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lunes, 12 de marzo de 2018

El pasaje al acto de Alejandra Pizarnik. Leonor Pagano





A cuarenta años de su muerte, presento este trabajo sobre el pasaje al acto de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik, como un deseo de inscribir algo de su trágica muerte.
          Su vida, su obra, tantas veces comentada sin atender al misterio central  que a ella la animaba. Como siempre el malentendido funda y en una poeta maldita como ella aún más. “Se diría que una generación de malentendidos nos coloca ante un foso de perplejidades acerca del verdadero alcance de su vida y de su obra”. (I. Bordelois)
      Al borde del mismo foso que Hamlet, recupera su vida en  relación al falo,  Alejandra no retoma su relación subjetiva con el    falo sino que apresura un final que la lleva a caer de la escena.
El pasaje al acto como acto logrado: el suicidio. Es una salida intempestiva de la escena, provoca el asombro, la intriga, la sorpresa frente a los móviles que pueden conducir a que alguien decida interrumpir su existencia. El suicidio siempre concita preguntas tales como: ¿por qué se suicidó? ¿Qué lo llevó o empujó a ese acto? ¿Se pudo haber hecho algo para que no sucediera? ¿Por qué no se escuchó o se estuvo más atento? Podemos decir que el suicidio crea cierta incomodidad, que incluso nos hace sentir angustia y culpa.
En un atardecer de abril de 1934, un barco traía a una joven pareja de la Rusia natal: Rosa o Rejzla Bromiker de Pizarnik (fallecida en enero de 1986) y Elías Pizarnik (fallecido en febrero de 1987). Rosa estaba embarazada de Miriam, la hermana mayor de Alejandra… escapaban del estalinismo.
Las raíces eran polacas, esa era la lengua, junto con el idish que hablaban los Pizarnik. En realidad, su verdadero apellido era POZHARNIK, pero para los oídos poco cultivados de los empleados de inmigración, ingresaron como Pizarnik. Se radicaron en Avellaneda, provincia de Buenos Aires.
Desde muy pequeña, empezó a arder en Alejandra la inclinación por la literatura, hasta convertirse en incendio, pasión que arrasó su vida, dejando una de las obras poéticas más importantes.
La metáfora del fuego no es gratuita –pozhar en ruso quiere decir “incendio”, quizá marca el desborde que signa la vida, la palabra y la escritura de Alejandra POZHAR-NIK. El fuego de su apellido originario se apagó con cincuenta pastillas de seconal.
Fue lo que vieron sus amigos al entrar al departamento de la calle Montevideo… desolación:

No quiero ir nada más que hasta el fondo.

