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sábado, 21 de marzo de 2015

Faulkner: el furioso estruendo de un estilo. Juan Pawlow



 “Faulkner: el furioso estruendo de un estilo”(1).        

                                                                         Juan Pawlow



Una voz porta otra. Mientras la primera aún conserva la potencia, la otra parece confinada a un oscuro margen, tal vez al olvido. Sin embargo hay algunas circunstancias.

Apenas momentos antes de que el bosque de Birnam suba a Dunsinane, momentos antes del estruendo de la guerra, se oyen gritos de mujeres.

Esos gritos tienen una virtud: hacen recordar a Macbeth el sabor del miedo.

“¿Cual es la causa de esos gritos?”

“La reina ha muerto.”

Entonces Macbeth exclama:

“Sombra ambulante es esta vida, mísero actor que en el escenario se afana y pavonea un momento y al cabo, para siempre, calla su voz. Relato de un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa.”(2)

En estas circunstancias encontramos aquella otra voz: “Relato de un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa.”

Los días se arrastraron a paso menudo, hubo mañanas y mañanas, años y años, cientos de ellos, se encadenaron siglos y la voz permanecía agazapada, hasta que alguien llamado William Faulkner se encontró con aquel ruido, aquella furia, y el relato del idiota. El relato de quien no puede pronunciar palabra alguna entonces se vuelve actual: “The sound and the fury”
W. Faulkner

Extraña novela “El ruido y la furia”, pero en rigor, toda buena novela es un objeto extraño, extranjero e íntimo, tierra de conquista, territorio de creación, y lo es no sólo para el lector sino también para su autor. Dice bien Juan José Saer acerca del lugar del narrador:

 “Ser narrador exige una enorme capacidad de disponibilidad, de incertidumbre y de abandono... Todos los narradores viven en la misma patria: la espesa selva virgen de lo real.”(3)
Juan J. Saer

Novela radical “El ruido y la furia”, en tanto nos introduce en una selva, espesa, virgen, real, tomando la voz de alguien incapaz de proferir palabras. El relato del idiota, Benjy, Maury de nacimiento, discurre en la primera de las cuatro secciones del libro, y sólo entenderemos de qué se trata cuando otras voces tomen su lugar. Así lo explica Faulkner:

Y entonces conté la experiencia de aquel día del subnormal, y era incomprensible, incluso yo mismo no podía decir lo que estaba pasando, por tanto tuve que escribir otro capítulo. Entonces decidí dejar que Quentin contara su versión de ese día, o esa misma ocasión, y lo hizo. Después tenía que haber un contrapunto, que iba a ser el otro hermano, Jasón. A estas alturas era completamente confuso. Sabía que no estaba acabado en absoluto y entonces tenía que escribir otra sección desde fuera con un extraño, que era el escritor, para contar lo que había sucedido ese día específico.(4)

Si la novela es un objeto extraño, si incluso es por momentos incomprensible para su propio autor, es en gran parte porque la voz del personaje se vuelve autónoma a las intenciones de aquel.(5)

Hay una afirmación de Borges que nos acercará a eso extraño que es el personaje:

“En mi corta experiencia de narrador, he comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis peculiar, es haber descubierto un destino.(6)
Jorge L. Bórges

El saber que Borges delinea aquí es el de la sorpresa y el descubrimiento. El encuentro del narrador con pequeños restos: una entonación, una voz, una sintaxis peculiar.

Es conocida la imagen de Joyce vagando por Dublín a la espera de un resto de palabra, de algún giro, una fugaz imagen y así construye a sus personajes. Como lo dice Richard Ellman:

Joyce había empezado a crear en Dubliners y A Portrait un método sintético que consiste en construir el personaje con detalles intrascendentes, minucias.”(7)

Richard Ellman
Pequeñas cosas, pequeñeces incluso, que sin embargo imponen una dirección a la obra que no puede ser forzada sin traicionar el destino de aquella voz descubierta.

Volvemos a Saer:

 “...el escritor escribe siempre desde  un lugar, y al escribir, escribe al mismo tiempo ese lugar... ...un lugar que está más bien dentro del sujeto, que se ha vuelto paradigma del mundo y que impregna, voluntaria o involuntariamente, con su sabor peculiar , lo escrito. Ese lugar se escribe, por así decir, a través del escritor, modelando su lenguaje, sus imágenes, sus conceptos...”(8)

Si extremamos esta idea , parafraseándola, podemos afirmar que el personaje habla desde un lugar de alguna manera excéntrico al del escritor mismo.

