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jueves, 24 de diciembre de 2015

Análisis con niños: un deseo que no sea anónimo. Rolando Ugena


      Avatares. Avatares de un tratamiento. Subrayar el un es un modo de homenajear, una vez más, a quien con  su deseo, para  nada anónimo, marcó  caminos impensados hasta entonces.
      Freud, claro. Él ya  lo escribió con todas las letras: en  psicoanálisis  se trata de tomar cada nuevo caso como un caso nuevo. Partir del desconocimiento, dirá años después Lacan; incluso  hacerse un poco el tonto, añadirá. Hacerse un  poco el tonto para que lo real nos sorprenda, nos sacuda.
      Avatares de  un  tratamiento, entonces, avatares  de  la transferencia, que  son  así  también  los  del  deseo. Y  el psicoanálisis con niños, en  modo  alguno  escapa  a ello.
      Remarcamos : " un  deseo que  no sea anónimo ". Frase  compacta incluso en  demasía, por las  certidumbres que parece anticipar, pero con peso  específico. Ella brota ustedes lo  recordarán,  en  " Dos notas sobre el niño " esa carta  ya  célebre , escrita por Lacan  en tercera  persona  y  dirigida  a  Jenny  Aubry , en  Octubre  de 1969.  Hoy nos situaremos en dicha carta , tratando  de ceñir su lógica, al menos en parte, y de  articularla con algunas cuestiones expresadas en  la Conferencia en Ginebra, del 4 de  Octubre  de 1975, sobre el síntoma que  a  esa  altura  de  la  obra  de  Lacan  era ya el sinthome.
      ¿ Hará falta aclarar, que las vías  de este  recorrido son las de una interpretación, para el caso la que aquí se esboza?.
      Quizás, sea  adecuado  comenzar  señalando que "Dos notas...", puede  considerarse  como uno de esos lugares  preferenciales en la obra de Lacan , para  tratar de  situar la  cuestión  de la práctica con niños .
      Formula entonces tres  posibles posiciones  del niño  en  respuesta  al deseo del Otro: como síntoma, como objeto del fantasma de la madre y como falo.
      En la  primera  de  ella, la del  niño  como síntoma  frente a la presencia del Otro, al enigma de su deseo, el síntoma  llega  tanto  como  respuesta, intento  de dar significación, así como un llamado al Otro, en tanto se ve enfrentado a la aparición de la  angustia despertada por el deseo del Otro.
      De tal modo será, por caso, en la fobia, (¿habrá que recordar a Juanito?), dónde ella, la fobia, se organiza para darle a la angustia un significante, lo que no es darle poco, más bien es darle lo necesario para que el temor le aporte el marco que hará que los perros ladren.
      Allí  el síntoma se  manifiesta  como  representante de la  verdad de  la pareja familiar , de  lo  que  por estructura es fallido en la pareja, de la no -proporción sexual entre  un  hombre y  una  mujer. Esta posición, aunque por el entramado de las identificaciones, no muestra fácilmente su articulaciones, es sin embargo la que más abierta se encuentra a la eventual intervención analítica.
      En el segundo de los casos, como objeto del fantasma de la madre, el niño está posicionado como correlato de ese fantasma. Aquí  el  síntoma  se presenta, de  forma  predominante, en  su vertiente real , siendo el ser del niño  el  que  está totalmente involucrado en  esa identificación con el objeto del fantasma, ocupando el lugar de a. Por estar directamente en  relación con la subjetividad de la madre, transparentando la verdad del goce, la posibilidad de la intervención del analista queda entonces reducida.
La tercera de las  posiciones, como falo de la  madre enfrentará a situaciones bien  diferentes, según sea la estructura del deseo materno, neurótica,  psicótica  o  perversa , por  cuanto  en  esa  identificación hay una  recuperación fálica en el fantasma, que " aliena en  él todo  acceso  posible de la  madre  a su propia verdad dándole cuerpo, existencia e incluso la exigencia de ser protegido ", (1) como nos lo  muestran  a menudo la  debilidad mental, el fenómeno psicosomático, otorgando máxima garantía de goce, ya sea  para "dar fe de la culpa, servir de fetiche o encarnar un rechazo primordial" (2).
En "Dos notas...", también aparecen referencias de importancia acerca de la familia. Sabemos que, tanto para  Freud y Lacan esta es irreductible como  transmisora de la función de Padre y Madre. En relación a ella , Lacan  marca  críticamente  los intentos  de deshacerlas , que en ese momento aparecían  por el lado de las  " utopías comunitarias " ( recordemos, el Mayo del 68 francés, la " revolución hippie " ).
La  familia  conyugal, es  presentada cumpliendo una función de residuo, que a un  mismo  tiempo sostiene y mantiene la posibilidad de la constitución  subjetiva a  partir de " un deseo que no sea anónimo ". En este punto hagamos mención a la Conferencia en Ginebra.
En  la misma  retoma,  entre  otros, algunos asuntos relacionados  con  el  deseo , que  hoy resulta interesante remarcar. Es así  que dice : " Hay  gente que vive bajo  el efecto , que durará largo tiempo  en sus vidas... de  que uno de los  dos padres - no preciso cual de ellos - no lo deseó". Y concluye: " Este  es  verdaderamente el texto de nuestra experiencia cotidiana".(3)
Éste recorte,  por  supuesto tan  arbitrario  como  cualquiera, intenta destacar de modo importante  el peso   del   deseo en la constitución  subjetiva. Es que lo que está en juego es, la determinación del sujeto  por  el  deseo de  los padres, lo  que  sólo  será  por efecto del significante. Así, la ex-istencia de un sujeto resulta " litigada inocente o  culpable ,  antes de que venga al mundo, y el hilo tenue de su  verdad no  puede  dejar de coser ya un tejido de mentiras ". (4)
Es que tanto la función paterna como la  materna para  ser  tales no  pueden ser anónimas ;  hace falta que el deseo, podríamos decir , tenga  nombre  y apellido . La  función materna, evocando una falta, forma de  dar cuenta de la castración; la  función paterna, ejerciendo una mediación  entre  el  Ideal  del yo y  el deseo materno vectorizando con su  nombre la " encarnación de  la Ley en el deseo".
El  hecho   mismo  de  que  hablemos   de   funciones ( paterna, materna ) muestran el peso de lo familiar, al menos en lo que a las tres generaciones respecta. ¿ Por qué ? . En  de " Un Otro al otro " Lacan plantea  que la biografía de un niño está determinada por " el  modo  en el cual se  han  presentado lo que nosotros llamamos  deseos, en el padre,en la madre, - agregaremos, también en  los abuelos - , y que por consiguiente nos  incitan a  explorar  no solo en  la historia  sino  el  modo de  presencia   bajo   el   cual  cada  uno   de estos tres términos :saber, goce  y  objeto a  han sido  ofrecidos efectivamente al sujeto ".(5)
El  peso  de  lo familiar se  advierte con  toda  su fortaleza en la clínica; la  situación  de dependencia  efectiva del niño con  respecto a los padres, hace que pueda resultar nefasto el  ignorar este elemento en el dispositivo  analítico  con  lo cual no hacemos más que recordar que el concepto que  el analista tenga , tanto  de  los  fundamentos   teóricos  de  su práctica, como de la  ética que  es su cimiento  derivarán  en efectos en cuanto a la dirección  de la cura, y a sus avatares.
Los  padres son quienes consultan  por  el niño,  lo llevan a la sesión, pagan el  tratamiento, con lo  que su presencia en el análisis está lejos de ser un  hecho accidental  o  fenoménico;  es  un  elemento   de   la estructura y , por lo tanto,  imposible de  desconocer.
Frente al discurso  de los padres, ¿ qué   priorizar en la  escucha  sino  es   aquello  que   encuentra sus coordenadas en la estructura edípica y la castración ?. Si  es  ésta  nuestra  actitud,  dando lugar a que  el deseo se  diga, tendremos la posibilidad  de  encontrar  en  nuestra experiencia,  toda  la  gama de demandas de la que el neurótico es capaz.
A partir  de  la  enseñanza de Lacan, la transferencia tiene su pivote en  el Sujeto supuesto Saber. Éste, surge como  consecuencia  directa  del dispositivo  analítico, el que al  colocar al analista en posición de oyente, de interprete, genera en el analizante una ficción, que lo conduce a  imaginar que la verdad sobre el origen de su padecimiento, existe  ya como un saber que es detentado por el OTRO, a  quien  también  supone deseante.
Esto hace , que  para  que  la   operación  analítica  pueda  producirse ,  sea imprescindible que el analista caiga del lugar de idealización en el cual el sujeto tiende a situarlo posicionándose  como semblante del objeto  y  no  como sujeto.
Esa será la  paradoja  crucial, a la que  el analista se enfrentará: prescindir de usar el poder, proveniente  de lo imaginario, que le es otorgado  por el  neurótico especialmente si  no perdemos  de vista que, al  menos en este  terreno, lo  que el sujeto peticiona son  amos líderes , ideales. Por  eso  la  frecuencia  con que se  tiende  a  situar  al analista en el lugar del educador del pedagogo , del  confesor, es  decir  de aquél  que  estaría  para  conducir  hacia  soluciones  adaptativas encaminadas  a  satisfacer  sin  cuestionamientos  la demanda  de  la  escuela, la sociedad.
Esto  nos  introduce  en  la cuestión de la ética del psicoanálisis, ética que subtiende un deseo y se funda en un discurso, el del analista, que aspira a bien-decir y  a  no  ceder en el  deseo, a diferencia de ese otro discurso, el  del amo , cuya ambición es la  de que todo  funcione .
El analista, tiene una responsabilidad  por cumplir: llevar  a cabo  un  análisis  y  hacerlo  sin  aportar  sus propios fantasmas, lo que implica que en el análisis con niños , entonces  la  respuesta a la demanda de los padres , respuesta que será  en transferencia, no   va a ser  dada   desde el  lugar del Ideal sino desde el lugar  del  objeto  causa  del  deseo, con  lo que una historia deseante tendrá la  chance de  desplegarse  tanto  por parte del niño como de sus padres.
Para eso será  preciso  que allí , el  analista no se rehuse al encuentro con  el  deseo, sea cual fuere, aún el más brutal.
Sabemos que para que un síntoma  demande un Otro, una escucha  es  necesario  que  algo  haya  vacilado en el fantasma del sujeto que consulta. Desde esta pespectiva pensamos que el síntoma en el niño , estará en relación a que algo vaciló  en  el  fantasma que hizo a la unión de los padres. " Ello"  demandará  al  analista  a que restituya la fractura narcisistica  producida por dicha vacilación ; éste llamado  al  Otro  se  podrá escuchar en el enunciado mismo de su discurso.
Por último, si en el análisis se  trata , más que  de personas reales, de significantes; si lo  que está  en  juego  sobre  todo  son  las   funciones,  paterna materna, en las cuales un  sujeto  se  soporta  para constituirse como tal, esto  en nada nos autoriza  para  olvidar, que el padre y la madre de  carne y  hueso que  están  allí, consultando por  el niño , son  los padres  que  él tiene, cumplan o  no con las funciones de tales lo  hayan deseado más o menos. 


