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lunes, 9 de marzo de 2015

Políticas de enseñanza, políticas de la cura. Juan Pawlow



“Políticas de enseñanza, políticas de la cura”[1]

“Ser psicoanalista es estar en una posición responsable, en tanto él es aquel a quién es confiada la operación de una conversión ética radical, aquella que introduce al sujeto en el orden del deseo.”[2]
S. Freud
Esta frase se inscribe en aquella posición freudiana por la que una demanda de análisis debe apuntar a una curación completa. Nada de logros parciales, ninguna cosmética. Esta “conversión ética radical” no es integrable a los bienes del sujeto; aún más: lógicamente el análisis pondrá en cuestión el bien del sujeto. El propio análisis exige atravesar la barrera del bien, porque la función del bien, el circuito de los bienes, constituye una de las barreras que “nos separan del campo del deseo”.[3]
Estas afirmaciones delinean una política de la cura. La experiencia analítica implica “un repudio radical del bien”[4].
¿Qué política de enseñanza se ajusta a esta política de la cura?
Del psicoanalista se espera saber. ¿Pero qué tipo de saber se espera de él?
“No es saber de clasificación, no es saber de lo general, no es saber de silogismo.”[5]
Lo que tiene que saber el psicoanalista es acerca de esa operación en que un sujeto es llevado en un análisis “...a lo que se articula en el ‘yo no lo sabía’ ”.
J. Lacan
En el Seminario acerca de la ética, al delimitar la vía del deseo, había aludido a ese “él no lo sabía” “que custodia el campo radical de la enunciación, es decir de la relación más fundamental del sujeto con la articulación significante...”[6]
Un análisis consiste en la experiencia de sujeción, de la determinación en Otro sitio. El analista sabe que cuando alguien habla dice más de lo que quiere decir y lo hace sin saberlo. Este saber forma parte de la “convicción en el inconsciente”[7] que se adquiere sólo en el análisis, que Freud proponía como condición necesaria para que alguien se convierta en analista.
Esto que se produce en un análisis ¿no debería marcar la enseñanza del psicoanálisis?
Hay un “fenómeno”[8] que invade los asuntos del saber y que se manifiesta también en la enseñanza del psicoanálisis.
Enrique Pezzoni
Enrique Pezzoni, en los ochenta recorría los pasillos preguntando a los estudiantes de Letras qué leían. Luego, escandalizado, decía que habían creado monstruos que leían a Batjín,[9] sin conocer a Dostoievski o Rabelais.
Pezzoni había captado esa tendencia a la “especialización” que en la comunidad analítica hoy se observa en la proliferación de ofertas de saber, post–grados, masters, etc. Hecho que nos llevan a afirmar que la enseñanza del psicoanálisis ha entrado en el mercado, en la economía de los bienes. Si esto es así: ¿será inocuo en la dirección de la cura? ¿Qué consecuencias produce?
El saber devenido conocimiento al entrar en la lógica de los bienes, por un lado se acumula, y por otro se lo exige novedoso, de ahí que se impulse la “especialización”: que se prefiera leer L’insu..., antes que el libro sobre el chiste o incluso “Función y campo...”.
La comunidad analítica asiste año tras año a una feria de novedosas vanidades: Sabemos que el tiempo de la interpretación ha quedado atrás, que se ha declarado que la función del padre se ha debilitado y es cosa del pasado, que estamos ante una epidemia de psicosis no declaradas, y que practicamos la clínica del borde o de los bordes, ante nuevas patologías.
¿Será mucho afirmar que la enseñanza del psicoanálisis se va perfilando cada vez más como una economía del bien?.
Para dar una dimensión cabal acerca de la noción de “bien”, Lacan introduce el paño de san Martín, aquel que en un gesto parte con su espada y comparte con el mendigo.
El paño se diferencia de toda producción natural en tanto es fabricado, requiere tiempo, entra en la moda, es novedad o está ya pasado de moda. El paño tiene su valor de uso, pero además entra en un circuito de intercambios, alrededor de él se organiza toda una dialéctica de rivalidad y reparto. Por tanto el bien del paño no está en su uso. Está a nivel del hecho de que un sujeto pueda disponer de él.
El dominio del bien es el nacimiento del poder.
“La verdadera naturaleza del bien se debe a que no es pura y simplemente bien natural, respuesta a una necesidad, sino poder posible, potencia de satisfacer”.
No agregamos mucho si decimos que esa potencia, potencia fálica, atribuida al proveedor del bien, vela la falta.
Para especificar ese punto, Lacan recurre al Ideal del yo. Afirma que “representa el poder de hacer el bien”. La I mayúscula que lo escribe en el grafo “designa la identificación con el significante de la omnipotencia”.
Si como sosteníamos, la enseñanza se desliza hacia ese sesgo ingresando en el mercado de los bienes, la única vía que queda allí habilitada es la identificación, y la lectura es reemplazada por la incorporación.
El recurso que parece validar esta práctica de enseñanza lo podríamos llamar “mascarada científica”; el discurso científico es aquel que por estructura no olvida; lo que en la acción de la práctica de enseñanza como mimesis científica lleva a desplazar la fórmula “él no lo sabía” que caracteriza al discurso inconsciente, y que también define el lugar del enseñante según Lacan: “no puede haber enseñante sino allí (en el sujeto tachado)” “... en el discurso de la histérica es el único punto donde justamente algo del enseñante se encuentra en la posición de dominio”[10]
Si la función del enseñante ($ tachado) es obturada por el Ideal, señalábamos que la vía privilegiada que queda habilitada es la de la identificación ( piedra de toque de todas las jerarquías institucionales, sean o no explícitas ). Pero además decíamos que por la misma estructura del fenómeno se imposibilita la lectura, aún cuando esa novedad teórica sea incorporada y repetida obedientemente.
Lacan señala un efecto de masa –esto es la imposibilidad de lectura-, el que se produjo al introducir el des-ser: “...me hubieran preguntado: ¿qué diablos es ese des-ser, qué quiere decir? Nada de nada, nada de nada, todo el mundo empezó a usarlo de inmediato como si en toda su vida no hubieran tenido nunca otra cosa en sus bolsillos. Eso abrió, cerró el des-ser, torció el des-ser, en fin ha habido en el des-ser del que todos hablaban de tantos filos como tiene esta pequeña navaja, ha habido una gran cantidad”.
Oscar Masotta
Freud, Lacan, introducen conceptos como modos de intervención respecto de cierta cuestión, de cierto impasse, delimitando un problema, acentuando una afirmación. La lectura de ese concepto, es lectura de esa forja, esa discusión, esa trama, esa interpelación. Porque esas son las condiciones de producción de lo que Masotta nombraba como objetos teóricos inquietantes, los conceptos psicoanalíticos.
Si la política del psicoanálisis es la política del síntoma, en tanto define el campo de lo analizable, ese saber –advertido por el enseñante- “es falta y hasta fracaso”.
Si esto no es así, estaríamos esperando que algún día se realice el mito hegeliano del saber absoluto. Pero los analistas no somos astutos ni cautos, es lo que nos enseña el análisis: “que la astucia está en la razón, porque el deseo está determinado por el juego significante, que el deseo es lo que surge de la marca del significante sobre el ser viviente”[11] .
¿Qué otra cosa podría enseñarnos el psicoanálisis?. 



