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domingo, 28 de diciembre de 2014

Entrevista a Jorge Fukelman. Forta/da Revista de Psicoanálisis con niños



     El 13 de diciembre de 2010, Jorge Fukelman nos dejaba. Pero su palabra quedará, por qué no, para siempre…Palabra de un psicoanalista, que como pocas, funcionó por su originalidad y su claridad a la manera de un maestro. No un amo, un maestro. Y de manera especial, en cuanto a lo que en la práctica del análisis con niños se refiere.
     En una muy interesante entrevista que le realizara Fort-Da, Revista de psicoanálisis con niños, publicada en el número 5 en junio de 2002, Fukelman señalaba, por ejemplo lo siguiente:
“Se denomina niño… a un sujeto que es reconocido por el Otro como niño, por la relación en la que se constituye la niñez en el juego…. el juego es el espejo en el que un sujeto es reconocido como niño…En realidad, yo no diría que está el niño y luego el juego, sino que, está el juego y por eso hay niño!!”
     Un psicoanálisis, que a su entender, “atañe a un sujeto… que está, o debiera estar protegido de cierta relación con la muerte, con la sexualidad, por el espacio del juego…”
     Interrogado acerca de la transferencia en la praxis con niños, respondía que “la transferencia es al juego…es del sujeto, no del niño…la niñez funciona ahí como pantalla… El juego como pantalla…como espejo…como barrera…en relación a la sexualidad y a la muerte”.
     Hablando en porteño, agregaba Fukelman, “hay cosas que son "de jugando" que no son de verdad. Eso quiere decir, también en porteño, que una relación con lo real que implica la verdad, ahí está barrada. Esto es el juego..”  Es que “en realidad partimos de que "como hay juego hay niñez".
     Respecto de la cuestión de los padres en el trabajo con niños, consideraba que “lo que los padres demandan es que nos hagamos cargo de algunos significantes que ellos no pueden...o no quieren…”de modo que  cuando consultan algo se ha modificado en la estructura parental o hay al menos una chance de que algo se modifique. 
     La entrevista completa puede leerse en http://www.fort-da.org/reportajes/fukelman.htm

domingo, 23 de noviembre de 2014

¡Dale! ¡Escribí!. Rolando Ugena



      Septiembre de 2004. Digamos que se llama Ariel, un pibe de 8 años, es traído a la consulta en una institución pública municipal. Su madre, separada del padre del niño desde hace 3 años, refiere que su hijo “no trabaja en la escuela, pelea, no quiere escribir, ni leer, ni hacer las tareas”.

      Ariel además, lo dice con todas las letras, a ella y a sus maestras: no va a hacer la tarea.

      Por problemas de “hiperactividad” en el preescolar, a los 5 años comenzó a ser llevado a una psicóloga. Hasta que un día, le dice a su madre que no quiere ir más: “Ella no me puede ayudar con mis monstruos”, dicho que ella escucha y la lleva a venir semanas después.

      De entrada, Ariel toca, revisa los objetos, habla; propone juegos en los cuáles constantemente varía las reglas; juego y regla de juego se amalgaman de manera que muchas veces el juego es cambiar las reglas. Cualquier consulta, comentario que suponga alguna referencia a él, tiene como suerte recibir un vigoroso rechazo, un macizo enojo, cuya significación central no es otra que la advertencia que así no se sostiene el “de jugando.

      Pero el enlace en el espacio de juego está. En este terreno será imprescindible permanecer y contribuir a que el juego prosiga conmigo. Durante semanas demandará que arme algo con bloques de madera, por lo general una ciudad, a la cual él, con alguno de sus monstruos, siempre invencibles, siempre todopoderosos, renaciendo de la muerte, destruirá una y otra vez. El juego sufrirá a veces modificaciones, siendo él quien construye, debiendo yo acompañar, agregar algo cuando me lo ordena, y atestiguar la destrucción que, inevitablemente, llegará.

      Repite segundo grado. Llegan las vacaciones y luego hay una interrupción por un problema de salud mío.

      Agosto 2005. Retomamos. Los marbetes que señalan la ubicación objetal de Ariel se aprecian con todo su potencia. La escuela pide informe, no lo pueden evaluar, proponen psicopedagogía. La madre se presenta con el resultado de un EEG: fue al neurólogo, todo bien. Entonces quiere llevarlo a una maestra particular. Me opongo. Agrego: deje de estarle encima.