Rolando Ugena, abril de 1994 (*)
                              
 
NOTAS
(1) LACAN JACQUES "Dos notas sobre el niño", INTERVENCIONES Y TEXTOS, Pag. 56, Ed.
                   Manatial, 1988.
(2) Idem.
(3) LACAN JACQUES "Conferencia en Ginebra", INTERVENCIONES Y TEXTOS, Pag.124, Ed.
                   Manantial, 1988.
(4) LACAN JACQUES "Observaciones sobre el informe de Lagache...", ESCRITOS II, Pag. 275, Siglo XXI, 1980.
(5) LACAN JACQUES  "De un otro al Otro".


(*) Presentado en la SEGUNDA JORNADA DE  SUPERVISORES DEL COLEGIO DE PSICÓLOGOS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, Distrito XIV, 16 DE ABRIL DE 1994


domingo, 26 de abril de 2015

El discurso del pedigüeño. Rolando Ugena



Hace algún tiempo alguien del “ambiente psi” apuntaba como al pasar en una conversación informal, “que hay pacientes a los que uno quiere más que a otros”. Lo decía coloquialmente, y haciéndose eco de lo que fue la postura predominante en la mayor parte del psicoanálisis en la Argentina durante décadas. En el contexto que nos agrupaba ( un brindis de final de año… copa de vino en mano) no pareció el mejor momento para iniciar un debate, incluso porque lo que en esa aseveración se afirma es en alguna medida inexorablemente cierto, en tanto  que “los sentimientos son siempre recíprocos[1]. A veces se “quiere” a los pacientes, en ocasiones se los quiere mucho, demasiado; otras se los quiere menos, y en otras se los quiere... digamos, más bien lejos.

Sí, a veces se quiere tanto a los pacientes que se quiere incluso lo mejor para ellos, que se quiere hasta su Bien. Pues bien, es siempre en nombre del Bien, que se hace lo peor. Sobre esa ambición de hacer el bien de los pacientes,  ya nos advertía Freud: “no es el mal sino el bien, el que engendra la culpabilidad”.[2]  

Pero jocosidades parte, si no fue aquél el momento para esbozar una polémica, tampoco lo es hoy. Mi intención es otra y se remite a tratar de ponderar: ¿ qué quiere el neurótico?, ¿ qué busca?, ¿ cuál es el objeto de su demanda? y también, ¿ qué es lo que no quiere ?, ¿sobre qué cuestiones no acaba de preguntarse, en el mismo movimiento en el cual hace gala de su pasión por la ignorancia?.