[1] Este trabajo fue presentado el 13-12-2008 en la Jornada titulada “De la política y el síntoma en la práctica del psicoanálisis” en Cuestiones del Psicoanálisis.
[2] Jacques Lacan Seminario 5 de mayo de 1965.
[3] Jacques Lacan Seminario La ética del psicoanálisis.
[4] Ibíd. anterior
[5] Ibíd. nota 1
[6] Ibíd. nota 2 Pág. 265
[7] Sigmund Freud: “Análisis terminable e interminable”
[8] La palabra no es azarosa, véase Jacques Lacan Seminario RSI
[9] Annick Louis: “Enrique Pezzoni lector de Borges” p.18
[10] Jacques Lacan  Congreso de la escuela Freudiana de Paris (1970).
[11] Ibíd.. nota 1

sábado, 7 de marzo de 2015

Lorca: El fantasma del amor eterno. Leonor Pagano




García Lorca
FEDERICO GARCIA LORCA



     Nace en  1898 y muere asesinado en 1936. Desde pequeño su interés se volcó por las canciones y juegos populares, le atraía la cultura de los criados y de los jornaleros. García Lorca se manifestaría ya de adulto en relación a la tristeza y melancolía de las nanas españolas diciendo: “son las pobres mujeres las que dan a los  hijos ese pan melancólico y son ellas las que lo llevan a las casas ricas. El niño rico tiene la nana de la mujer pobre…”.