      Ariel, reaparece con un beso y preguntando cómo estoy. Lo nuevo es que de una entrevista a la otra pide que guarde algo: a veces un monstruo de plastilina que amasó trabajosamente, otras, una serpiente tan larguísima como malísima etc.. Dónde está? interrogará al llegar. También trae algunos de sus juguetes: un dinosaurio, un superhéroe, trabaja mucho con ellos, por lo general recubriéndolos completamente con plastilina, hasta que parecen desaparecer bajo la masa.

      Me pregunto: ¿a qué juega este monstruo?¿ cómo leer los cambios de personajes, de territorios, de reglas? , ¿serán intentos de tolerar los efectos del lenguaje ?.

      Un día, en medio de uno de sus aguerridos juegos, acercándome papel y lápiz me dice: ¡Dále! ¡escribí!. Por supuesto, escribo: “ El dinosaurio se murió; el gigante con cabeza de serpiente  y el dinosaurio pelearon y por eso murió el dino. Después la serpiente y el gigante con cabeza de serpiente se hicieron enemigos. La serpiente se hizo una ciudad”.

      Le pregunto:

- Y cómo termina la historia?,

     Me dice: - Poné: The end.

     Y se tira un pedo.

     Sorprendido, apenas atino a decir: - Te cagás?!.

     Se ríe, se pone colorado, pide ir al baño, vuelve y me pregunta si ya terminó la hora. Sí, claro.

    La madre reincide. Está angustiada, “me lo hace a propósito, quiere volverme loca”, dice llorando.

      Le señalo: - Y usted entra como un caballo...

     Apuesta a reubicar a un niño como tal, a recuperar la posibilidad de una escena que resguarde en relación a la sexualidad de los padres.

   Termina el año. Pasa de grado. Vacaciones. La sala en la que lo atiendo se cierra por reparaciones. Continuamos en otra.

     Marzo de 2006. Dice:  
     - Traé eso... el papel... escribí.
     Respondo: - Ufa, ya se acabaron las vacaciones!

     Él agrega: - Dále, escribí!

     Contesto: - Qué?

     Me dice: - Lo que quieras

     Escribo: “lo que quieras”. - Y vos qué querés?

    Responde: - Comer. No lo anotés...Lo que estamos haciendo, no lo anotés. Mirá que la cosa transcurre entre los dos. Esto no lo anotés. Es una bomba, dále, hacé una ciudad destruida. Ah.... nos atacan, ah, ah, alguien que nos ayude por favor, ah, ah....Te voy a contar un chiste. Escribilo. Estás en una cárcel y tiene cuatro puertas, tenés una piedra. En la primera puerta hay abejas asesinas, en la segunda rayos laser, en la tercera un policía, en la cuarta un perro llamado auch. ¿Cómo hacés para salir?

      Le digo: - Uh, qué difícil...!
      - Te rendís ?... Tiro la piedra al poli, dice auch, va el perro, salgo por la puerta del perro.
     Risas, suyas y mías.

     Dice: - Dale, armá una ciudad.

     Explota una bomba. La bomba queda despedazada, la oculta bajo los bloques y dice: “cuando yo te diga, mirás”.

     Contesto: - Ah, ¿no tengo que ver lo que está oculto pero a la vista ?...

     Terminamos allí y me  pide que guarde la cabeza de un monstruo.

    La vez siguiente, alarmada, la madre quiere que vea unos dibujos de Ariel que le parecen sangrientos. Podría tomárselo un poco a risa, le sugiero.

    Si el juego no puede ser significado como tal, la protección que proporciona la niñez se pierde. Porque el juego precede a la niñez y sin juego no hay niño. (1)

     Quien sí se ríe, es Ariel. Mostrándome uno de esos dibujos, en el que se ven dos lápidas con sus respectivos nombres dice:

- “Acá están las tumbas de dos compañeros, éste murió ayer y éste murió hoy, están saliendo de las tumbas, son los muertos vivos”

- Quiénes son ?

- Dos compañeros que me joden, me dicen cosas...

- Qué te dicen?