Por supuesto, tratar de situar esos puntos implica abordar el problema desde algún lugar teórico. Los invito entonces a que hagamos un breve recorrido con el propósito de orientar, aunque sea escuetamente la cuestión.

En el seminario de La angustia, ese en el cual el concepto de objeto a tomó cuerpo, Lacan formulaba lo siguiente: “El verdadero objeto que busca el neurótico es una demanda que quiere que se le demande. Quiere que le supliquen. Lo único que no quiere es pagar el precio... no quiere dar nada...su dificultad es del orden del recibir…si quisiera dar algo, todo marcharía[3].

He allí lo que el neurótico quiere: hacerse rogar, hacerse suplicar, hacerse demandar. Y también lo que no quiere: pagar el precio por el acceso al deseo, sendero que tiene nombre: pérdida de goce, ajuste a la castración.

Una manera de volver a aludir a aquello que atraviesa la obra freudiana, que la neurosis, la desarmonía, es la moneda con la cual el ser humano abona el malestar de la cultura. Tener que pagar la castración, es el duro monto que el sujeto debe pagar cada vez que se trata de su deseo.

En el seminario citado, Lacan agregaba que si “hay algo que se le debería enseñar al neurótico a dar, es eso que él no imagina, es nada, es precisamente su angustia... El neurótico no dará su angustia.. de lo que se trata… que dé al menos su equivalente... un poco de su síntoma...[4]

Que de un poco su síntoma, y lo haga además en transferencia a partir de suponerle un sujeto al saber, puede ser incluso un buen indicador, en tanto que lo que insiste encapsulado en el síntoma es un saber no sabido acerca del sexo, cuestión acerca de la cual no cesa de preguntarse, y por la que se presenta ante nosotros exigiendo que se le hable, que se le den respuestas, como medio de atestiguar la existencia de la relación sexual.

Un poco más adelante Lacan añadía que el neurótico “Quiere que le pidan algo.  Como no le piden... empieza a modular sus propias demandas…”[5] “... en la medida en que se agotan, llegan hasta el fin, hasta el fondo, todas las formas de la demanda hasta la demanda de cero, vemos aparecer en el fondo la relación de castración.[6]

Me parece que un modo posible de leer las referencias citadas, puede ser que con lo que nos encontramos en la neurosis, es con el discurso de un pedigüeño. Esta figura no es gratuita. En “El chiste y su relación con el inconsciente”, Freud nos lo hace presente de la siguiente manera: “Un pedigüeño hace al rico barón un pedido de ayuda en dinero para viajar a Ostende; aduce que los médicos le han recomendado baños de mar para reponer su salud. «Bueno, le daré algo - dice el rico -; pero, ¿es necesario que viaje justamente a Ostende, el más caro de los balnearios?». - «Señor barón - lo corrige aquel -, en aras de mi salud nada me parece demasiado caro»”[7], idea correcta desde el punto de vista del rico, pero no desde el de un pedigüeño.

En el mismo artículo, más adelante aparece: «Un pobre se granjea 25 florines de un conocido suyo de buen pasar, tras protestarle largo tiempo su miseria. Ese mismo día el benefactor lo encuentra en el restaurante ante una fuente de salmón con mayonesa. Le reprocha: "¿Cómo? Usted consigue mi dinero y luego pide salmón con mayonesa. ¿Para eso ha usado mi dinero?". Y el inculpado responde: "No lo comprendo a usted; cuando no tengo dinero, no puedo comer salmón con mayonesa; cuando tengo dinero, no me está permitido comer salmón con mayonesa. Y entonces, ¿cuándo comería yo salmón con mayonesa?"[8].

Para Lacan, el tema de la demanda es fundamental respecto del chiste. En el seminario de “Las formaciones del inconsciente” lo presentaba en los siguientes términos: “Constantemente vemos pedigüeños a quienes se les conceden cosas. O bien se les concede algo que no piden, o bien, una vez obtenido lo que piden, le dan un uso distinto, o bien se comportan con respecto a quien se lo ha concedido con una insolencia muy particular, reproducción en la relación del demandante con el solicitado de aquella bendita dimensión de la ingratitud, sin la cual, sería verdaderamente insoportable acceder a cualquier demanda… el mecanismo normal de la demanda concedida es provocar demandas constantemente renovadas[9]… “cuando el que pide puede pensar que el Otro ha accedido verdaderamente a una de sus demandas, ya no hay límite – es normal que le encomiende todas sus necesidades… pero por otra parte, por experiencia, el pedigüeño no suele presentar así su demanda, al desnudo. La demanda no tiene nada de confiada. El sujeto sabe demasiado bien a qué se enfrenta en el ánimo del Otro, y por eso disfraza su demanda… sobre todo tendrá en cuenta, en la formulación de su demanda, el sistema del Otro… su deseo quedará capturado y organizado… en el sistema del significante tal como está instaurado o instituido en el Otro”.[10]

Aquella solicitud a la cual accede lo lleva a renovar la demanda, incluso a disfrazarla de necesidad si es preciso, porque el pedigüeño sabe demasiado bien con qué tiene que vérselas y  es desde el sistema del Otro desde donde la formulará;  tendrá en cuenta en la formulación de su demanda, lo que es el sistema del Otro y desde allí la propondrá.

Es que en el registro imaginario, quien demanda, manda. Hace su presentación incluso como esclavo, pero manda. Esta es por ejemplo, la posición de otro pedigüeño, Alcibíades, en El banquete en relación a Sócrates: “cuando escuchaba a Pericles y a otros buenos oradores... ni se turbaba mi alma, ni se irritaba ante la idea de que me encontraba en situación de esclavitud... sólo ante este hombre he experimentado algo... el sentir vergüenza ante alguien...Huyo, pues, de él, como un esclavo fugitivo...”.[11] Posición de esclavo de Alcibíades, desde la cual demanda ¿qué?. Signos. Los signos del amor.

Es que la demanda, por su condición misma, y en tanto opuesta al orden de la necesidad, puede ser exótica, exorbitante, florida, inmoderada.

- “ Voy a conseguir un cerdo y voy a hacer que el cerdo te la meta... quiero que el cerdo te vomite en la cara, y quiero que te tragues ese vómito. Vas a hacer eso por mí?.... Y quiero que el cerdo se muera, mientras lo estás fornicando...luego tienes que ponerte detrás, y quiero que huelas los pedos moribundos del cerdo. ¿Vas a hacer eso por mí?...