        Trabajaré un texto de García Lorca que cuenta la historia de un viejo-niño-rico, acompañado por su nana.

        Es un texto de 1928 cargado de dramatismo, de una enorme calidad poética, donde trata temas eternos: el amor, la pasión sexual, la vida y la muerte.

        El poeta, hombre jovial y alegre como pocos, en el momento en que escribe esta obra, está atravesando una profunda depresión a consecuencia de un desengaño amoroso. Federico para ese entonces de 29 años estaba enamoradísimo de un joven de 21 años. “Era Emilio Aladrén, escultor, este pertenecía a un grupo de jóvenes guapos, que aunque básicamente heterosexuales, no dudan en alas de la seducción de utilizar ocasionalmente su bisexualidad” (A.Villelena)(*) Para Federico fue grande la decepción y la traición; cuando Aladrén lo deja… lo deja por una mujer.

        Entonces redacta la farsa AMOR DE DON PERLIMPLIN CON BELISA EN SU JARDIN.

        Se trata de un marido viejo, victima de una impotencia senil, que contrasta con el ardor de su joven esposa.

      Esta obra solo se representó una sola vez porque fue prohibida por la dictadura de Primo Rivera.

        Gracias a la literatura que nos dona generosamente su letra para que nosotros podamos a través de ella  hacer llegar el valor clínico de algo tan difícil de transmitir como es el enlace entre amor y fantasma.       

       Voy a abordar, por un lado, la temática del amor como puesta en escena de un fantasma singular, el de Perlimplin, personaje central de la obra. Y por otro lado, lo inconmensurable del encuentro amoroso en un desencuentro, que hace tragedia entre los participantes, por el no-acoplamiento fantasmático y  la no común medida a los goces entre el hombre y la mujer.

      El amor en esta obra cumple la función de soporte. Pone en acto la disyunción entre amor y sexualidad. El amor no complementa sino que suplementa, es una producción de verdad de que el dos opera como uno y uno…no hace el dos…no hace el todo; porque el goce para uno no es lo mismo que para el otro, cada uno va al amor vía su propio fantasma.

       El fantasma hace sostén al deseo que es falta, esa falta queda inarticulable como tal pero articulada por el fantasma.

      El amor no tiene como causa el objeto a, del deseo. El signo de esas faltas para gozar, que son mamas, heces, mirada, voz. Entendiendo por signo la remisión, efecto del funcionamiento significante. Es en esta lógica regida por la negación que llamamos castración.

     El deseo está preso de su causa y todo gira en torno de la relación del sujeto con el a o sea el fantasma y esos signos hacen soporte al fantasma del enamorado.

        Se ama al otro, al semejante, se desea al prójimo, en tanto contiene ese vacío llamado agalma. El amor y el deseo no tratan con el mismo cuerpo, aunque imaginariamente sea el mismo.

        Lo imaginario del amor busca lo fusional, el reencuentro de lo perdido, lo narcisístico.

       Lo sexual da cuenta de: la imposibilidad de escribir la relación sexual.

        Pasemos a la obra de Lorca “Amor de Don Perlimplin con Belisa en su jardín”. Bajo los consejos de su sirvienta, Perlimplin decide sobre el atardecer de su vida, tiene 50 años, casarse. (Recordemos que Lorca lo escribe a sus veintitantos años).

      Él se había enterado (de niño) que una mujer había estrangulado a su marido. Efecto traumático de esa escucha que lo aleja de las mujeres tornándolas peligrosas y asesinas. De ahí su dedicación al estudio. Jamás ha conocido mujeres; sus libros eran suficientes.

        Ese fantasma perdurará. Pantalla de su horror a la castración.

      Ante el pedido de Marcolfa, su nana, de que se case -ella estaba preocupada por quién lo iba a cuidar cuando muera- él acepta; se somete a ella. Este es un Perlimplin pusilánime, que no toma decisiones y está alejado de implicarse en el amor y el deseo.

       El asunto es rápidamente concluido por la madre de Belisa: “él es un buen partido, tiene tierras y dinero. Es rico.”

       La madre de Belisa, que no ha conocido el amor,  no escucha a su hija que le dice: “Pero mamá ¿y yo?”; ella sentencia:“Tú estarás conforme.” La definición del amor de la madre es la siguiente: Es el dinero el que da la hermosura. Y la hermosura es codiciada por los demás hombres...

