presentado lo que nosotros llamamos  deseos, en el padre,en la madre, - agregaremos, también en  los abuelos - , y que por consiguiente nos  incitan a  explorar  no solo en  la historia  sino  el  modo de  presencia   bajo   el   cual  cada  uno   de estos tres términos :saber, goce  y  objeto a  han sido  ofrecidos efectivamente al sujeto ".(5)
El  peso  de  lo familiar se  advierte con  toda  su fortaleza en la clínica; la  situación  de dependencia  efectiva del niño con  respecto a los padres, hace que pueda resultar nefasto el  ignorar este elemento en el dispositivo  analítico  con  lo cual no hacemos más que recordar que el concepto que  el analista tenga , tanto  de  los  fundamentos   teóricos  de  su práctica, como de la  ética que  es su cimiento  derivarán  en efectos en cuanto a la dirección  de la cura, y a sus avatares.
Los  padres son quienes consultan  por  el niño,  lo llevan a la sesión, pagan el  tratamiento, con lo  que su presencia en el análisis está lejos de ser un  hecho accidental  o  fenoménico;  es  un  elemento   de   la estructura y , por lo tanto,  imposible de  desconocer.
Frente al discurso  de los padres, ¿ qué   priorizar en la  escucha  sino  es   aquello  que   encuentra sus coordenadas en la estructura edípica y la castración ?. Si  es  ésta  nuestra  actitud,  dando lugar a que  el deseo se  diga, tendremos la posibilidad  de  encontrar  en  nuestra experiencia,  toda  la  gama de demandas de la que el neurótico es capaz.
A partir  de  la  enseñanza de Lacan, la transferencia tiene su pivote en  el Sujeto supuesto Saber. Éste, surge como  consecuencia  directa  del dispositivo  analítico, el que al  colocar al analista en posición de oyente, de interprete, genera en el analizante una ficción, que lo conduce a  imaginar que la verdad sobre el origen de su padecimiento, existe  ya como un saber que es detentado por el OTRO, a  quien  también  supone deseante.
Esto hace , que  para  que  la   operación  analítica  pueda  producirse ,  sea imprescindible que el analista caiga del lugar de idealización en el cual el sujeto tiende a situarlo posicionándose  como semblante del objeto  y  no  como sujeto.
Esa será la  paradoja  crucial, a la que  el analista se enfrentará: prescindir de usar el poder, proveniente  de lo imaginario, que le es otorgado  por el  neurótico especialmente si  no perdemos  de vista que, al  menos en este  terreno, lo  que el sujeto peticiona son  amos líderes , ideales. Por  eso  la  frecuencia  con que se  tiende  a  situar  al analista en el lugar del educador del pedagogo , del  confesor, es  decir  de aquél  que  estaría  para  conducir  hacia  soluciones  adaptativas encaminadas  a  satisfacer  sin  cuestionamientos  la demanda  de  la  escuela, la sociedad.
Esto  nos  introduce  en  la cuestión de la ética del psicoanálisis, ética que subtiende un deseo y se funda en un discurso, el del analista, que aspira a bien-decir y  a  no  ceder en el  deseo, a diferencia de ese otro discurso, el  del amo , cuya ambición es la  de que todo  funcione .
El analista, tiene una responsabilidad  por cumplir: llevar  a cabo  un  análisis  y  hacerlo  sin  aportar  sus propios fantasmas, lo que implica que en el análisis con niños , entonces  la  respuesta a la demanda de los padres , respuesta que será  en transferencia, no   va a ser  dada   desde el  lugar del Ideal sino desde el lugar  del  objeto  causa  del  deseo, con  lo que una historia deseante tendrá la  chance de  desplegarse  tanto  por parte del niño como de sus padres.
Para eso será  preciso  que allí , el  analista no se rehuse al encuentro con  el  deseo, sea cual fuere, aún el más brutal.
Sabemos que para que un síntoma  demande un Otro, una escucha  es  necesario  que  algo  haya  vacilado en el fantasma del sujeto que consulta. Desde esta pespectiva pensamos que el síntoma en el niño , estará en relación a que algo vaciló  en  el  fantasma que hizo a la unión de los padres. " Ello"  demandará  al  analista  a que restituya la fractura narcisistica  producida por dicha vacilación ; éste llamado  al  Otro  se  podrá escuchar en el enunciado mismo de su discurso.
Por último, si en el análisis se  trata , más que  de personas reales, de significantes; si lo  que está  en  juego  sobre  todo  son  las   funciones,  paterna materna, en las cuales un  sujeto  se  soporta  para constituirse como tal, esto  en nada nos autoriza  para  olvidar, que el padre y la madre de  carne y  hueso que  están  allí, consultando por  el niño , son  los padres  que  él tiene, cumplan o  no con las funciones de tales lo  hayan deseado más o menos. 