Esto es lo que el personaje encarnado por Marlon Brando en la película de Bernardo Bertolucci “Último tango en París”, le pedía que hiciera al personaje interpretado por María Schneider, luego de haberle hecho cortar las uñas para penetrarlo analmente. Quiero que te hagas coger por un cerdo ! Quiero que te hagas cagar por un cerdo ! Vas a hacer eso por mí ? Quiero que hagas eso por mí !, demanda de manera bestial ese pedigüeño, poco antes de morir asesinado “como un cerdo”.

Signos de amor que también pide el niño. El angelito pide, y a veces con suma insistencia: “¡¿Qué es lo que quiere ?!, ¡¿Qué es lo que quiere de mí?!, es lo que viene a preguntar la madre de Nicolás, un niño de 9 años. “Salimos de casa para la escuela y empieza, compráme, ma!, compráme caramelos, gaseosa, compráme, compráme. El otro día, - agrega esta mujer, llorando -, cuando íbamos, yo no tenía plata y se enojó, y empezó a patearme, a pellizcarme, me mordió, me insultaba, gorda asquerosa me decía...Ya no sé que hacer. Pide, y pide, y pide, le doy todo y pide, pide”.

Del lado de esa mujer seguramente llevará su tiempo alcanzar, si tenemos suerte, el punto en el cual pueda calcular que es en cuanto más intenta contentarlo que el más y más le reclama; que cuanto más aspira ella a satisfacer la necesidad articulada en la demanda, dándole lo que le exige, más lo empuja a renovarla y a pedir otra cosa, y otra cosa, y otra, incluso pasando por el odio (el gorda asquerosa con que la nombra es una cuestión de peso para ella, que está en tratamiento por obesidad hace un buen tiempo) o el ataque de rabia, llegando hasta la zona donde lo que se revela es el desconocimiento de que era lo que se  pedía. Ella “le da todo”, se da toda, y él le “demanda la luna[12]

Del lado de ese niño habrá también que hacer objeción a su juego, cuando introduciendo en la sesión por ejemplo una típica escena de comprador – vendedor, quiera llevarse la mercadería sin pagar, pagando de menos, o pretenda  seguir “jugando un ratito más, dale, otro ratito más, dale”.

Porque toda demanda es incondicional, “y el odio paga al amor, pero … es la ignorancia la que no se perdona”[13]. La pretendida satisfacción de la necesidad aparece allí entonces, como “el engaño contra el que se estrella la demanda de amor”[14].

Que el neurótico quiere hacerse suplicar y no quiere pagar por ello, es algo que incluso puede leerse en el discurso filosófico. Hace muchos años, el filósofo Protágoras le enseñaba a un alumno. El discípulo no podía pagarle y prometió que lo haría cuando ganase su primer juicio. Pero pasó el tiempo, no pagaba y Protágoras lo demandó. Frente a los jueces el filósofo dijo que si su alumno lograba demostrar que no tenía ninguna deuda con él, entonces ganaría su primer juicio y debería pagarle. Y si no lo podía demostrar, pues sería condenado a pagar lo que debía. El discípulo  respondió: Si los jueces me absuelven no te pagaría nada porque no sería deudor, y si me condenan, perdería mi primer juicio y no debería pagarte. Los estudiosos de la filosofía pueden detenerse en el estudio de  la paradoja. Para el discurso analítico, difícilmente queden dudas: el pedigüeño pensionado no quería pagar.

Discurso del pedigüeño entonces, que para concluir hoy, podemos también ubicar en el seminario sobre “El Yo en la teoría de Freud”. Allí podemos leer: “Consideren el más estúpido de los cuentos, el del señor que está en la panadería y pretende no tener que pagar nada. Primero tiende la mano y pide un pastel, devuelve este pastel y pide un vaso de licor, lo bebe, y cuando le dicen que pague el vaso de licor, responde: He dado a cambio un pastel. —Pero el pastel tampoco lo ha pagado—. Pero no lo comí” [15],  responde el pedigüeño, que siempre quiere pagar el vaso de licor con un pastel que no pagó.



[1] J. Lacan, Seminario XX, Aún, clase 1, 21 de Noviembre de 1972, Paidós, página 12

[2] J. Lacan, Radiofonía y televisión, Editorial Anagrama, página 134

[3] J. Lacan,  Seminario X, La angustia, Clase del 5/12/1962, Paidós, página 62

[4] Idem nota anterior

[5] Idem nota anterior

[6] J. Lacan, Seminario X, La angustia, Clase del 5/12/1962, Paidós, página 63

[7] Sigmund Freud, Standard Edition, El chiste y su relación con lo inconsciente, Volumen 8, 1905

[8] Idem

[9] J. Lacan, Seminario 5, Las formaciones del inconsciente, Clase del 4 de Diciembre de 1957, Paidós, página 97

[10] Idem, página 98

[11] Platón, El banquete, Editorial Sarpe, 1985, páginas 106/7

[12] En el seminario 5, señala Lacan: “No sin razón los niños piden la luna. Piden la luna porque pedir la luna corresponde a la naturaleza de una necesidad que se expresa a través del sistema significante.” Paidós, página 91.

[13] J. Lacan, La dirección de la cura, Escritos 1, Siglo XXI editores, 1980, página 259

[14] Idem nota anterior


[15] J. Lacan, Seminario II, El Yo en la teoría de Freud, Clase 18 del 19 de Mayo de 1955, páginas 349/350.


domingo, 4 de enero de 2015

De los padres en el análisis con niños. Rolando Ugena



     En la práctica del psicoanálisis con niños, la cuestión del lugar de los padres es, tal vez, una  de  las  más difíciles y espinosas. Existe por parte del niño, una situación de dependencia efectiva con respecto a ellos, y esto torna imposible ignorar a priori este elemento en el dispositivo analítico,  así como los efectos que de ello pueden derivarse, en cuanto a la dirección  de la cura.

     Son  los  padres  quienes,  por  lo  general, consultan  por  el niño, pagan los honorarios etc., pero su presencia en el análisis del niño, está lejos de ser un hecho accidental o fenoménico;  es un elemento de la estructura y, por lo tanto, imposible de  ser desconocido.

     Todos  los  intentos, por  impedir  su  ingreso  en  la   escena analítica, se mostrarán ineficazes y, a veces, perjudiciales. Independientemente de  lo  que  haga  el  analista, ellos  harán  su irrupción en la cura, si así lo desean; se tomarán un lugar, aún  si no  les  es  dado; aunque  más no sea a través  del  discurso  del niño, estarán presentes. Como lo señalaba Maud Mannoni,
Maud Mannoni
están allí, son  "testigos  de  cargo". Están allí, nos  demandan, y si  esto sucede, es porque algo del orden de la transferencia, está operando.