    La muchacha que Perlimplin va a desposar  parece más capacitada para el amor y el deseo. Belisa canta desde su balcón “amor, amor, el sol entre mis muslos/ nada como un pez de oro”.

      Cuando Belisa interroga es por el amor. Si bien “entre sus muslos se abre el sol”, el canto de ella es amor. Amor es lo que espera, conocer a un joven, el amor de un hombre viril que la desee.

      La madre de Belisa y Marcolfa, la nana, arreglan rápidamente la boda.

      Perlimplin cae enamorado de Belisa, confesándole su amor  cuando la vio por el agujero de la cerradura, al ponerse el vestido de novia. Esa desnudez del cuerpo de ella le produce deseo, el cuerpo del “otro” es portador del objeto que hace soporte al fantasma del enamorado. Espiando por esa hendidura hace que Perlimplin se trasforme en voyeur que goza mirando.

      Es allí donde se  produce una transformación en este hombre. Allí en la acción de ver pudo mirar y esa mirada produce en él un acto fundador, instaura un corte, marca un inicio: advino al amor  y al deseo, el amor no es sin la pulsión, en este caso es la pulsión escópica.

     Ya no es el vejete pusilánime, algo le ha pasado, está determinado en su accionar. Su cuerpo se encarna en hombre y su voz ya es otra. Lo que ha ocurrido en este franqueamiento es el advenimiento de él como sujeto; como sujeto deseante.

       Perlimplin en este acto fundador toma la palabra. Por lo tanto el acto es impensable sin la referencia al significante, que está en relación al falo.

     Perlimplim cambia, adviene al amor y se yergue… fálicamente.

     Pero acontece algo. La noche de bodas, mientras él dormía, cinco hombres que representan las cinco razas de la tierra, vienen a acostarse con Belisa,  Perlimplin no tardará en darse cuenta del engaño de su mujer.

      La concurrencia de la relación con el otro, el semejante, lo despierta, hace que Perlimplin experimente un amor hondo, radical,  no basta con la mirada. Lo que estaba dormido ingresa implicándose como una interrogación  del sujeto sobre el deseo del Otro; su deseo es un deseo de deseo y un deseo de reconocimiento de deseo.

       Marca de la castración: No existe uno que escape a la función fálica.

     Su herida ante la traición es inconmensurable. Arma rápidamente una estrategia.

         Entonces la pieza de Lorca deviene puesta en escena que el espectador no comprenderá más que al final. Hay allí un efecto de “escena sobre la escena”.

        Es  en estos momentos que él urde una trama en donde Marcolfa está en otra posición, toma el lugar de sirviente, es decir, va a acompañar en este pasaje de su amo  a  sujeto deseante.

       Me pregunto: ¿se convirtió en amo de su deseo y de su amor?    

        Perlimplin se disfraza de un joven amante, con una capa roja y un sombrero con pluma que oculta su rostro y se las arreglará para que Belisa sienta por él una pasión tan nueva como intensa por ese joven que él semblantea pasando bajo su balcón, enviándole cartas donde la elogia. 

        La carta es la carta de a-muro es aquello en donde cada uno proyecta su fantasma.

        Luego Perlimplin organiza un encuentro entre ese joven y Belisa, a la noche en el jardín. Un jardín lleno de cipreses y de naranjos, que son los símbolos del amor y de la muerte.

         A la hora de la cita, sorprende a Belisa esperando al joven y le anuncia que él lo va a matar. Sale. Belisa se lamenta.

       Vuelve el “joven” ocultado en su capa roja, herido de muerte. Belisa se precipita. El joven se descubre: Belisa (sorprendida) ve que se trata de Perlimplin.

       Pero en el momento en el que “el joven” se descubre en tanto que Perlimplin, se pone a hablar en tanto joven de la capa roja.

    Dice: “Tu marido acaba de matarme con este puñal de esmeraldas”.

       Es claro aquí el desdoblamiento entre el joven que habla y el cuerpo del viejo  que muestra la herida fatal. Y, en efecto, lo hiere, y se hiere de muerte.

     Cuando ella se acerca a él desesperada, turbada, no comprende esta división que Perlimplin pone en escena y es por eso que ella allí sucumbe, que ella realiza la promesa de Perlimplim: ella la realiza en la medida de su desconocimiento.

      El amor conlleva  la ignorancia más radical, ignoro que deseo  esa agalma que le supongo al otro. “El amor pide amor .Lo pide sin cesar. Lo pide, (…) aún, es el nombre propio de esa  falla” (Así, lo define Lacan en el Seminario XX)(**).     