Todo se había consumado en la madrugada del 25 de septiembre de 1972. Tenía apenas 34 años cuando se mató.
Alejandra era: Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha, cinco nombres y el mismo desamparo.
Buma: así la llamaban sus padres y el círculo íntimo, el mundo de la infancia y parte de la adolescencia.
Flora: en la escuela secundaria. Alumna inquieta, desenfrenada y discutidora. Fue en la época en que mantenía feroces peleas con su madre porque no era el ideal, como lo era su hermana, rubia, bonita, exitosa.
Blímele: para sus maestros del shule. Recibe una excelente formación de los pestalocianos, hombres y mujeres inmigrantes formados en Europa, librepensadores que enseñaban a los hijos de inmigrantes a leer y escribir.
Alejandra: como contraseña de lo que era su propia vocación: la poesía, máscara de fuego y de horror que la delatará toda su vida.
Sasha: el nombre más secreto, con el olor a los bosques helados de la Ucrania paterna. Diminutivo de Alejandra, pidió ser llamada así al final de sus días, como último disfraz del desamor.
La conmoción de Alejandra comienza en la adolescencia. De niña era gordita y asmática. Tenía la certeza de ser una chica fea y gorda. Vivió matándose de hambre, consumiendo adelgazantes que contenían anfetaminas (por entonces eran de venta libre). Se hizo adicta a ellos y descubrió que le daban una lucidez especial para escribir y vivir de noche. Ella nunca se sintió parte de este mundo.
A los 14 comenzó a marcarse más una leve tartamudez al empezar a hablar, hablaba de una manera especial arrastrando los finales y su voz era de catacumba, esto, fue metamorfoseándose en una forma de hablar extranjerizada, con una oratoria acerada y puntual que fascinaba al escucha. Su voz seducía, hablaba literalmente desde otro lado del lenguaje, cambiando los acentos descomponía joyceanamente las palabras, las frases, el lenguaje.
Había dos Alejandras: “Una criatura llena de desamparo, silenciosa, infantil en su desaforada demanda, desolada por el desamor, siempre al borde de las experiencias límites, fascinada por la muerte”. Se preguntaba de dónde venía la fuerza que la llevaba a escribir. Según ella, provenía de un estado sonámbulo de los límites verdaderos, de la muerte. Muchas veces creaba límites ficticios, parecidos a la muerte, porque “el arte puede parecerse a la muerte” decía.
La otra, era una mujer casi salvaje, con un corrosivo y encantador manejo del humor, dinámica, lucida, sus gestos desfachatados y una brutal soltura que podía exasperar, y que tantas veces deslumbro a sus interlocutores.
La imagen anticonvencional que desde jovencita empezó a cultivar tendía a valorizar las diferencias, punto de clivaje y de arranque para la construcción del personaje al que nominaría Alejandra”, ignorándose por qué abandonó su propio nombre: Flora.
Dijo Rimbaud:Yo es otro”. Y Flora se creó “otra en la escritura, adoptando una estética y un modelo particular. Así definió en 1962 a la poesía: “La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad.
Resulta un puente necesario entre el personaje tragico que ella encarnó y su presencia androgina… superar lo paradojico, es lo poético.
Lo que cifra la escritura de Alejandra es ese fuego de la muerte que siempre la abrasaría, como una obsesión, preguntándose por el sentido de la vida.
Viajo a Paris allí se hizo amiga de Ivonne Bordelois de Cortazar. Juan Jacobo Bajarlía la introduce en el mundo de la vanguardia, se contacta con Oliverio Girondo, conoce a Olga Orozco.
“La ultima inocencia” es un libro de poemas que se lo dedica a Leon Ostrof su analista por esa época. 
Nunca pudo superar el desamparo: “He crecido completamente sola, estoy separada de la vida”… y su tema… su tema… en un poema dice…

Silencios


La muerte siempre al lado
Escucho su decir

Sólo me oigo.[1]

Este poema abre a su subjetividad y a su cara con la muerte, motivo de su pavor, objeto seductor y enigmático. A Alejandra no le quedaba más salida que la atopía, desde donde nos interroga, punto enigmático del deseo de muerte de esta mujer, que no puede ser tomado como una tendencia melancólica o depresiva.
En 1970 intoxicada de anfetaminas es internada en el Hospital Piñeyro. La vida concreta es lejana a ella, padecia de una invalidez total frente a este mundo.
Movida por la atopía a interrogar al amo, hace testimoniar al Otro, al costo de su vida, en ese acto que la dignifica. El suicidio parece ser la única alternativa frente al acorralamiento de una jugada en la que se ha perdido de antemano y a la que ella se dirige como si fuera su destino.





Partir en cuerpo y alma

Partir

Partir

Deshacerme de las miradas

Piedras opresoras

Que duermen en la garganta.