Cuando Borges afirma: “Cervantes conocía bien a Don Quijote y podía creer en él.(9) Podemos conjeturar que esa creencia es el respeto del narrador por la diferencia entre la voz del personaje y la suya, es aceptar que esa voz que se encontró tiene su propio lugar de enunciación. Un pequeño resto como una entonación oída al pasar de alguna manera exterior al escritor y que sin embargo determina su proceder narrativo.

Ese pequeño resto impone el procedimiento narrativo en tanto una vez que se produce su descubrimiento, el autor no es libre de hacer lo que se le plazca con él. Si esa voz conlleva un destino, lo es porque implica que más allá de las posibilidades que abre, delinea lo imposible.(10)

Querría afirmarlo de una vez: ese instante de encuentro, ese descubrimiento, es el estilo.

No creo demasiada fructífera la idea cotidiana de concebir al estilo como: “la manera personal de escribir que caracteriza a un escritor”.

El estilo del escritor fuerza sus maneras, porque si no las forzara esa escritura se tornaría estéril, se extinguiría, apagándose como un eco entre los ecos. Así tomado, el estilo, es la marca que, cada vez, inventa sus formas, y no la manera con la que el escritor tramita lo que encuentra conduciéndolo a moldes ya establecidos.

¿Qué encuentra Faulkner en Macbeth, qué descubre?

Se podría decir que muy poco: la débil voz de un personaje y el título de su novela: “The sound and the fury”. Comencemos por esto último.

Se habrá notado que he estado siguiendo una traducción que no es la literal y tradicionalmente establecida: “El sonido y la furia”. En esta decisión sigo a Guillermo Whitelow, traductor de la versión bilingüe de Macbeth con la que trabajé y también la de Ana Antón- Pacheco que traduce a Faulkner. Ambos vuelcan sound como ruido.

Ana Antón-Pacheco argumenta:

 “ ‘Sonido’ me parece un término demasiado inocuo para expresar la desesperación de Macbeth ante la catástrofe a que ha dado lugar su ambición y ante la ambigüedad de la vida “signifying nothing”, mientras que ‘ruido’ es mucho más fuerte, más enérgico, sobre todo si se tiene en cuenta que, sobre el escenario, el fragor de la batalla se hace notar constantemente...(11)

A su vez podemos agregar nosotros que en el uso castellano sonido evoca algo más armónico, más musical. La voz “son”, incluso, es un término de la música trovadoresca. “Ruido”, en cambio, es el rugido del león, el estruendo.

Con esto volvemos a Benjy. ¿Por qué es tan eficaz que Faulkner haya tomado para iniciar la novela “el relato de un idiota”? ¿En qué consiste esa voz?

La voz de Benjy está armada en varias dimensiones:

- La representación. La dificultad en la lectura de esta primera sección de la novela es la escasa posibilidad de representación acerca de lo que acontece. Los pensamientos de Benjy saltan de un lado a otro, se suceden distintos personajes, se superponen distintos momentos de la vida de Benjy, incluso se remonta al momento en que se le cambia de nombre (como al Benjamín bíblico) al descubrirse que es un débil mental; una dificultad adicional entonces: Maury es Benjy, cuando aún no era un resto del ideal de su madre.

- La sintaxis. Si las formas retóricas y los modos sintácticos son bien distintos cuando en las siguientes secciones del libro toman la voz Quentin y Jason, con Benjy nos encontramos nuevamente con un problema. Por un lado se encadenan retazos de diálogos en los que se reproducen las voces de otros personajes, hay allí una sintaxis en juego de la cual Benjy sería testigo. Por otro lado, ¿cuál sería la sintaxis de su voz? Adjudicadas a Benjy aparecen frases que por la complejidad de su estructura no pueden atribuirse genuinamente a Benjy, sino a la necesidad del narrador: “Ahora yo estaba llorando...” “No lo vi llegar. Vino por detrás de nosotros.” “Quentin se peleó conmigo y yo lloré.”.