      Belisa habiéndolo reconocido se dirige  a aquél que respondía al nombre de Perlimplin y cuando muere, es  la muerte de su marido que ella llora.

      Pero es ahí, donde reside la estrategia de Perlimplin, él ha acertado su golpe. Es que Belisa, aunque habiéndolo reconocido y llorando su muerte, se pregunta al mismo tiempo en lo que ha devenido el joven: “¿Pero donde está el joven de la capa roja? Dios del cielo ¿dónde está él?”

          Ella lo va a esperar el resto de su vida, ese joven es el amor deseado y no alcanzado, el que no cesa de no escribirse. Así plantea Lorca la concepción del amor total como una reunión imposible, en el que ella ha sido iniciada.

        Es ese agujero de la no complementariedad  irreductible entre  dos, el hombre y la mujer. No hay común medida a sus goces. No hay relación sexual.

         Como le dice Marcolfa (la sirviente): “Belisa ya eres otra mujer…estás vestida de la sangre glorisima de mi señor”. Belisa bañada en sangre, ha advenido lorquiana.

         Perlinplin puede dormir tranquilo pues él ha realizado su fantasma: que Belisa le permanezca fiel para la eternidad, que permanezca fiel a la creación de su imaginación.  

         A él, en esta “otra” imagen de él, de la que ella ha caído enamorada, de la que ella va a esperar el retorno.

        ¿Qué es la eternidad? Es el tiempo circular, es el tiempo religioso, el de la totalidad al que no le falta nada, estacionario, estable como una imagen, sin comienzo ni fin, sin sucesión. Es una duración pura, donde nada ocurre desde siempre. Todo está allí ya.

        A esta imagen, él, le da vida para la eternidad por su suicidio.

      En esta última escena, al mismo tiempo que Perlimplin “se descubre”, se irrealiza y habla desde otro lugar: aquel del joven.

       Es un desencuentro,  Belisa se dirige a aquel que ella ve, pero fija su amor sobre aquel que ella no ve.

       Perlimplin en la oscuridad en la que vivía, dice: “Antes no podía pensar en las cosas extraordinarias que tiene este mundo…Me quedaba en las puertas…en cambio ahora…el amor de Belisa me ha dado lo que yo ignoraba”. Él  se baña de luz y de color en la escena que lo enciende cuando la ve a ella a través del agujero de la cerradura. El cuerpo de Belisa encontró la llave de su corazón y de su fantasma. El pasaje al acto da la satisfacción al precio de su propia vida.

       Perlimplin está confrontado a esta imposibilidad de ser amado en el lugar mismo donde él ama. Su mascarada es la capa, es la vestimenta, la tela es su imagen. Suicidándose, agrediéndose, apunta a hacer perdurar la imagen como amable. Lo hace por amor,  para que el sacrificio sea un signo de amor eterno. El pasaje al acto es la estrategia, es la vía que él toma para hacerse amar eternamente desdoblado, encarnado en otro: ese joven que Belisa espera.

       Perlimplin pasó de estar muerto en vida a la inmortalidad, en la figura del joven de la capa roja. La muerte viene a eternizar el amor en su imposibilidad.

       Lorca lo que inscribe es cómo el amor no deja de subrayar la función de la castración porque el amor no deja de fallar.    

     Pero para Perlimplin, este objeto que elige y al que se identifica realmente, es al cadáver, como resto, como a. “Agresión suicida narcisistica”. Es la escena traumática que él anuncia desde el comienzo: ser muerto en manos de una mujer, ese es su fantasma masoquista y lo actúa en la escena amorosa.

      Los acontecimientos tienen acción traumática recién en el segundo tiempo, en el aprés-coup. Tiempo de la traición de ella al acostarse con otros hombres, esto hace que cobre valor traumático a ese fantasma. Entonces lo insoportable, lo silencioso, lo que no ha podido ser evitado: No encuentra otra salida que no sea la de cumplir con lo fantasmatizado por él, la esquizia del sujeto se pone en juego en el desdoblamiento, él en tanto mujer se asesina y  es objeto en tanto hombre de lo tan temido: ser asesinado.

       Lo tan temido lo mantuvo lejos de las mujeres, paga con su vida.

      Pero sin embargo esta escena del desdoblamiento no pudo advenir sino bajo la égida de él como sujeto que busca hacerse real-mente amar en la paradoja de su ausencia para quedar presente eternamente.      