He de partir

No más inercia bajo el sol

No más sangre anonada

No más fila para morir.
He de partir


Pero arremete ¡viajera![2]

Alejandra quería ir hasta el fondo, para ella el cuerpo era hacer “el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Poesía y cuerpo fusionados, el acto de la escritura le daba cuerpo, le hacía un cuerpo.
La muerte del padre la golpea fuertemente y la escritura no alcanza para soportar ese real; se desbarranca. En 1970 tiene su primer intento de suicidio, pasaje al acto que se transforma en acto fallido.
Trasgresora del lenguaje las palabras ya no le eran útiles.
Su escritura se vuelve procaz, obscena, delirante. Sufre una serie de desencuentros que truncan la posibilidad de que haga lazo social. Al mismo tiempo que se aísla, se aferra a los amigos en una demanda atroz, entra en una ansiedad extrema.
Pero lo que realmente la sacade la escena” es el rechazo a su nueva forma de escritura, no sólo por sus editores, sino por sus propios pares.
En La bucanera y El infierno musical se vuelve trasgresora, se torna joyceana, hace estallar al sujeto, en su escritura. No reconoce al lenguaje como su morada, lo deriva de asociación en asociación, mientras la muerte reina, roza el habla de la locura y el tráfico verbal.
Sus amigos también rechazan esa nueva forma de escribir y eso la deja girando… vacía, sin amarre, no pudiendo inscribirse en su escritura. Negándose a forcluir su marca en la escritura, ella es ahí pura letra que intenta hacer escritura. Rehusándose a renegar su huella sobre el cuerpo, actúa –en el sentido de la fuerza que le da Goethe a la frase de Fausto cuando le hace decir: “En el inicio era el acto”.
Cuando el sujeto en una elección forzada elige ser la marca, como opción le queda el “yo no pienso”. A la izquierda Lacan escribe el pasaje al acto, pero lo que ahí se juega es la instauración del sujeto: El sujeto reencontrará su presencia en tanto que renovada más allá del pasaje del acto, pero nada más que eso”.[3]
El pasaje al acto no es idéntico al suicidio. Al realizar el pasaje acto, el sujeto se sustrae al gran Otro, está afuera del campo de lo simbólico, “no hay palabras”. Al ser el suicidio un acto logrado, no es que falte en lo simbólico, sino que está fuera de ese campo. El suicidio en tanto pasaje al acto tiene que ver con un borde; el franqueamiento de ese borde, de ese límite, es silencioso, sale del lenguaje, es el acto logrado, es una salida de la escena.
El pasaje al acto da la satisfacción al precio de la propia vida como último modo de interrogar al Otro, de interrogarlo y de decirle a la vez NO. Intento de corte, corte que tiene efecto de sujeto, que sitúa un lugar donde alojarse.
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado […]”, ¿qué le queda al poeta que lo soñó como morada sino morir?[4]
Para Flora Pizarnik, la escena se le anunciaba en esas cartas que en su niñez llegaban de Europa, una tras otra, siempre anunciando la muerte de algún familiar en los campos de concentración.
El estar habitado por el lenguaje hace al asesinato de la cosa. Esto se redobla en Alejandra, quien se enfrenta una y otra vez a la página en blanco, al des-ser, interrogándose e interrogando a la muerte, siempre presente, a la que intenta detener con el trazo, con la letra, letra que le hace cuerpo, cuerpo que le hace poema, “haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo”.
Cuando deja de hacer lazo con su escritura, elige la pintura para anudar lo pulsional desintrincado y así religarse a la vida. La pulsión de muerte desanudada la arrasa, cae sobre el yo provocando una abolición subjetiva, lo unheimlich está presente como el objeto está presente, triunfal. Como dice Camus: “Un acto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”.[5]
Cuando su escritura no es reconocida, cuando no hay lazo que la sostenga, el desenlace de la escena final la ordena.
El domingo la visita su amiga Orozco y encuentra su casa totalmente ordenada. Todo fluye natural, sin indicio del tenso e inminente final. Esa noche, llamó y llamó infructuosamente, sin que en su voz se notara urgencia, su desolación. Se cerraba ante ella el hachazo brutal, que ya había sido cometido. Alejandra había perdido su morada.
Cuando Lacan habla del dolor petrificado, dice: “¿Es que no hay en lo que hacemos nosotros mismos del reino de la piedra, en tanto no la dejamos ya rodar, en tanto la enderezamos, en tanto hacemos ese algo que detiene como es una arquitectura, es que no hay en la arquitectura misma algo para nosotros como la presentificación del dolor?”.[6]
Este es su límite, el dolor como límite.
Alejandra no muere de la muerte de todos, sino de la verdadera muerte, con la que tacha su ser. Es una maldición consentida de esa subsistencia que es la del ser humano, subsistencia a costo de la sustracción de sí misma al orden del mundo. Me phynai significa “antes bien, no ser”, palabras que pronuncia Socrates antes de tomar la cicuta, y proponer una ética diferente. “Esta actitud es bella”, dice Lacan en el seminario sobre la ética.[7]
         Alejandra muestra “[…] dónde se detiene la zona límite interior de la relación con el deseo […] esta zona siempre es arrojada más allá de la muerte […]”. [8] La muerte no tiene palabras, el sufrimiento extremo no tiene palabras, el gesto deliberado de morir no tiene palabras. En ese acto, Alejandra plasmó su única posibilidad de salida, su elección: la libertad. Es un sujeto instaurando un lugar, franqueando ese borde… silenciosamente. Marca del vacío, borde del sujeto.
        Esa libertad fue al precio de su propia vida. Se alojó en su propia marca, esa nueva marca nominada por ella como Alejandra.