Rolando Ugena, abril de 1994 (*)
                              
 
NOTAS
(1) LACAN JACQUES "Dos notas sobre el niño", INTERVENCIONES Y TEXTOS, Pag. 56, Ed.
                   Manatial, 1988.
(2) Idem.
(3) LACAN JACQUES "Conferencia en Ginebra", INTERVENCIONES Y TEXTOS, Pag.124, Ed.
                   Manantial, 1988.
(4) LACAN JACQUES "Observaciones sobre el informe de Lagache...", ESCRITOS II, Pag. 275, Siglo XXI, 1980.
(5) LACAN JACQUES  "De un otro al Otro".


(*) Presentado en la SEGUNDA JORNADA DE  SUPERVISORES DEL COLEGIO DE PSICÓLOGOS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, Distrito XIV, 16 DE ABRIL DE 1994


martes, 18 de agosto de 2015

Mentiras verdaderas. Montaje, puesta en escena, dirección. Rolando Ugena



             En “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad” (1908), Freud ubica junto a las fantasías delirantes de los paranoicos y las extrañas escenificaciones de la perversión, otras creaciones regularmente presentes en la neurosis. Dichas producciones, muchas veces con alto valor erótico, cultivadas con dedicación y casi siempre con vergüenza, “como si pertenecieran al más íntimo patrimonio de la personalidad”, son sin embargo fácilmente reconocibles incluso por la calle, puesto que quien va enfrascado en ellas, “se sonríe de manera repentina, como ausente; conversa consigo mismo o apresura su andar hasta correr casi, con lo cual marca el punto culminante de la situación ensoñada”.


          Sobre esas fantasías, de las cuáles parece lícito preguntarse de qué singular privacidad se trata, ya que por más que se las quiera mantener en el ámbito de lo privado, son detectables “por la calle”, Freud formula que las hay tanto inconcientes como concientes, siendo posible, en circunstancias propicias, capturar alguna de ellas con la conciencia, y agrega: “Una de mis pacientes, me refirió que cierta vez se encontró llorando por la calle y, meditando enseguida sobre el motivo, apresó la fantasía de que había entablado una relación tierna con un virtuoso pianista notorio en la ciudad (aunque no lo conocía personalmente), quien le había dado un hijo (ella no los tenía) y luego la abandonó a su suerte, dejándolos en la miseria a ella y al niño. En este pasaje de la novela le acudieron las lágrimas”.(1)

          La puntualización freudiana del relato de esa triste heroína como una novela, es una precisión tan deliciosa como interesante. Remite claro está, a “La novela familiar de los neuróticos”, sobre la cual se hallaba trabajando en ese entonces, y también, visiblemente a “El creador literario y su fantaseo”, con la diferencia que en lugar de escenificar alguna condición heroica propia de un personaje de Hollywood, lo que se representa son las borrascosas cumbres del malestar. Como le escribiría 30 años después a Romaind Rolland, “too good to be true”, demasiado bueno para ser verdad.(2)

          Nos encontramos obviamente, en el escenario de los sueños diurnos, del “teatro privado” de la señorita Anna O., aquella que en el primero de los historiales clínicos de “Estudios sobre la histeria(3), es presentada como una muchacha de desbordante actividad imaginativa que llevaba sin embargo “una vida en extremo monótona”, a la cual trataba de embellecer hilvanando sistemáticamente su soñar diurno y “mientras todos la creían presente, revivía en su espíritu unos cuentos: si la llamaban, estaba siempre alerta, de suerte que nadie sospechaba aquello”, incluso mientras cumplía intachablemente con los quehaceres hogareños. Pesadez afín a la que se esconde en gran número de actividades, que muchos “son capaces de realizar con espíritu a medias presente; en particular hombres que, por su gran vivacidad, se sienten martirizados en ocupaciones monótonas, simples, carentes de atractivos, y al comienzo se crean de una manera bien deliberada el entretenimiento de pensar en otra cosa”.

          Ese divertimento, esa farra, muestra palmaria de la división, ¿en qué guión apuntarlo sino en el de la función de consolación del fantasma?

          Ahora bien, ¿cómo entender esos libretos que ya como tragedia, ya como comedia se imponen, se cuelan?(4) ¿Se trata del fantasma o de la ficción? ¿Fantasma y ficción son lo mismo, se ubican en el mismo lugar, tienen la misma función respecto del deseo?