     Cierro con palabras de Lorca sobre este texto “Don Perlimplin, (puede dormir tranquilo) es el hombre menos cornudo del mundo” No nos olvidemos que fue Federico el que padeció el abandono de su amado… por una mujer.          

Bibliografía
Lacan J.: Seminario XIV, La lógica del fantasma;  SeminarioXV, El acto psicoanalítico, Seminario XX, Aún

García Lorca F.: Amor de Don Perlimplin con Belisa en su jardín.

Porge Erik: El Tiempo Lógico

Lagrotta Zulema: Lo Real, en los fundamentos del Psicoanálisis.
 
(*)Federico García Lorca y Emilio Aladrén. Los senderos que se bifurcan, Luis Antonio Villelena



(**) Seminario XX,  Clase 1, 21/11/72

viernes, 27 de febrero de 2015

Perversión, neurosis, interpretaciones de la Ley. Rolando Ugena



                                             Ley del embudo, ancho por una parte 
                                     y estrecho por otra, expresión con que se 
comenta la conducta de quien impone 
a los demás una norma que él mismo no guarda.

Diccionario María Moliner



Hecha  la ley, hecha la trampa 

                        Refrán popular



                                                                                                         Castrador: dícese de padres, madres y de esposas: 
también: “un librito de lo más castrador”