 - Residuos. Esta dimensión es la más huidiza y a su vez la más constante. A mi juicio es el Benjy más puro. La presencia de Benjy se torna un ruido casi constante. En realidad Faulkner no lo describe nunca como ruidoso, pero de forma permanente hay referencias a los ruidos que produce. Llora, gime, se babea, berrea. Tanto en su sección, como en las otras, se manda a los negros que lo cuidan a que lo hagan callar, que lo saquen fuera de la casa. “Cállate”, “Cállese”, son palabras que inundan el relato. “Calla esa boca”. “No puedo llevarlo a casa si berrea de esa manera.” “¿Es qué usted no se va a callar nunca?” “Cállese”. “¿Qué pasa Benjy?” , “Calla, Benjy” , “Cállate” “¿Por qué no lo encierran?” “No va a conseguir nada con tanto gemir y berrear.”

Decía más arriba que tal vez se pueda pensar que Faulkner toma de Macbeth sólo un título y la idea de un idiota que relata; y tal vez sea sólo eso:  pequeñeces, pero entendiendo que el ruido, la furia, y el relato del idiota, son las marcas que insisten de punta a punta en toda la novela: en el estrépito de la caída en desgracia de los Compson, prestigiosa familia sureña, en el ruido de lo insoportable de la vida sumergida en la nada que se encamina día tras día hacia la muerte, en el suicidio, en la estafa, en embarazos, en casamientos, en los pequeños actos cotidianos, en los días que se arrastran menudos.

Por supuesto que esto no se agota en Benjy, no es sólo el sin sentido de la vida relatada por un idiota, o mejor: ¿Quién es el idiota? Hay otras voces, otros personajes:

El sin sentido de una vida que se ahoga en un suicidio, como en el caso de Quentin. Relato atiborrado de una moral arrasada por la escoria de viejos emblemas; restos de voces, de ideales caídos por la guerra civil y los tiempos, que lo arrojan fuera de la escena del nuevo mundo.

 ¿Y la idiotez no es la de Jason? Hombre pragmático, tan actual, que no duda en ofrecer la castración de Benjy luego de un episodio apenas confuso, para después llamarlo crudamente: “el Gran Capón de los Estados Unidos”. Relato lleno de lugares comunes, de errática sintaxis, la voz de un miserable estafador familiar cuya maldad confina con la idiotez.

Para finalizar, el ruido y la furia de un estilo:

“Entonces Ben volvió a gemir, con prolongada desesperación. No era nada. Solamente un ruido. Podría haber sido que mediante una conjunción planetaria todo el tiempo y la injusticia y el dolor se hicieran oír por un instante.[12]

Faulkner puro.

 



[1]                  Ensayo presentado en la Jornada Psicoanálisis y escritura”, Facultad de Psicología de la UBA, mayo de 2003.
[2]    “Macbeth” p. 191. William Shakespeare. Colección Obras Maestras. Fondo Nacional de las Artes. Editorial Sudamericana. 1970.
[3]    “La selva espesa de lo real” en “El concepto de ficción” p. 271. Juan José Saer. Editorial Ariel. 1997.
[4]    “Lion in the Garden: Interviews with W. Faulkner” Citado en “El ruido y la furia” p.37 William Faulkner. Ediciones Cátedra 1998. Subrayados míos.
[5]    Los subrayados de la frase de Faulkner apuntan a esa extrañeza.
[6]    “La poesía gauchesca” en “Discusión” Obras completas, p. 181. Jorge Luis Borges. Emecé editores, 1989.
[7]    “James Joyce” Richard Ellmann p. 398 Editorial Anagrama, 1991.
[8]    “Literatura y crisis argentina”. en “El concepto de ficción” p. 105. Juan José Saer. Editorial Ariel. 1997
[9]    “Nathaniel Hawthorne” en “Otras Inquisiciones” Obras completas, p. 675. Jorge Luís Borges. Emecé editores, 1989.
[10]   Tiempo después de haber leído este trabajo en la Jornada, acallados los ecos de la misma, o sea: ya los días se habían arrastrado menudos, vuelvo a tomar el número 6 de la revista  Paradoxa en donde Sergio Cueto, en el trabajo “La música, la prosa, la sintaxis.” cita a Girri. Cita por un lado olvidada por mí, aunque reconozco los signos –asteriscos- con los que señalo algo que encuentro importante en un texto. Lo que había “olvidado” - lo que había marcado- dice así: “Uno no ha de guiarse por lo que quisiera hacer, sino por las exigencias de eso mismo que está haciendo, de lo que necesita ser escrito.”
[11]   Carta de Ana Antón-Pacheco.“El ruido y la furia” p.57. William Faulkner. Ediciones Cátedra 1998.
[12]   Op. Cit. P.308

lunes, 12 de enero de 2015

Creer allí. Cristina Curuchelar




 “La realidad trabaja en abierto misterio”