     Como tampoco proponemos, la sistemática inclusión de los padres en  el  tratamiento del niño, la que en ciertos casos puede resultar hasta inadecuada para la marcha del análisis, el que además ha de llevarse a cabo básicamente con él, el tema promueve entonces, un cúmulo de interrogantes y problemas teóricos ,"técnicos" y éticos, que vuelven a plantearse con  cada caso.

     Decíamos  que son los padres quienes consultan; que lo hagan, sabemos que no necesariamente supone, que haya en juego una demanda verdadera de llevar adelante un análisis.  "En la escuela se  porta mal, la maestra me mandó llamar y me dijo que tengo  que traerlo  al psicólogo ", o "el doctor me dijo que lo trajera, que lo que él tiene es algo psicológico", etc. son frases, que muy a menudo se escuchan, en las entrevistas con los padres. Sin embargo allí están, concurrieron y nos plantean su pregunta  urgente, ¿ud. cree que mi hijo tiene que venir al psicólogo?.

     Interrogación para nada sencilla, por cuanto  entre otros temas, nos reenvía al asunto del síntoma. La problemática del síntoma  en tanto analítico, nos enfrenta a la cuestión, que para poder  considerarlo como tal, es necesario que sea distónico para el YO, no del analista, sino del sujeto, que le produzca displacer, que  se  le  presente  como  un  enigma, para  el cual demandará  interpretación. En el caso del psicoanálisis con niños, se nos plantea entonces, ¿ en quién deberá producirse el enigma, la  conmoción, la fractura narcisística, para que una demanda verdadera, de ser desembarazado del síntoma llegue a formularse ? y  también, ¿ ha de alcanzar incluso, con que el síntoma sea distónico para el niño, el pediatra, la escuela, etc., o será imprescindible, que lo sea además para los padres?                        
   Indudablemente las respuestas a éstos y a tantos otros interrogantes, que la clínica de niños suscita, han de estar condicionadas, por la idea que  el  analista tenga, tanto de los fundamentos teóricos  de  su práctica, como de la ética que es su sustento.

      Esas  ideas  se  han de poner en acto,  ya desde  las  llamadas entrevistas  preliminares. Para corroborarlo, basta con  leer  esos largos inventarios, saturados de fechas, detalles, datos diseminados, entre los cuales se aglutinan cosas como: "¿ y cuándo le sacó los pañales?", "¿ usó chupete?", "¿ fue un niño deseado? ", "  ¿le  dió  el pecho?",  etc.,etc.,etc... Datos que  bien  pueden resultar  de  importancia, pero  en la medida en que  puedan ser situados, dentro  de lo que, como por ejemplo lo  proponen autores como Ricardo Rodulfo, podemos denominar,  el " mito familiar". Es allí, en  ese  mito familiar, definido como  "un   puñado   de significantes dispuestos de cierta manera", organizados al modo de "collage " y que se encarnan "en el cuerpo de la madre" (1;2;3)  que  esos  datos han de tomar o no valor,  para  el  analista  de niños.

     Es por la  importancia de revalorizar esas entrevistas preliminares entonces,  que se torna imprescindible, dedicarlas  a poder empezar a situar, qué lugar en ese mito familiar, se le procura  al  niño que nos traen.  Esto,  es tratar de  ubicar  la cuestión,  más en la vía de una lógica de lo inconsciente, que en la  de  esa otra lógica que es la del Precc., la que tiende a arrastrar, hacia un inventario de síntomas, propio de la semiología médico-psiquiátrica, de la cual el psicoanálisis aún no se ha desprendido, ¿lamentablemente?.

     Para que sea la lógica de lo inconsciente la que se despliegue, y no se vea obturada, la posibilidad  de  formular algo del orden del deseo, es necesario, sabemos, priorizar la escucha analítica, la que  encuentra  sus coordenadas en la estructura edípica y la castración. Si  ésta es nuestra actitud, si damos lugar a que  el deseo se diga, tendremos la posibilidad de encontrar,  en  nuestra experiencia,  toda la florida gama de demandas, que el neurótico es  capaz  de  proponer , incluso en  aquellos sujetos que, supuestamente, por información, posición socio-cultural etc.," no podrían  tener acceso " al análisis.

     Es  que  la posibilidad de llevar adelante un  análisis, depende menos  de la situación social y cultural de un sujeto, que de  su posición  frente  al deseo inconsciente,  y muchas  veces, de  los prejuicios del analista.

     No están esos prejuicios, sólo en las anamnesis; a veces se los encuentra también, en puntos como el del encuadre. Incluso llamado a  menudo "encuadre ideal", encuadre que tendría que ver con los "grados de analizabilidad", encuadre óptimo al que habría  que llegar  y  que  sería  el que indicaría,  un  "mayor  grado  de analizabilidad". ¿No se habla hoy, todavía, de pacientes que "atacan el encuadre", porque "se niegan a recibir la leche calentita", del pecho (bueno) del analista (madre )?. ¿Qué expresa ésto, sino la  demanda  del  analista,  de  que su  paciente  sea  lo menos neurótico  que se pueda, olvidando que el primer derecho que un paciente tiene es el de ser neurótico, y que por eso está  allí ?.

     En el análisis con niños, los ataques suelen darse, se dice, por parte de los padres más que del paciente. Independientemente  de que  en  un caso en particular, algo de esto pueda  suceder, parece más  útil  no  perder de vista, que los  padres se dirigirán al analista en una forma, por lo general, imprevista, repentina, insospechada  y  a  veces, hasta  inoportuna, lo  que  conformará  el movimiento mismo de la transferencia. En ese cuadro, convocarán al analista  a intervenir, generando en él tal vez incertidumbres e incluso angustias, las que podrán entonces moverlo a "utilizar todos los artificios de la técnica", abandonando así,  el  lugar analítico, que se sitúa , en todo caso, en un lugar otro al de la técnica.

     Es  que  dichos artificios técnicos, no alcanzan sin  embargo  a disimular  lo  suficiente,  lo  que  en  ellos  subyace de  una ideología  conductista:  cómo se debe ser padre, cómo se debe  ser madre, cómo se debe ser niño, cómo se debe ser paciente, y cómo se debe ser analista . Por suerte , siempre  hay  niños y padres que rompen los encuadres, con lo que no hacen otra cosa,  la mayoría  de las  veces, de tratar de ayudarnos para que no nos extraviemos , aunque  a veces  se vean obligados a  llegar  hasta extremos serios, en el afán de sacarnos del prejuicio y del error extremos que suelen englobarse en los llamados actings, que si lo que Lacan enseñó es cierto, no son más que un síntoma transitorio que  sin  duda, trata  de advertir al analista,  que  erró  en  el blanco (4).