- No, no quiero decirlo

- Bueno, si no querés...

- Dónde está la cabecita?

      Va a buscarla y dice: - Cabecita, no tengo un cuerpo.

      Acariciando la cabecita digo: - Pobrecita, no tiene un cuerpo...

     Agarra unos bloques, arma un cuerpo, le pone  la cabeza. Me  pide que arme una ciudad y me convida con papitas fritas, preguntándome si  “puedo comer eso ya”.

- Un poco...y ¿qué te hacen esos pibes?

- Me cargan

- Y vos ?

- Los corro y los cago a patadas y trompadas.

       Mientras voy armando la ciudad, se tira un pedo. Le digo:

- Epa!!, a la mierda... ¡son bombas!...¡qué olor!, puf, puf!

       Tira todo. Me convida papitas y dice:

- Pero a la vez son mis amigos esos chicos, pero me molestan...

- Sí, eso te molesta mucho

- Hoy en la escuela estaban todos hablando cuando la señorita contaba un cuento y al único que no retaron fue a mí....Dále, tenés que armarte, con todos los monstruos. Dále, entrená a los monstruos. Escribí: dos monstruos murieron peleando contra el monstruo.

- ¿Pero hay alguna forma de vencerlo?

- Sí, sacándole la cabeza...ahí va... la cosa que te aplasta totalmente!

      La vez siguiente, apenas llega vuelve a pedirme que arme una ciudad y se tira pedos. Como efecto de la supervisión institucional, le digo:

- Bueno, acá basta de pedos, si querés tirarte pedos andá al baño.

       Sale, va al baño y vuelve. Le digo: - Ya está?

- Sí, me fui a tirar unos pedos...Hagámos que viene un tornado y tira todo. Pero ahora tenés ayuda, para defenderte del monstruo. Que parezca un muñeco de nieve....Está enojado. Le sacaron algo.

      Después hace varias bolas de plastilina y va nuevamente a tirarse pedos al baño.

      La próxima, luego de hacer presente sus  monstruos invencibles, dice:

- Ahora sos vos el monstruo.

- Sí !!! Ahora soy yo el monstruo !!! Te mataré!!!

     Para mi “desilusión”, el que enseguida muere soy yo. Le digo:

- Por qué??!! Cuando vos sos el monstruo es tan difícil matarte y cuando soy yo es tan fácil?!!

- Porque sos tonto!!

- Sí!!!!

      Toma uno de sus monstruos y hace como que ese monstruo se tira un pedo. Le digo:

          - Y dále con los pedos !

- Pero ¿de mentira sí?

     Hace ruido con la boca, se ríe, y empezamos un largo “bombardeo” oral. Luego sigue con el monstruo, al que pone a dormir y le agarra mucha ira cuando lo despiertan, lo molestan y no lo dejan despertarse solo.

     Una semana después, viene con una moneda de un peso y quiere que vayamos a comprar algo. En el kiosco, luego de meditar con creces su elección, se decide por papitas. Cuando volvemos, agarra el monstruo, que ahora está prisionero.

- De quién?

- De sí mismo.

      Ese día, se lleva el monstruo a casa.

      La semana siguiente, por primera vez, dibuja y escribe en la entrevista.

      La próxima vez propone un juego en el cual, él es el padre y yo soy el hijo. Toma mi maletín, se va y vuelve con un regalo. Es un monstruo de colección, un ejemplar único, que él ha comprado para mí. Después se va a trabajar, tiene un accidente y queda en silla de ruedas. Durante un largo rato tendré que llevarlo. En un momento, con la boca hace el ruido de tirarse un pedo. Le pregunto qué pasó.  Responde:

- Se tiró un pedo el padre de los pedos.

     En la última que les cuento, pide ir a comprar algo; pero no tiene plata: “Te lo devuelvo la semana que viene”. Acepto. Vamos al kiosco y elige dos alfajores. Mientras volvemos, comiendo las golosinas, comenta que le pidió a la madre que lo anote en fútbol. 
       La semana siguiente me da la plata de los alfajores. Le digo que pronto terminaremos.



Notas:

1. La expresión es de Jorge Fukelman, Exposición en el Hospital de niños Dr. R. Gutiérrez, el 20 de octubre de 1993