Adolfo Bioy Casares

Diccionario del argentino exquisito


Si esta reunión de hoy(*), fuese de gente del ámbito de la física, habría a priori pocas posibilidades de que alguien dudara acerca del modo en que la temática de la ley sería abordada. Probablemente ocurriría algo similar si los aquí presentes fueran economistas convocados a discutir la relación entre la oferta y la demanda, árbitros de fútbol debatiendo respecto de las reglas del juego y la aplicación de la ley de la ventaja, el offside, o legisladores abocados a proteger los derechos de los niños, las mujeres, etc.
Pero siendo esta la reunión que es, la de gente interesada en la especificidad del campo de la Salud Mental, con la temática que nos convoca, la relación del sujeto a la ley, la apremiante pregunta ¿De qué ley se trata?, impone con urgencia que se presenten razones, argumentos en la medida en que si se trata de la relación del sujeto con la ley en su conjunto, “el hombre está siempre en posición de no comprender nunca por completo la ley, porque ningún hombre puede dominar en su conjunto la ley del discurso[1]
En Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Lacan señalaba: “Ese goce cuya falta hace inconsistente al Otro, ¿es el mío? La experiencia prueba que ordinariamente me está prohibido, y…no únicamente…por un mal arreglo de la sociedad, sino, diría yo, por la culpa del Otro si existiese: como el Otro no existe, no me queda más remedio que…creer en aquello a lo que la experiencia nos arrastra a todos, y a Freud el primero: al pecado original…incluso si no tuviésemos la confesión de Freud tan expresa como desolada, quedaría el hecho de que el mito, el último que ha nacido en la historia, …no puede servir a nada más que el de la manzana maldita, con la salvedad, que no se inscribe en su activo de mito…
Pero lo que no es un mito, y lo que Freud formuló…tan pronto como el Edipo, es el complejo de castración. Encontramos en este complejo el resorte mayor de la subversión misma que intentamos articular… desconocido hasta Freud que lo introdujo… el complejo de castración no puede ya ser ignorado por ningún pensamiento sobre el sujeto.”[2]
¿Qué relación determinar entre castración y complejo de Edipo, ese que funciona como “complejo nuclear de la neurosis”?
No se trata  simplemente de distinguir entre ambos, discriminación que ya fue hecha por Freud, para quien de hecho el complejo de Edipo no alcanza su magnitud de concepto fundador hasta que lo articula con el complejo de castración, sino de dar cuenta de si la castración en el Edipo es el aspecto más radical de la castración.
Sin duda es conocido que en la filogénesis que construye Freud a partir de sus lecturas antropológicas, la ley resulta de la prohibición que, emanando del padre de la horda primitiva de Tótem y tabú, ese que amenaza a los hijos con la emasculación en el caso de que transgredieran la prohibición, se interioriza después del asesinato del padre en la instancia psíquica del Superyó, abriendo el acceso a la cultura.
El mito de la horda primitiva se encuentra entonces en el origen del mito edípico, lo enmarca siendo la prohibición la crea que el incesto.
La tesis de Lacan, en cambio, sostiene que la verdadera castración no es la amenaza supuesta en la prohibición, sino una función “esencialmente simbólica”, que “sólo se concibe desde la articulación significante[3]operación real introducida por la incidencia del significante, sea el que sea”[4], por la cual hay causa de deseo.
El mito que Freud elucubró, ese que debemos a su pluma, es el sueño de Freud [5], y en cuanto tal debe ser interpretado. Porque lo que no es un mito, es el complejo de castración.
Para decirlo con los términos del Seminario La ética del psicoanálisis, “en el fondo, es más cómodo padecer la interdicción que exponerse a la castración[6], un modo de indicar que quedarse en el conflicto con el padre parece menos tortuoso que encontrarse solo ante el enigma de la existencia.
Ante la penosa prueba de la ausencia de la Cosa y lo sombrío de la pulsión de muerte, el Edipo, que más que reprimido es represor instaura una encrucijada y ese señuelo del rival que constituye un refugio para velar, enmascarar la castración, incrementando el deseo incestuoso.
Porque no sólo es represora la interdicción paterna: también lo es el deseo edípico mismo.
En lo que puede calificarse como una “interpretación neurótica de la castración[7], suele presentarse al goce como prohibido, y no como imposible. El Edipo le da sostén al mito de que hay un objeto del deseo y se aviene a sustentar la ilusión de que un goce absoluto no es imposible, sino que está prohibido.
Ahora bien, ¿la Ley es la prohibición? ¿ la prohibición es sólo una forma de la Ley?
Se suele considerar que toda ley tiene dos aspectos: uno que coarta, frena, y otro que permite, posibilita. ¿Qué es, entonces, la prohibición con respecto a la ley? En la neurosis ¿cómo es caracterizada?
Para la neurosis, la interdicción tiene la forma de la ley que limita, reprime; movimiento por el cual vuelve deseable, precisamente, aquello que prohíbe. “A lo que hay que atenerse, es a que el goce está prohibido a quien habla como tal, o también que no puede decirse sino entre líneas para quien quiera que sea sujeto de la Ley, puesto que la Ley se funda en esa prohibición misma”,[8] pero lo que está reprimido, (no prohibido), es la castración.
La dificultad proviene, me parece, de que el deseo prohibido es la forma que adopta el deseo en el Edipo: se desea a la madre para entrar en rivalidad imaginaria con el padre. El resultado es el odio, la certeza de la “maldad del otro",  que disimula, maquilla la muerte y la castración.
Parece necesario entonces distinguir la prohibición de la ley del deseo y de la castración; corresponde al complejo de Edipo y a sus formaciones neuróticas, las que remiten al incesto. Los grandes mitos freudianos, el del Edipo y el de Tótem y tabú remiten a la neurosis; histérica para uno, obsesiva para el otro, son productos neuróticos para los cuales bastaría…con la muerte del padre.
Pero “bien sabemos los analistas que si Dios no existe, entonces ya nada está permitido. Los neuróticos nos lo demuestran todos los días”.[9]
Si la prohibición es la interpretación neurótica de la ley que reprime la castración, “la ley que significa gozar es su interpretación perversa”.[10] Siendo ambas tentativas de recusar la castración, la perversión convierte a la ley en “ley del goce”, ya no por vía de la represión sino a través de la renegación.  
Según propone Lacan en el Seminario Aún y en “Kant con Sade”, es ley que exhorta a un goce sexual absoluto por todos los medios, particularmente la violencia. Prescribe la no-castración e incita a ir más allá de todo límite del placer,  lo cual supone la sumisión al Otro, hacerse instrumento de su goce y también su crueldad.
 A diferencia de la neurosis que prefiere imponerse prohibiciones, la perversión se caracteriza por un montaje inmutable, se consagra al fantasma y vive en ese mito según el cual, de todo se ha de poder hacer un goce absoluto, especialmente de que alguien se regodee en el dolor de existir.   
La potencia de lo imaginario encubriendo la presencia de la muerte se muestra en todo su esplendor: "Nada obliga a nadie a gozar, salvo el Superyó. El Superyó es el imperativo del goce".[11]
 Pero ¿ qué sucede en la experiencia analítica? En ella, nos topamos con la roca dura de una ley no natural, que no es mera regla de juego, sino un mandato deducido del significante, ley de la castración que como tal ordena desear.
Esa ley tiene dos planos: uno que contra la pulsión y el placer permite la "erección" de un significante, el falo y el establecimiento del deseo; y otro, que trae aparejado un sufrimiento fundamental, anunciando la afánisis del deseo y la presencia de la pulsión de muerte.
Un precepto que no es el de la plenitud ideal, que marca el goce absoluto como imposible y que para decirlo en términos de Freud, interrumpe el principio de placer  e introduce el principio de realidad.
   Volviendo a “Subversión del sujeto…”, respecto del deseo el psicoanálisis nos demuestra que no está sometido únicamente a lo contingente, sino que “exige el concurso de elementos estructurales…cuya incidencia inarmónica, inesperada, difícil de reducir, parece dejar a la experiencia un residuo que pudo arrancar a Freud la confesión de que la sexualidad debía de llevar el rastro de alguna rajadura poco natural.
Haríamos mal en creer que el mito freudiano del Edipo dé el golpe de gracia sobre este punto a la teología…Y convendría más bien leer en él lo que en sus coordenadas Freud impone a nuestra reflexión; pues regresan a la cuestión de donde él mismo partió: ¿qué es un Padre?
-Es el Padre muerto, responde Freud”.[12]
Lacan lo escuchó, y lo prosiguió bajo el capítulo de Nombre-del-Padre. “ El Edipo sin embargo no podría conservar indefinidamente el estrellato en unas formas de sociedad donde se pierde cada vez más el sentido de la tragedia”.