     Niños  que  "resisten"  entonces, no hablando, no  jugando, no dibujando en la sesión; padres que demandan, cuestionan, seducen, con lo que en el mejor de los casos, mueven a revisar el inventario de síntomas  inicial, diagnóstico incluído, para repensar la  posición del  analista  allí,  una  y  otra  vez,  hasta  hacer  caer  los prejuicios del analista  (o al analista mismo ).

     Algo de una especie similar a lo que antecede, anida también en la  idea  de "devolución".  ¿Devolución de  qué?;  sin  duda,  de aquello que el analista ha "comprendido", anamnésis y psicodiagnóstico  mediante,  del inconsciente del niño,  o de  la pareja  parental, o del "conflicto familiar", y que ha de ser reparatoriamente  devuelto,  para  evitar  que  los  padres "se sientan  vaciados"  por el analista.  Es esa  idea  de  pretender "entender"  y "comprender" la que, precisamente, hará obstáculo  al impedir  escuchar  aquello  que no se entiende,  eso que por  su misma opacidad, habría de conducirnos a lo reprimido; al menos, a sus conexiones.

     Esa noción de devolución,  no es otra cosa que un nombre más de lo IMAGINARIO; otra manera de intentar cumplir con la PROMESA, de cubrir la castración, la del OTRO, y por lo tanto la propia.

     Lo  que  está en juego además, es una concepción  acerca  de  la estructura de lo inconsciente. La Institución de la devolución, es solidaria con entender lo inconsciente, como el contenido latente de  otro  contenido  manifiesto,  al  cual  sólo  sería necesario traducir. Así, se plantea  a  lo  INC.,  como  un  objeto  de conocimiento, sobre el  cual el analista,  maestro  de  símbolos, sabe.

     Con Lacan hemos aprendido, que el analista no es un  traductor; en primer lugar, puesto que lo Inc.  se define como lo evasivo, con un estatuto ético y no óntico, y una característica  central, que es la pulsación temporal  apertura-cierre. En segundo lugar, porque el  analista forma  parte  del concepto mismo de lo  Inc.. Esto, adquiere  mayor importancia aún, en un tiempo en que todo  el mundo interpreta, el pediatra, el periodista, la  directora de la escuela, la "psicóloga social", la televisión y el chofer de taxi.

     Muy  por el contrario,  si se quiere restituir lo más  original del pensamiento freudiano, se torna imprescindible reconocer en lo Inc., una  causa perdida, con lo que se abre la posibilidad de,  en algún efímero instante, ganarla, para volver a perderla inmediatamente, y así indefinidamente.

     Similar posicionamiento al anterior,  será necesario fijar  con respecto  a  las "orientaciones  a  padres", sobre  todo  cuando afincadas en lecturas seudo-analíticas, plantean, lo quieran o no, lo digan o no,  ideales a los que el niño o sus padres, debieran alcanzar, vehiculizando  así un deseo de amo, amo-maestro del  bien hacer, ese que aspira a que todo funcione. Pensadas de ese modo, las orientaciones a padres, no muestran más que el  retorno del annafreudismo, que nunca dejó de estar presente; como lo  señalaba también Maud Mannoni: "Los psicoanalistas de niños, aún están, sin saberlo, fascinados por la pedagogía" (5).

     Esa fascinación, ha permitido "todas las desviaciones de técnica y,  en  particular, la intervención en el plano de lo real, como si fuera un super-educador, un super-padre" (6). Y, sigue Mannoni, "si en la época de Anna Freud nos queríamos pedagogos, en  nuestros días intervienen  las múltiples formas de  reeducación  para, en alguna medida, hacerse cargo  de  alguna manera de la tranquilidad de conciencia del analista" (7).
Melanie Klein


     La mención a Anna Freud,  no es sin razón; sabemos que en ella y en Melanie Klein, se reconocen las que fueron durante décadas, las dos líneas teóricas dominantes en el campo del psicoanálisis con niños. Son conocidas también, las diferencias que existieron entre ambas; para Anna Freud, era necesario establecer una etapa introductoria en el análisis, de características  pedagógicas, debido  a la   incapacidad del niño para establecer una " alianza  terapéutica" , por   ser   inmaduro   y   dependiente. Para ella era  preciso, que  el analista  lograra  ocupar  durante  todo  el análisis, el  lugar  del IDEAL DEL YO infantil, ya que sólo  si  el niño  sentía, que  la autoridad del analista sobrepasaba la de  sus pa dres , iba a estar dispuesto a conceder a este nuevo objeto `amoroso', el lugar más elevado en la vida afectiva.
Anna Freud y Freud

     Anna Freud se  veía  inclinada a esa posición, por pensar, además, que los padres o los educadores, eran   los responsables de la neurosis del niño. Estas ideas annafreudianas, no están exentas  de tener  relación  con  otros prejuicios   teóricos  suyos, como  por  ejemplo,   "que  la  vida emocional infantil es menos complicada y más fácil de  comprender que  la del adulto" (8), su idea acerca del SUPER-YO y las grandes esperanzas en punto a la prevención de las neurosis". Los métodos de  educación, decía A. Freud, internalizados en el desarrollo del niño, para "constituir el SUPER-YO,  habrán de ser indulgentes" (9).

    Toda esa posición de "pedagóga analista", como el mismo Freud la denominó, (10), fue fuertemente cuestionada por Klein. En ocasión de su célebre presentación, en el Simposium sobre análisis  infantil realizado en la Sociedad Psicoanalítica Británica en  1927, Klein respondía  a  la  postura  desarrollada  por  Anna  Freud  en  su "Introducción  a la técnica del análisis de niños", publicado  por ésta  un  año  antes en la ciudad de  Viena,  en  los  siguientes términos: "...es  imposible combinar en la persona del analista la tarea analítica y educativa", "..una actividad efectivamente anula la  otra... lo que debemos hacer con los niños tanto como con los adultos, es...abstenernos de toda influencia educativa directa...querer  solamente  analizar,  y  no desear moldear y  dirigir  la mente" de nuestros pacientes (11).

     Esa  oposición, entre  el  análisis y  la  identificación  a  un ideal, ya  había sido desenmascarada por el mismo Freud, cuando por ejemplo  escribía: "Por más que al analista le tiente  convertirse en  maestro, modelo e ideal de otros; por más que le seduzca  crear seres  a su imágen y semejanza, deberá recordar que no es ésta  su misión  en  el vínculo analítico y que traiciona su deber  si  se deja llevar por tal inclinación. Con ello no hará sino repetir  un error   de   los   padres, que  aplastaron  con  su   influjo   la independencia del niño,  y sólo sustituirá la antigua dependencia por una nueva"(12).