          Si bien puede considerarse al fantasma como sueño diurno, la práctica analítica muestra que su dimensión es variada y más amplia, y que en la pequeña historieta o drama que es representada cada vez, obedeciendo a las leyes de la lengua, se plantean cuestiones respecto del tiempo y de los lugares del sujeto, del objeto y del Otro.  

          Un lugar fijo, invariable, con una temporalidad carente de inscripción, comandada por la monótona estática del fantasma, (5) al mejor estilo de las tormentosas vicisitudes de las víctimas sadeanas, y propia de “la relación del sujeto con el significante”, como lo muestra la fórmula $<>a, escritura que propone al fantasma no como frase, sino como la relación del sujeto con un objeto, sin duda, especial.

        Allí, desconociendo de qué manera el fantasma sustenta la totalidad de su mundo, y torna más o menos atractiva su realidad, el sujeto se consagra a los quehaceres del yo y a las ilusiones neuróticas. No apareciendo como falso sino como núcleo de la existencia, empuja a actuar en una escena, en la cual como señala Lacan en “La dirección de la cura...”(6), él es el tramoyista, o incluso el director de escena; donde el semejante está implicado (porque la puesta en escena reclama espectadores), pero en la que el sujeto, en cierto modo, se posiciona en todos los lugares, encontrándose a un mismo tiempo como actor y como espectador, como ojo que mira, y como mirada que goza de la escena.

     
   Se exhibe así el papel doble que el fantasma cumple respecto del deseo: sostenerlo, procurarle sus objetos, pero también hacer de telón, pantalla que vela el encuentro con lo real. Con los términos de Lacan del Seminario XI, “El plano del fantasma funciona en relación con lo real. Lo real da soporte al fantasma, el fantasma protege a lo real(7), real que, señala luego, “va del trauma al fantasma – en tanto el fantasma nunca es sino la pantalla que disimula algo totalmente primero, determinante en la función de la  repetición - ”(8).

          Es que si bien lo sostiene y alimenta con sus objetos, no es lo que lo mantiene; de no mediar la castración, con la morriña por el objeto y el goce perdidos que implica, no habrá fantasma  y el deseo será pulsión.

        Respecto de la ficción, si bien en psicoanálisis nos ocupamos de la dimensión ficticia, ésta, como tal, no es algo que nos sea enteramente propio y pertenece, más bien al campo del mito, la leyenda y la novela.

       Es una invención, una mentira verdadera; quien la enuncia, no ignora la irrealidad de su ficción, pero desea que sea verdad para aquél a quien se dirige.

         Además, siendo propia de un sujeto, también puede serlo de un grupo, porque las ficciones, a diferencia del fantasma, pueden compartirse, enlazándose con los fantasmas individuales.

       Pueden también variar siempre que sea necesario, para mostrar esa verdad que solo logra aparecer como novela, escena, película. De algún modo, la ficción viene sola, y el analista se confrontará con ella inevitablemente. Porque la ficción está al servicio del fantasma(9) y cualquier acontecimiento, por aciago que resulte, será susceptible de una reconstrucción, alrededor de la cual habitarán un fantasma y una posición subjetiva.

          Construcción que no es sin consecuencias para la posición del analista en la transferencia, si más que transitar la vía de descubrir LA VERDAD, lo pone en la senda de reconducir un error que no es sino  producto del engaño del deseo. Con la dificultad de que no se trata de poner en contradicción la ficción con lo que sería la verdad, porque esta está en la mentira, y con ella tendremos que trabajar.

       Fantasma y ficción nos llevan así, de la mano, a la dimensión ética del psicoanálisis.  

     Invertir la ficción para descubrir el fantasma,(10) es un acto que está a cargo del analista. Su posición ética le impide afirmar que la ficción es falsa. Es verdadera. Pero a pesar de serlo, su posición lo llevará a no creérsela. 




[1] S. Freud, “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad”, Obras Completas, Amorrortu, Tomo 9.

[2] S. Freud, “Carta a Romain Rolland (Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis)”, Amorrortu, Tomo 22.

[3] S. Freud, “Estudios sobre la histeria”, Amorrortu, Tomo 2

[4] La expresión es de J. Breuer, quien firma la Parte Teórica, de los “Estudios sobre la histeria”.

[5] J. Lacan, “Kant con Sade, Escritos.

[6] J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos.

[7] J. Lacan, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, seminario del 29-1-1964, Ed. Paidós

[8] Idem, seminario del 12-2-1964

[9] La expresión es de Gérard Pommier, Transferencia y estructuras clínicas, seminario del 6-9-1991


[10] Idem, seminario del 8-11-1991