J. L Borges cita a Macedonio Fernández

     Una pregunta que surgió en el primer encuentro del ciclo de cine, luego de la proyección de la película Cinema Paradiso, aquí en la sede de Cuestiones del Psicoanálisis, se constituyó en un problema interesante para mí: ¿qué hace creíble a Totó? ¿cómo lo logra el director de la película?
Cinema Paradiso

 Siguiendo el hilo de esta indagación comenzaron algunas lecturas que me llevaron nuevamente a Cervantes y al Quijote.

 También encuentro un ensayo en el cual el autor, Daniel Attala, indaga en los vínculos entre Cervantes, Pirandello y Macedonio Fernández. El ensayo toma la referencia constante de Jorge L Borges.

     Explora aspectos del proyecto de “doble novela” en Cervantes y Macedonio. Considera la construcción del personaje y el modo en que logra Cervantes “encariñar al lector” con el personaje y la obra. Esto me interesó especialmente pues está en consonancia con el efecto que ciertas películas suscitan en el espectador.

    
Sigo yo también la referencia de Borges y tomo especialmente esta pregunta que él plantea: ¿Qué significa creer en Don Quijote?

J.L.Bórges
    En algunas oportunidades, y después de “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges volvió a él. En 1968, en la Universidad de Texas, dio una conferencia en inglés sobre el Quijote. Allí Borges destaca que el efecto de realidad del Quijote no se debe a que Cervantes sea un escritor realista, sino el inventor de una rara realidad, una realidad “creible” producida por una suerte de voto de confianza entre el autor y el lector. En esa suspensión de la incredulidad que esta novela logra, se encuentra para él uno de los grandes méritos  de Cervantes. El otro mérito es el sentimiento de amistad que provoca en los lectores el personaje.

    Comienza Borges esa conferencia titulada: “Mi entrañable señor Cervantes”, diciendo:


“… siempre hay placer, siempre hay una suerte de felicidad cuando se habla de un amigo. Y creo que todos podemos considerar a Don Quijote como un amigo. Esto no ocurre con todos los personajes de ficción…

Don Quijote de la Mancha
… Me pregunto cómo hizo Cervantes para lograr ese milagro, pero de algún modo lo logró.

… Ahora voy al libro mismo... Y por eso está esa relación de sueños y realidad, que es la esencia del libro…

… Así hay un personaje que es un sueño de Cervantes y que, a su vez, sueña con Cervantes y lo convierte en un sueño. Después, en la segunda parte del libro, descubrimos, para nuestro asombro, que los personajes han leído la primera parte y que también han leído la imitación del libro que ha escrito un rival… Por supuesto, desde entonces otros escritores han jugado ese juego (permítanme que recuerde a Pirandello) y también una vez lo ha jugado uno de mis escritores favoritos, Henrik Ibsen.

Y ahora llegamos a otra cosa. Algo que es tal vez tan importante como otros hechos que ya les he recordado. Bernard Shaw dijo que un escritor sólo podía tener tanto tiempo como el que le diera su poder de convicción. Y, en el caso de Don Quijote, creo que todos estamos seguros de conocerlo. Creo que no hay duda posible de nuestra convicción en cuanto a su realidad. ..Ahora bien, ¿qué significa creer en Don Quijote? Supongo que significa creer en la realidad de su personaje, de su mente. Porque una cosa es creer en un personaje, y otra muy diferente es creer en la realidad de las cosas que le ocurrieron”.


     La pregunta que hace Borges, me sugiere otra: ¿en qué cree un analista?

  En el Seminario 22 RSI (21/01/75) Lacan marca una diferencia entre creer allí y creerle/a:

     La primera cita:

Lacan
página 38: “Que el síntoma haya salido de otra parte, a saber del síntoma tal como Marx lo ha definido en lo social, no quita nada a lo bien  fundado de su empleo en, si puedo decir, lo privado. Que el síntoma en lo social se defina por la sinrazón no impide que…

página 41 “…lo que constituye el síntoma, ese algo que se besuquea con el inconsciente… es el que se cree en ello” (1)

     Entiendo que Lacan hace una precisión importante: Que uno allí, en el síntoma, desde ese lugar cree… allí el inc se hace discurso…y uno hace, allí,  desde allí, de eso una convicción, hace con eso una apuesta.