     Posición  sin duda con dificultades para ser  sostenida, ya  que como  el  mismo  Freud  nos  advertía, citando  al  poeta  Anatole France, "cuando  un  hombre  está investido  de  poder, le  resulta difícil  no abusar de él" (13) .

   Para Freud, ese investimiento de poder, proviene de la transferencia. La  señalada  posición de Anna Freud con respecto al analista, no está desconectada de la concepción que ella tenía acerca de la transferencia, en la cual no veía más que "la reproducción  de  una  situación", interpretando  entonces " la relación analítica según el prototipo de la relación  dual(14) es decir de YO a YO, es  decir puramente  imaginaria. Ese punto de vista la lleva a  formular, que en  el análisis  "todo debe ser conducido a partir de la  posición  mediana, moderada, que sería la del YO. Todo parte, para ella de la  educación o de la persuasión del YO " (15).

     Si Lacan fue bastante crítico con las  postulaciones  de  Anna Freud  sobre  el  análisis, no lo fue  menos, aunque  por  otras cuestiones, con  Melanie Klein,  más allá del reconocimiento que  mereció su obra, por  considerarla  como perteneciendo al  campo psicoanalítico : "Cuando Melanie Klein nos dice que los objetos se constituyen mediante juegos de proyecciones, introyecciones, expulsiones, reintroyecciones de los objetos malos; cuando nos dice que el sujeto, quien ha proyectado su sadismo, lo ve retornar desde esos objetos,  y en consecuencia se halla bloqueado por un  temor ansioso, no  sienten ustedes -nos pregunta Lacan- que nos hallamos en el dominio de lo imaginario ?" (16)

     Para  quienes  venimos trabajando a partir de la  enseñanza  de Lacan, la  transferencia  tiene  su pivote en el  Sujeto  supuesto Saber. Este, aparece  como  consecuencia directa de  la  estructura misma de la situación analítica, la que al colocar al analista en posición de oyente, de interprete, genera en  el  analizante  una ficción, que  lo lleva a imaginar que la verdad acerca de lo  que causa su padecimiento, existe ya bajo la forma de un saber que  es detentado por el OTRO, un OTRO a quien también, supone deseante.

     Lo que resultará a partir de la instauración del S.s.S., en su aparición  más frecuente, será el amor, que "como todo amor, sólo es localizable, como Freud nos indica, en el campo del narcisismo. Amar es, esencialmente querer ser amado" (17).

     Que amar es proponerse como amable, reviste la mayor importancia, ya  que  la  transferencia, al  situar de hecho al analista  en  un  lugar muy preciso, aquél definido por  Freud  en "Psicología  de la masas y análisis del yo" (1921) como el de  el IDEAL  DEL  YO, comporta  siempre el riesgo  de  la  sugestión. Por ello, para  que  la  operación  analítica  pueda producirse, será imprescindible que el analista caiga del lugar de idealización en que el sujeto lo sitúa, para lo cual será  necesario que se posicione como objeto  y  no  como sujeto.

     Esa  será  la paradoja crucial,  a la que el analista se verá enfrentado: renunciar a usar un poder proveniente de lo imaginario que  le  es  otorgado  por el neurótico. Freud  lo  decía  así: "el paciente, colocando  al  analista en lugar de su padre  (o  de  su madre)  también  le  confiere el poderío que su SUPER-YO   ejerce sobre  él, pues  estos padres fueron, como  sabemos, el  origen  del SUPER-YO.  El  NUEVO SUPER-YO tiene ahora la ocasión de llevar  a cabo  una  especie de reeducación del neurótico y puede  corregir los  errores cometidos por los padres. Aquí debemos -dice  Freud, y es  lo que me interesa remarcar ahora- EMPERO ADVERTIR, CONTRA  EL ABUSO DE ESTE NUEVO INFLUJO" (18).

     Esta  advertencia que Freud nos hacía en las postrimerías de su vida, evidentemente   desoída   por  su   hija   Anna, no   resulta sorprendente  ni  discordante  con otras indicaciones  del  mismo Freud, cronológicamente anteriores, como la que realizó por ejemplo en  "Consejos  al  médico  en  el  tratamiento  psicoanalítico" (19), donde  afirmaba,  "la ambición pedagógica es tan  inadecuada como la terapéutica".

     La  insistencia freudiana en ese  señalamiento, revela  entonces que  está  en juego una cuestión central en el asunto. Hay  en  el análisis  un  riesgo estructural: el de un deslizamiento hacia la sugestión, por medio de la inyección de ideas, lo que al fin y al cabo, no es más que una técnica para seducir.

     Al deseo de reeducar,  o directamente de educar, incluso por  "el amor", será  preciso que el analista NO CEDA. Y en el análisis  con niños, la  recomendación freudiana necesite, tal vez, ser  remarcada con mayor firmeza, por la frecuencia con que se tiende a situar al analista en el lugar del educador, del pedagógo, del médico, incluso del confesor, es  decir  de  aquél  que  estaría  para  aportar soluciones adaptativas, encaminadas a satisfacer sin cuestionamiento  alguno, la  demanda superyoica de  la  escuela, la sociedad, etc.

     Decimos  eso, sin que en modo alguno apuntemos a desmerecer, tareas como la pedagógica o la educativa, sino más bien para  puntualizar  las  diferencias  entre  esas  prácticas  y la analítica, las que como vimos, aparecen distinguidas ya en Freud  y en  Klein. Pertenecen  a campos que son, en su  esencia, distintos. Y que  tampoco  se  vea  en todo  esto, una  suerte  de  posición "no directiva" del analista; éste, tiene una responsabilidad por cumplir: llevar  a  cabo  un análisis y hacerlo sin  aportar  sus propios  fantasmas. Parafraseando  a Lacan diremos: no  hay  en  el asunto  solamente  lo que el analista quiere hacer de los  padres del  niño; también  hay lo que el analista quiere que  los  padres hagan de él: ¿un consejero?, ¿un confesor?, ¿un super-educador?, ¿un maestro-amo de lo inconsciente, para poder desplegar la COMPULSION A LA INTERPRETACION ?...

     Las variantes posibles pueden ser muchas,pero todas estarán  en función de una cuestión capital:la del deseo del analista,ese que como  lo señalaba Lacan,  en el final de "Del `Trieb' de Freud  y del deseo del psicoanalista", es el que en "último término,opera en el psicoanálisis"( 20).

      Esa  categoría  teórica, deseo del analista, ausente como tal  en las  formulaciones freudianas,es una función que,según Lacan,  es "dada  por  el analizante y que nos reintroduce  en  la  cuestión ética" (21).