Alejandra, Alejandra
Debajo estoy yo[9]

                                                                                       

[1] Alejandra Pizarnik: “Silencios”, en Los trabajos y las noches, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1965.
[2] Alejandra Pizarnik: “La última inocencia”, en La última inocencia y Las aventuras perdidas, Ediciones Botella al mar, Buenos Aires, 1976.
[3] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XV: El acto psicoanalítico, clase del 29 de noviembre de 1967, inédito.
[4] Alejandra Pizarnik: “Fragmentos para dominar el silencio”…
[5] Albert Camus: El mito de Sísifo, Ed. Losada, Buenos Aires, 1953.
[6] Jacques Lacan: El Seminario, Libro VII: La ética del psicoanálisis, clase del 16 de diciembre de 1959, versión inédita.
[7] Ibíd., clase del 29 de junio de 1960.
[8] Ibíd.
[9] Alejandra Pizarnik: Poesía completa, Ed. Lumen, Barcelona, 2001, pág. 65.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El malestar suicida: ¿llamado al Otro?. Rolando Ugena


                La historia de los hombres es una colección de soluciones groseras,  todas nuestras opiniones, la mayor parte de nuestros juicios, el mayor número de nuestros actos son puros recursos extremos…
 Paul Valery[1]
Paul Valery

En la cultura de Occidente, las descripciones de los suicidios[2] suelen oscilar entre dos polos extremos, claramente antagónicos: por un lado, aquellos ejecutados con plena lucidez, voluntariamente, después de una sesuda reflexión en la que la necesidad de morir es invocada y predomina ante los motivos para vivir, y por otro lado, aquellos en los que alguien se entrega a la muerte sin pensar como producto del desasosiego, la confusión o de pasiones insensatas.

          Entre ambos extremos queda, claro está, un amplio espacio para formas combinadas, casos menos puros en los que cordura y sinrazón se mezclan y se entraman sin que se haga posible deslindarlas.

Tal vez por eso, en el intento de iluminar el sinsentido, de opacar el brillo perturbador del suicidio se tejen numerosos mitos, fábulas, relatos para explicar una enigmática condena de muerte impuesta contra sí mismo. Teorías, que intentan explicar algo que en general permanecerá inexplicable, pero cuyos efectos marcarán la memoria de los sobrevivientes. Especialmente, cuando el suicida no deja ninguna señal, inmortalizándose en la recuerdo de los otros, por las huellas indestructibles de su accionar. Entonces, el misterio se abre como una incógnita inquietante donde las justificaciones  proliferan, el saber se torna impotente y el enigma se agiganta[3].