     La segunda cita:

página 41“¿Creer allí? ¿Qué quiere decir eso? Sino creer en unos seres en tanto que ellos pueden decir algo. Les pido que me encuentren una excepción a esta definición. Tratándose de seres que no podrían decir nada, que no podrían enunciar lo que se distingue como verdad y mentira, creer allí no querría decir nada. Esto es decir la fragilidad de este creer allí… Cualquiera que viene a prestarnos un síntoma allí cree… es porque cree que el síntoma es capaz de decir algo….(2)

     Leo en esta cita que:

El significante hace síntoma, pero es importante destacar también que el síntoma toma esa forma del significante.

    Aquí Lacan anuda: creer en lo que otros pueden decir

                                  creer en lo que el síntoma puede decir

   Lacan establece una diferencia entre creer allí y creerle/la. Creer en el síntoma no es lo mismo que creerle al síntoma.


“Todo discurso requiere del sujeto que éste consienta, un instante al menos, creer allí…ese instante, por impalpable que sea es tontería radical…se trata de reconocerla por lo que es…

La otra tontería, la neurótica, o la que se emparenta con esta horma social cuyo principio es en sí la igualdad y la semejanza… es la pasión por el vínculo mismo…es decir, ceder sobre la imposibilidad de que lo haya”.(3)

      La cuestión es cómo existe un sentido que no sea el de “hay relación sexual”. Es decir, ¿cómo puede existir el sentido si no hay relación sexual? La operación que hace Lacan es ubicar el sentido que surge de que no la hay…no hay una realidad última…

En ese sentido, la relación entre el sujeto y el gran Otro da lugar a que haya esta estructura de ficción que no es un “como si” sino que conlleva un valor de goce real en tanto hace síntoma.


Vuelvo a Cervantes para tomar un fragmento del último capítulo:

Cervántes
“En fin, llegó el último de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote, el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió”.(4)


     Y Borges comenta este final:

“El libro entero ha sido escrito para esta escena, la muerte de don Quijote…

Cervantes se sintió tan sobrecogido por lo que estaba ocurriendo que escribió: …«dio el espíritu, quiero decir que se murió». Ahora bien, supongo que cuando Cervantes releyó esa oración debe haber sentido que no estaba a la altura de lo que se esperaba de él. Y sin embargo, también debe haber sentido que se había producido un gran milagro. De algún modo sentimos que Cervantes lo lamenta mucho, que Cervantes está tan triste como nosotros. Y por eso se le puede perdonar una oración imperfecta, una oración tentativa, una oración que en realidad no es imperfecta ni tentativa sino un resquicio a través del cual podemos ver lo que él sentía…(5)

    Tal vez no se trate de sentimiento sino de experiencia, experiencia de palabra. Una experiencia dentro de otra experiencia, la del lector. Manera “sintomática” de escribir la ficción, de saltar el  foso que se cava al constado de cada palabra.

De la ficción literaria a la ficción analítica, ¿cómo se las arregla el analista para ir a ese lugar?

      No habría análisis sin creencia y la transferencia, tal vez, pueda considerarse la ficción mayor por la que un análisis transcurre. Si el analista forma parte de la ficción transferencial es en tanto la sostiene, es decir, en tanto está en ella y por fuera a la vez.

     No puede ocurrir en su ausencia. En esta ficción hay “alguien” que sostiene creer en eso que sucede allí, que no es creérsela. Es algo que sucede contingentemente y el analista tiene que estar allí para permitir ser tomado por esa contingencia.

     Pero esto nos remite al sostén del analista ¿en qué cree el analista, cuales son sus ficciones?

     Aquí hay una vieja cuestión que es aquella del analista como producto de un análisis y su articulación con lo que se llama la formación del analista.

    Son esos puntos de “pasaje” los que parecen condicionar las características del lazo con ese campo ficcional que llamamos institución.

    Bajo qué condiciones este lazo haría posible anudar el “creer allí”…con otros. Sabemos que la ficción puede cerrarse sobre sí misma, o deslizarse hacia el delirio o la inercia.