      Nos  reintroduce  en  la  cuestión  ética, especialmente  si  no perdemos  de vista que, por lo menos en el campo de la neurosis, lo que el sujeto reclama son líderes, amos, ideales.

     En el análisis con niños, entonces, la respuesta a la demanda de los padres, respuesta que será EN TRANSFERENCIA, ¿desde dónde va a ser  dada?, ¿ desde el lugar del IDEAL, allí desde donde  el sujeto se ve como amable ?,  ¿ o desde ese otro lugar, opuesto  al del  IDEAL, que  es  el del objeto causa del  deseo ?.  Y  cuando decimos  respuesta a la demanda de los padres, somos contestes con que  alguna respuesta será necesario dar,  a fin de mantener una cierta transferencia positiva, que permita la continuación  del trabajo con el niño; pero estamos lejos de pensar en intervenciones que apunten a normativizar o en indicaciones  que ellos  debieran  ejecutar. Se  trata,   en  cambio, de  acoger  sus urgencias, de  recibir sus fantasmas, con lo cual muchas veces  ni siquiera  será necesario explicar nada, interpretar nada, aconsejar nada.

     Por lo demás, cualquier analista puede dar cuenta, sin  demasiada dificultad, de  al menos algún caso,  en que el "simple" hecho  de recibir  y  despejar  la  demanda  de  los  padres, surte  efectos positivos  (en sentido terapéutico), ya sea en el niño (sobre todo si  es  pequeño) o en los padres, por  moverlos  por  ejemplo  a solicitar su propio tratamiento, en especial cuando el síntoma  es el `pre-texto' para pedir ayuda para sí mismos.

      Para  ello,  será imprescindible no completar la demanda de los padres  suspendiendo aceptar demasiado rápidamente al  niño como "paciente", sin  que antes se aclare al menos en lo sustancial, si se  trata de, por ejemplo, un hijo-síntoma. Será preciso  también, si queremos    posibilitar    que   una   historia deseante    se despliegue, tanto  por  parte del niño como de sus padres, que  el analista  no  se rehuse al encuentro con el  deseo inconsciente, hechando  mano a una serie de "artificios técnicos", que no  están más  que enderezados a tranquilizar al analista, con la  seguridad del deber "supuestamente" cumplido. Es que frente a su práctica, al fin y al cabo, el psicoanalista tiene horror (22).

   La cuestión del lugar de los padres entonces, cuestión problemática  a  no  desatender: ni  sistemática  inclusión, en  un espacio  que ha de ser principalmente para el  niño, pero  tampoco exclusión  forzada e incalculada, que  puede desembocar en atascamientos inútiles de la cura. Si en el análisis se  trata, más que de personas reales, de significantes;  si lo que está en juego sobre  todo  son las funciones, paterna, materna, en las  cuales  un sujeto  se  soporta para constituirse como tal, esto en  nada  nos autoriza  para  olvidar, que el padre y la madre de carne y  hueso que  están  allí consultando por el niño, son los padres  que  ese niño tiene, cumplan o  no con las funciones de  tales, sean  más  o menos neuróticos, y hayan deseado más o menos al niño.

     Hay  de  por  medio una noción ética: el respeto al  niño, a  sus padres y a nosotros mismos.

    Llegando ya al final de este trabajo, parece necesario puntualizar que, seguramente son muchas las cuestiones acerca del lugar de los padres en el análisis con niños, que hemos dejado sin examinar  en  la  oportunidad; quizás  sea  ello  un  buen motivo para retomar  el tema en otra ocasión, sin pretender arribar a una posición dogmática, a un final definitivo, sino más bien a esbozar una visión desde un lugar teórico determinado, abandonando sí, ilusiones  eclécticas  que,  por lo general,  es  más  lo  que obturan y taponan,  que lo que aportan para ir esclareciendo esta problemática.



Agosto de 1992




REFERENCIAS

1, 2, 3.  RODULFO RICARDO : "EL NIÑO Y EL SIGNIFICANTE", ED.PAIDOS BS.AS., 1990, página 40, 123, 71.

4. LACAN JACQUES   : "LA  DIRECCION  DE  LA  CURA  Y  LOS PRINCIPIOS DE SU PODER", en ESCRITOS I  ED.SIGLO XXI, 1971, página 231-232.

5, 6, 7.  MANNONI, MAUD: "EL NIÑO RETARDADO Y SU  MADRE",  ED.PAIDOS  BS. AS, 1984, pág.116,117,122.

8, 9.   FREUD ANNA: "EL YO Y LOS MECANISMOS DE DEFENSA", ED. PAIDOS, BS. AS, 1977, pág.48,65.

10. FREUD SIGMUND : EPISTOLARIO II, ED.PLAZA & JANES, ESPAÑA 1976, CARTA A MARIA MONTESSORI ,20-12-1917.

11   KLEIN MELANIE: "SIMPOSIUM SOBRE ANALISIS INFANTIL", OBRAS COMPLETAS, ED. PAIDOS, 1990,TOMO I, pag.175.

12. FREUD SIGMUND: "COMPENDIO DEL PSICOANALISIS", B.NUEVA, 1973, TOMO III, pág. 3398.

13. FREUD SIGMUND : "ANALISIS TERMINABLE E INTERMINABLE", B. NUEVA, 1973, TOMO III, pág.3362.

14. LACAN JACQUES: "EL SEMINARIO. LIBRO I, 1953-54, ED. PAIDOS CAPITULO VI, pág.107/108.

15. LACAN JACQUES  : IDEM, pág. 111.

16. LACAN JACQUES  : IDEM, pág. 120.

17. LACAN JACQUES: "EL SEMINARIO. LIBRO XI, 1964, CAPITULO XIX DE LA INTERPRETACION A LA TRANSFERENCIA, loc.cita .

18. FREUD SIGMUND: "COMPENDIO DEL PSICOANALISIS", B. NUEVA, 1973  T.III, pág. 3398.

19. FREUD S.: "CONSEJOS AL MEDICO EN EL TRATAMIENTO  PSICOANALITICO",  B. NUEVA, T.II. pág. 1659.

20. LACAN J.: "DEL `TRIEB' DE FREUD Y DEL  DESEO  DEL  PSICOANALISTA", en ESCRITOS II,  ED.SIGLO XXI 1971, pág. 390.

21. LACAN J.: "DEL PSICOANALISIS EN SUS RELACIONES CON LA REALIDAD", en INTERVENCIONES Y TEXTOS 2   ED. MANANTIAL, BS. AS., 1988, pág.53 .

22. LACAN J.: Carta al diario "LE MONDE", de París, del  26 de Enero de 1980.