No sólo porque seguramente los suicidios muy rara vez pueden imputarse a una causa única, sino que en esa búsqueda de un motivo, un argumento, una clave inevitablemente se encuentran muchas. 
Séneca

Esa salida trágica ha sido interrogada, examinada y reprobada por la religión, la moral, la literatura y la filosofía desde el fondo de los tiempos. Apenas iniciada la era cristiana, alrededor del año 55, Séneca escribía: “¿Qué cosa tan ridícula como apetecer la muerte cuando por temor de la muerte te inquietaste la vida?... algunos, por aprensión de la muerte, se ven obligados a morir” y con firmeza aconsejaba fortalecer el espíritu “para sobrellevar la vida o la muerte; pues  para cada uno de estos dos extremos necesitamos consejo y firmeza, para no amar demasiado a la vida ni aborrecerla demasiado”.[4]
Sto. Tomás de Aquino
 

Mil doscientos años después Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, citando a San Agustín afirmaba en sus Escritos Catequísticos: "Quien se mata a sí mismo, mata sin duda a un hombre. Por tanto, si está prohibido matar a un hombre sin mandato de Dios, igualmente lo está suicidarse, a no ser por una orden de esta clase o por inspiración del Espíritu Santo”, y continuaba: “Cuando alguien se suicida o atenta suicidio, comete pecado mortal, y por ello mata también su alma. Si se sigue la muerte, a no ser que hubiere dado alguna señal de arrepentimiento, debe ser privado de su sepultura eclesiástica. Si no muere, el Derecho Canónico establece otras penas”.[5]
Diderot


Cinco siglos más tarde, Diderot ubicaba al suicidio como “una acción absolutamente contraria a la ley de la naturaleza”, ya que “el hombre no es de ningún modo el maestro de su vida…Tiene la vida de su Creador; es una especie de consignación que le han confiado. Sólo le corresponde al Creador retirar su depósito cuando lo encuentre conveniente. Así, el hombre no tiene derecho de hacer lo que quiera, y todavía menos aún de destruir su vida”, y culminaba su exposición diciendo:  “No vivimos en el mundo únicamente para nosotros mismos. Estamos en una ligazón estrecha con los otros hombres…es violar los deberes de la sociedad, dejar la vida antes de tiempo”[6].
Arhur Schopenhauer

Por último en esta breve recorrida, Arthur Schopenhauer preguntándose si resulta condenable el suicidio, escribía: “es manifiesto que nada hay en el mundo sobre lo cual tenga cada uno un derecho tan indiscutible como sobre su propia persona y vida…¿Quién no ha tenido conocidos, amigos, parientes que han abandonado este mundo por su propia voluntad? ¿Y debiéramos, acaso, pensar en ellos, con aversión, como si fueran  criminales? Nego ac pernego (Una y mil veces lo niego) ”.[7]      
Emile Durkheim


La irrupción del positivismo científico, nos trajo a los pioneros de la sociología, la antropología y la demografía que se precipitaron sobre el fenómeno e hicieron de él un verdadero objeto de estudio, dedicando numerosos trabajos entre los cuáles sobresale el de Emile Durkheim, quien en una ya clásica tesis sociológica,  “El suicidio[8] lo define como "todo caso de muerte que resulta directa o indirectamente de un acto positivo o negativo realizado por la víctima misma, y que, según ella sabía, debía producir este resultado".

Considerándolo como un indicador del malestar social del período industrial, planteaba Durkheim que los suicidios son fenómenos individuales que responden a causas esencialmente sociales. Entiende que hay en la sociedad corrientes suicidógenas, originadas no en el individuo sino en la colectividad, que son su causa. Esas corrientes no se expresan en cualquiera sino que debe haber una predisposición psicológica, que a su vez está determinada por las circunstancias sociales. Así, las causas reales del suicidio son fuerzas que varían según las sociedades y las religiones y que emanan del grupo y no de los individuos considerados por separado, siendo el suicidio una especie de parámetro para juzgar la salud o el equilibrio de una sociedad.