     El espíritu de la ficción sostiene con las ficciones una relación imposible. Creer allí es creer en el real de la no relación e intentar poner en juego la estructura de ficción de la verdad.


     Concluyo con estas palabras de Borges:

“…Creo que los hombres seguirán pensando en Don Quijote porque después de todo hay una cosa que no queremos olvidar: una cosa que nos da vida de tanto en tanto, y que tal vez nos la quita, y esa cosa es la felicidad. Y, a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad… de algún modo Don Quijote -más allá del hecho de que nos hemos puesto un poco mórbidos, de que todos hemos sido sentimentales con respecto a él- es esencialmente una causa de dicha. Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote”. (6)


Trabajo presentado en la IX Jornada Anual de Cuestiones del Psicoanálisis, “Pulsión y ficción. Lógica de discurso”, 5 de diciembre 2009

(1) J.Lacan Seminario 22 RSI (21/01/75)

(2) Idem 1

(3) J.C.Milner “Los nombres indistintos”. Cap: La tontería

(4) Miguel de Cervantes Saavedra. “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” Segunda parte. Cap LXXIV

(5) J.L.Borges ”Mi entrañable señor Cervantes” Conferencia (1968)


(6) J.L.Borges  idem 5

domingo, 11 de enero de 2015

El comité de los conjurados. Rolando Ugena



De “Galileo Galilei”, de Bertold Brech

22 de junio de 1633: Galileo Galilei, revoca ante la 
Inquisición su teoría del movimiento de la Tierra

...Andrea -¡Desgraciada es la tierra que no tiene héroes!...
...Galilei.- No. Desgraciada es la tierra que necesita héroes. (1)
Galileo Galilei