Si bien la posición de Durkheim plantea una ruptura con el pensamiento de su época, al demostrar que el fenómeno no depende de la herencia, ni la raza, ni de alguna degeneración moral, su enfoque no alcanza a dar cuenta de una dimensión esencial del problema, presente en todas las formas de muerte voluntaria, el aspecto psíquico del acto, que es el deseo de muerte.
S. Freud

Será un contemporáneo de Durkheim, Sigmund Freud, quien a partir de la hipótesis de lo inconsciente, habrá de aportar una nueva e imprescindible vía de acercamiento a las razones por las que alguien se quita la vida, las cuáles son al mismo tiempo tan obvias como profundamente oscuras.

Mucho antes de postular el concepto de pulsión de muerte y de teorizar acerca del narcisismo, el duelo y la melancolía, Freud se interesó por la cuestión del suicidio, abordada muy a menudo en las famosas reuniones de los miércoles.

Desde el comienzo, distingue lo que llama “impulso al suicidio” en los neuróticos, de la especificidad del suicidio melancólico. En Totem y tabú[9], por ejemplo ubica ese impulso como un castigo, por los deseos de muerte orientados hacia otras personas.

Años después, en su trabajo “Duelo y melancolía",[10] lo presenta como una forma de autocastigo, un deseo de muerte dirigido contra otro que se vuelve contra el Yo, el que se extermina para eliminar a un objeto amado y odiado, con el cual previamente se había identificado.

Posteriormente en El yo y el ello,[11] señaló incluso la siguiente paradoja: “Es digno de notarse que, por oposición a lo que ocurre en la melancolía, el neurótico obsesivo nunca llega a darse muerte; es como inmune al peligro de suicidio, está mucho mejor protegido contra él que el histérico. Lo comprendemos: es la conservación del objeto lo que garantiza la seguridad del yo...” .  Pero por supuesto, la “solución” no es gratuita: la liberación de la pulsión de destrucción y la sustitución del amor por el odio, tienen como corolario tanto el interminable automartirio como la mortificación sistemática del objeto, “toda vez que se encuentre a tiro”.

En una de sus últimas producciones, Esquema del psicoanálisis[12], volvería sobre el asunto: “Entre los neuróticos hay personas en quienes…la pulsión de autoconservación ha experimentado…un trastorno. Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y destruirse a sí mismos. Quizá pertenezcan también a este grupo las personas que al fin perpetran realmente el suicidio. Suponemos que en ellas han sobrevenido vastas desmezclas de pulsión…se han liberado cantidades hipertróficas de la pulsión de destrucción vuelta hacia adentro. Tales pacientes no pueden tolerar ser restablecidos por nuestro tratamiento, lo contrarían por todos los medios. Pero, lo confesamos, este es un caso que todavía no se ha conseguido esclarecer del todo”.

Confesión que anticipa el concepto de reacción terapéutica negativa y también implica un alegato: primero, de que abordamos un campo recortado y parcial en el cuál no es ético intentar dar sentido a lo imposible de interpretar y además, que cuando alguien realmente quiere darse muerte, será difícil tarea impedírselo.

Pero como ocurre con frecuencia en la producción freudiana, lo inquietante de su construcción brota allí donde no se lo espera. Ya en Psicopatología de la vida cotidiana[13] había adelantado lo que hoy es casi lugar común: “…Es sabido que en casos graves de psiconeurosis suelen aparecer, como síntomas patológicos, unas lesiones autoinferidas, y nunca se puede excluir que un suicidio sea el desenlace del conflicto psíquico… muchos daños en apariencia casuales sufridos por estos enfermos son en verdad lesiones que ellos mismos se infligieron….”.

Movida teórica que pone en jaque cualquier estadística aplicada, y que en “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte[14] es planteada aplastantemente: “Nuestro inconsciente asesina, en efecto, incluso por pequeñeces”.

Así, en la obra freudiana, no hay suicidio sino suicidios[15]; cada uno en su singularidad sorprendente, inquietante e impredecible, originado en diversas y complejas estructuras. Frente a lo que se tiende a suponer, a imaginar como Durkheim, que la víctima sabe lo que hace, Freud introdujo el desconocimiento radical del sujeto respecto  de un acto que, más que loco es la actualización de la pulsión de muerte.

Ese camino será retomado y sus consecuencias desplegadas con rigor, por la relectura que de Freud realizó Jacques Lacan, introduciendo una distinción fundamental entre acting – out y pasaje al acto.

Pese a que ambos son variantes de la acción que tienen por función conformar una pantalla ante la angustia, la estructura y significación son distintas.[16]

En el acting out, si bien a veces se trata de series de comportamientos  reiterados (tanto que puede decirse que hay sujetos que pasan su vida haciendo acting), algo acontece de modo ingobernable, un rapto de locura destinado a sortear una angustia excesivamente violenta, luego del cual el sujeto suele decir “no sé por qué lo hice, fue un arrebato, un impulso…”, lo que pone de manifiesto que tiene para él una significación opaca que lo sorprende y se le impone sin anticipación.

Una puesta en escena, tanto del rechazo de lo que podría ser el decir angustiante del otro, como del develamiento de lo que el otro no escucha; escena para que el Otro pueda, en el mejor de los casos, leer entre líneas; una mostración que pide por la interpretación de manera aún más imperiosa que el síntoma, una demanda sostenida por una trasferencia salvaje, que intenta relanzar la cadena hacia el Otro.

Para Lacan implica un fallo puntual, localizado de la Bejahung, la afirmación primordial que posibilita el orden simbólico y la palabra; un fallo que puede ser reversible, transitorio que apunta a la reinserción del sujeto en la cadena de lo Simbólico[17].

          En el pasaje al acto, en cambio, no hay mostración ni articulación de un mensaje al Otro; no se dirige a nadie y no espera ninguna interpretación. El sujeto salta, abandona la escena y sobreviene una detención de la cadena. Es que el fin en sí mismo del pasaje al acto es detener la cadena, sin relanzamiento, aunque no necesariamente por la vía del suicidio.

Un momento de concluir que se precipita irreversiblemente, sin vuelta; es la expulsión del sujeto, la Ausstossung, que en muchos casos parece suceder por accidente, al modo de un cortocircuito que irrumpe quebrando un aparente estado de tranquilidad en el cual cesaron los tormentos, los auto-reproches y las auto-injurias, y de repente una caída en la escalera, un resbalón en la bañera, un actuar impulsivo inconsciente y sobreviene la eyección fuera de la escena.

 A diferencia del acting out en el cual la imagen especular está preservada y hay dominancia de lo Simbólico, en el pasaje al acto hay fallo de lo imaginario, y entonces imposibilidad de simbolización. El objeto a aparece en bruto, empujando a la identificación absoluta, la defenestración y la caída en lo Real. Un triunfo de la pulsión de muerte y del odio, pagando un precio siempre demasiado alto para sostener el rechazo a la castración.

La distinción entre acting-out y pasaje al acto, no resulta entonces una mera disquisición teórica. Por el contrario, puede servir de importante sustrato conceptual para pensar no sólo la oscura cuestión del suicidio efectivo, sino también la de un fenómeno bastante nuevo, que sí aparece con la modernidad, y que tal vez incluso ha aumentado en la últimas décadas:  el intento de suicidio.

¿A qué se debe ese aumento en dar la impresión de matarse sin hacerlo realmente? ¿ se trata de darse una oportunidad, de  ejercer presión, de pedir ayuda si es preciso recurriendo inclusive al chantaje? ¿un medio de llamar la atención, como se dice habitualmente, que en la medida de su fracaso desencadena nuevos intentos?

En principio, aparece como un llamado, un signo de alguien que aún sin haber obrado con pleno conocimiento de causa espera una respuesta, aunque no deje de quedar marcado por su acto.