 “Todo retorno a Freud que de materia a una enseñanza digna de ese nombre se producirá únicamente por la vía por la que la verdad más escondida se manifiesta en las revoluciones de la cultura. Esta vía es la única formación que podemos pretender transmitir a aquellos que nos siguen. Se llama: un estilo.”
Estas palabras que cierran el escrito “El psicoanálisis y su enseñanza”, son también las que cavan un curso, un surco: el del retorno a Freud, designio que tomaba su sentido de lo que para Lacan no eran sino inauditas inversiones de la experiencia analítica; retorno a Freud, que era igualmente una consigna, la cual lejos de aferrarse a la proposición de un ideal regreso a las fuentes, proponía “repensar a Freud”. Es su “método”(2) todo un estilo, que más que remitir a alguna originalidad, es portador de sujeto(3), y propone establecer los mojones de una política no negociable: examinar una producción difícil de catalogar y notablemente atravesada por textos que pasan la espinosa prueba de la “disciplina del comentario”, no solamente para resituarla en el contexto de una época, sino “para medir si la respuesta que aporta a las preguntas que plantea ha sido o no rebasada por la respuesta que se encuentra en ella a las preguntas de lo actual”(4)  
Actualidad de la escritura de Freud, en la cual las circunstancias biográficas más íntimas, los singulares recortes de historiales de casos (incluso fracasados), las interpretaciones de cosmovisiones filosóficas y creaciones artísticas, las investigaciones sobre los sueños, las masas, los chistes, el totemismo, las torpezas cotidianas, las novelas históricas, el comunismo, etc. son hilos que entretejen una hipótesis y no mera ilustración. Obra freudiana cuyos pasos no obedecen menos a una implacable preocupación por el rigor, como a la inquietud de preservar su  doctrina de derivas perjudiciales.
          Fue tal vez entonces que movido por tal aspiración, otorgó en 1912 su cheque en blanco(5) a Ernst Jones, para conformar esa especie de comité clandestino que a la manera de los caballeros de la Mesa Redonda, selló su alianza con la entrega de Freud a Abraham, Sachs, Rank, Ferenczi, von Freund y Eitingon de una piedra preciosa grabada con un motivo griego para montar en un anillo de oro, que nominaba así a los fieles devotos.
Georg Christoph Lichtenberg
           Pero como reza el chiste de Lichtenberg que releva Freud, “no se puede llevar la antorcha de la verdad a través de la multitud sin chamuscar alguna barba»(6). Así, el romántico círculo, antes de disolverse en 1927, no tardó en resultar perforado por los aprietos que procuraba evitar: entre los discípulos judíos y Jones, que no lo era; entre austríacos y berlineses; entre renovadores y ortodoxos; entre aquellos que proponían expandirse hacia EE.UU. y quienes planteaban replegarse en Europa; entre aquellos que rechazaban el acceso a la práctica a los analistas homosexuales y los que no lo hacían.
Freud lo quiso así(7). Tal vez porque la quimera de una fundación originaria, no depende solamente de la desaparición acechada por los hijos, sino también de un padre que planea y calcula su final.
Algo de esa verdad escondida, puede leerse en “Tema del traidor y del héroe”, de Jorge Luis Borges(8).
J.L. Bórges
Allí, Borges relata una historia a la cual le faltan, dice, “pormenores, rectificaciones, ajustes”, con zonas que al momento de escribirla, aún no le habían sido reveladas.
Habiéndola imaginado bajo el “influjo” de Chesterton y Leibniz, ubica la acción en un “país oprimido y tenaz”, que tanto puede ser Polonia o Venecia, como algún país sudamericano o de los Balcanes, aunque para “comodidad narrativa” (¡!) la sitúa en Irlanda, a comienzo del siglo XIX, en 1824.
El narrador del relato es Rayn, joven que al aproximarse la fecha del centenario de la muerte, se halla dedicado a la redacción de la biografía de su bisabuelo, Fergus Kilpatrick, un heroico capitán de conspiradores, quien murió asesinado en un teatro, en “la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado y soñado”.
Rayn, inquieto por las circunstancias jamás esclarecidas del crimen, se entera que cuando los seguidores examinaron el cadáver del héroe, “hallaron una carta cerrada que le advertía el riesgo de concurrir al teatro esa noche”, suceso que indujo al joven a suponer que se repetían remotos hechos históricos, como cuando Julio César, “al encaminarse al lugar donde lo aguardaban los puñales de sus amigos”, recibiera un escrito en el cual “iba declarada la traición, con los nombres de los traidores”, que no alcanzó a leer.
En los laberintos circulares de su investigación, se topa no sólo con que esa historia copiaba la historia, sino que también copiaba la literatura. Pasmado, encuentra que palabras prefiguradas por Shakespeare en Macbeth, son las que un mendigo pronuncia en una conversación con su bisabuelo el día de su muerte. También, que un antiguo compañero del héroe, James Nolan, había traducido dramas de Shakespeare, entre ellos, Julio César, y además había escrito un artículo sobre los “Festspiele de Suiza, vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores y reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas donde ocurrieron”.
¿Qué había acontecido? El enigma solo logra ser descifrado por Rayn, cuando halla un documento que revela que días antes del fin, su bisabuelo, presidiendo el último cónclave, “había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo nombre había sido borrado”. En ese país, maduro para la rebelión, algo fallaba siempre: había un traidor. Kilpatrick había encomendado a Nolan que investigara y éste ejecutó su tarea. Se reunieron los conspiradores y en pleno cónclave Nolan “demostró con pruebas irrefutables que el traidor era el mismo Kilpatrick. Los conjurados condenaron a muerte a su presidente”, quien firmó su propia sentencia, implorando que “su castigo no perjudicara a la patria”, que lo idolatraba.
          Dado que la más tenue sospecha hubiera comprometido la rebelión, Nolan propuso que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabarían en la imaginación popular apresurando la rebelión. “Kilpatrick juró colaborar en este proyecto, que le daba ocasión de redimirse y rubricaría su muerte”.
          La pública y secreta representación” prefijada para reflejar la gloria, duró días y noches. Kilpatrick “discutió, obró, rezó, reprobó, pronunció palabras patéticas”, y una horda de actores colaboraron con él. Arrebatado por ese destino que lo redimía y que lo perdía, “más de una vez enriqueció con actos y palabras improvisadas el texto de su juez”. Así fue desplegándose el drama, hasta queel balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe” quien, desangrándose, apenas pudo articular algunas de las palabras previstas.
          Seguramente impresionado y apasionado por el relato borgiano del traidor que va al encuentro de su destino, no sin haber hecho recaer la culpa sobre los otros para pasar a la posteridad como un héroe, Bernardo Bertolucci, decidió llevarlo a la pantalla. Situando la trama en Italia, sustituyendo a los nacionalistas irlandeses por partisanos italianos de la Segunda Guerra, pero manteniendo la base del relato, el creador de Novecento, El último tango en París, y El conformista, filmó en 1969, La estrategia de la araña.
Bernardo Bertolucci
          A fines de los `60, Athos Magnani, hijo de un héroe de la lucha antifascista de igual nombre asesinado en 1936, llega a un pueblo italiano. Allí, pese a que nunca se identificó al criminal, siempre se creyó que los asesinos fueron los fascistas, cuyo jefe local aún vive. Athos recibe presiones para marcharse, incluso es golpeado, lo que refuerza su interés por averiguar quién mató a su padre, tarea en la que es ayudado por la que un día fue amante del héroe, hasta que el jefe fascista termina por decirle que "desgraciadamente" ellos no fueron quienes mataron a su padre, pero que no quiere que se resucite el tema porque siempre lo culparán a él.
          Para Athos algunas cosas no encajan; a su padre se le encontró, luego de muerto, una carta sin abrir que decía que le matarían; también una gitana se lo había profetizado y finalmente, su muerte fue pública y espectacular, asesinado a tiros en el teatro local durante una representación de "Rigoletto" de Verdi, al final del acto I, cuando Rigoletto exclama "Ah, la maledizione".
          Tres amigos del muerto se ponen en contacto con Athos, y le develan que en 1936, cuando Mussolini planeaba visitar el pueblo para inaugurar el teatro, Athos padre había propuesto aprovechar el acto para matarlo desde el escenario, infiltrándose entre los extras. Pero pensando que el disparo no era infalible, consideró mejor ponerle una bomba. Cuando la estaban preparando, y pese a que sólo ellos cuatro conocían el secreto, la policía los descubrió y los detuvo. Dado que no confesaron nada, quedaron libres por falta de pruebas.
          Esa coincidencia entre el escenario previsto para matar a Mussolini y lo ocurrido en la muerte de su padre, así como que el plan sólo lo sabían él y sus tres amigos, no resulta creíble para Athos, quien concluye que fueron ellos quienes lo mataron. ¿Por qué? Ellos mismos se lo relatan: su padre era un traidor, él los había denunciado. Pero esa traición no se podía descubrir sin que cundiera el desánimo entre los seguidores de la causa. Así, mejor que muriera como un héroe, su recuerdo sería imborrable y daría fuerza a los antifascistas para seguir luchando.
          Ante esa confesión, Athos vacila entre revelar la verdad o callar, pero testigo de la veneración que sigue despertando su padre a los ojos de los otros, las estatuas, y placas conmemorativas que lo reverencian, decide  correr la cortina de la historia.
          De Lacan a Freud, de Borges a Bertolucci, “eso” se transmite; una experiencia se renueva y sobreviene un nuevo discurso. No al modo de la comunicación, ni de una antorcha sagrada que pasa de generación en generación, de la mano del decano al iniciado, prescribiendo ritos y reglas, nominando puros e impuros, sino como experiencia que depende del deseo, y en la cual la transferencia está en el centro.
          La transmisión del psicoanálisis, no reside en propagar conceptos de una mano a otra, ni en guardar fidelidad al padre; no se trata de volver a Freud para imitarlo, sino para hacer posible un nuevo acto, el acto de la transferencia, la cual en su traza de ficción se trama buscando causas.
          Es que “el analista se distingue en que hace de una función que es común a todos los hombres, un uso que no está al alcance de todo el mundo cuando porta la palabra”(9).




1. Bertold Brecht, “Galileo Galilei”, Ediciones Losange, 1956, páginas 59 y 60


2 J. Lacan, Seminario “El objeto del psicoanálisis”, seminario del 1 de junio de 1966


3 La expresión es de Juan D. Nasio, ver “La voz y la interpretación”, Editorial Nueva Visión, 1987.


4 J. Lacan, Escritos, “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis, Siglo XXI Editores, 1980.


5 J. Lacan, Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela, en Momentos cruciales de la experiencia analítica. Manantial,  1987.


6 S. Freud, El chiste y su relación con lo inconsciente 1905, Parte analítica, La técnica del chiste, Amorrortu , Volumen 8.


7 Idem nota 4.


8 Jorge Luis Borges, Ficciones.

9 J. Lacan, Escritos, Variantes de la cura tipo, Siglo XXI Editores, 1980