En el seminario “Las formaciones del inconsciente”,[18] Lacan postulaba que “tan pronto el sujeto está muerto se convierte para los otros en un signo eterno, y los suicidas más  que el resto. Por eso, ciertamente, el suicidio posee una belleza horrenda que lleva a los hombres a condenarlo de forma tan terrible, y también una belleza contagiosa que da lugar a esas epidemias de suicidio de lo más reales en la experiencia”.

A esta altura, seguramente asoma un interpelación. ¿ Qué hacer ?¿ cómo pararse frente a un problema, que con tanta frecuencia se hace presente en nuestra práctica, incluso con niños ?

No hay respuesta, sino apuestas.

Apuesta a colocarse en una posición trasferencial que haga lugar a la palabra y a la escucha; apuesta a que el sujeto pueda orientarse de otra manera y tal vez, insertarse en una cadena simbólica de otro.

Es que tal vez el suicidio no está ubicado ni en uno ni en otro lado de esa disyuntiva entre lo individual y lo colectivo, sino más bien en la tensión entre ambos polos, entre un juego ciego y la negación de sí, y el intento de reconocimiento simbólico sobre un fondo de desesperación, por parte de un sujeto que sólo puede vivirse como un desecho a expulsar.

Finalmente, ¿a quién pertenece el cuerpo, la vida? ¿al hombre, a Dios, a la ciencia?. El escándalo del suicida parece ser haber ido más allá de la raya, franqueado un límite, un umbral, el que separa a cualquier individuo de un horror fundamental.


noviembre de 2013

Bibliografía
Jacques Lacan, Seminario X, La Angustia, Paidós, 1999
Roberto Harari, ¿Qué sucede en el acto analítico?, Lugar Editorial, 2000
Revista Conjetural N* 46, Ediciones Sitio, 2007


[1] Valéry Paul, “Rhumbs, Tel Quel”, Editorial Galimard, 1943
[2] Suicidio, término creado a partir del latín sui (de sí mismo) y caedes (asesinato). De mediados del Siglo XVII fue reemplazando a otras denominaciones empleadas para designar la muerte voluntaria. Diccionario María Moliner
[3] Gusmán Luis, “Más allá del suicidio”, Conjetural n* 46, 2007
[4] Séneca, Obras completas, Carta n* 24 a Lucilio, Del menosprecio de la muerte
[5] En la Edad Media en Europa degradaban el cadáver arrastrándolo por las calles cabeza abajo con una estaca atravesando el corazón y una piedra en la cabeza para inmovilizar el cuerpo y que el espíritu no regresara a dañar a los vivos: el alma del suicida era condenada al infierno por toda la eternidad.
En la Inglaterra anglicana de 1800 el cuerpo del suicida era castigado por la justicia públicamente siendo arrastrado por el suelo y estaqueado en el cruce de los caminos, sus bienes confiscados y la viuda desheredada y deshonrada. Solo se aceptaba el caso del soldado vencido que se suicidaba por honor.
[6] Diderot, Obras completas, Editorial Garnier, 1876
[7] Schopenhauer Arthur, Sobre el dolor del mundo, el suicidio y la voluntad de vivir, Editorial Tecnos, Madrid, 1999.
[8] Durkheim Emile, El suicidio, 1897
[9] Freud Sigmund, Tótem y tabú, 1913
[10] Freud Sigmund, Duelo y melancolía, 1917
[11] Freud Sigmund, El yo y el ello, 1923, capítulo Las servidumbres del yo
[12] Freud Sigmund, Esquema del psicoanálisis, 1938
[13] Freud Sigmund, Psicopatología de la vida cotidiana, 1901
[14] Freud Sigmund, Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte
[15] Glasman Sara, Enigma del suicidio en el discurso freudiano, Revista Conjetural n* 46, 2007
[16] Harari Roberto, ¿Qué sucede en el acto analítico?, Lugar Editorial, página 188y siguientes
[17] Lacan Jacques, seminario “La angustia”, clases del 23-1-1963 y del 3-7-1963
[18] Lacan Jacques, seminario “Las formaciones del inconsciente”, Paidós, 1999, página 254