La ética del psicoanálisis, que se opone tanto a la prohibición neurótica como a una "ley de goce", orienta hacia un duelo de todo "goce puro". El mito edípico, que atribuye al Padre la exigencia de la castración, no es más que una consecuencia de la sumisión del ser humano al significante


(*) La reunión a la cual hago referencia, es la VIII Jornada de Salud Mental, de Merlo (Bs.As), realizada en noviembre de 2013, que giró en torno a la cuestión de la Ley.



[1] J. Lacan, El seminario, Libro 2, clase del 16-2-1955
[2] J. Lacan, Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Escritos, página 331/2
[3] Idem, página 132
[4] Idem, página 136
[5] J. Lacan, Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis, página 136
[6] J. Lacan, Seminario VII, La ética del psicoanálisis, página 365
[7] Alain Juranville, Lacan y la filosofía, página 162
[8] J. Lacan, Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, página 333
[9] J. Lacan, El seminario, Libro 2, clase del 16-2-1955
[10] Alain Juranville, Lacan y la filosofía, página 169
[11] J. Lacan, El seminario, Libro XX, clase del 21-11-1972
[12] J. Lacan, “Subversión del deseo…”, página 324

domingo, 22 de febrero de 2015

Reportaje a Roberto Harari



En el número 14 de Acheronta, de diciembre de 2001 (del cual hemos transitado ya otras entrevistas como la de Guy Le Gaufey, Germán García) Gerardo Herreros realizó un interesante reportaje al psicoanalista argentino Roberto Harari, lamentablemente fallecido en 2009.
Roberto Harari
Allí, se fueron planteando diversos asuntos atinentes a la praxis psicoanalítica como la problemática de la formación de los analistas, la cuestión de las instituciones analíticas  y el pase, entre otras. Acerca de las instituciones, por ejemplo, Harari comentaba que “es el funcionamiento el que va dictando la normativa, y siempre hay un real que se escapa a las previsiones imaginariamente simbólicas respecto de las reglamentaciones” que una institución puede darse.
Con el humor ácido bastante frecuente en él, Harari se despachaba crítico con respecto al pase: “Yo no sé, si alguien pasa, que pasó. Yo creo que se generó un cierto achanchamiento. No sé si un pase al poder - es una lectura interesante de mi amigo Nasio - pero agregále también esta otra: como un quedantismo…”
A continuación también abordó la cuestión de la autorización del analista “de acuerdo a la famosa frase de Lacan (el psicoanalista sólo se autoriza a partir de él mismo) …ese tipo de salidas de Lacan que yo llamo de barricadas, donde gatilla, repentinamente, una contraseña semántica, un aforismo de esos que impactan, que uno no se los olvida mas, y que después uno repite como lorito - porque tiene un efecto de trauma, y el trauma, uno lo tiene que repetir …7 años después Lacan tuvo que decir "y por algunos otros". Es un agregado, son dos tiempos. Ese agregado es, creo, porque captó los efectos devastadores de esa primera propuesta de barricada. Entonces este "algunos otros" no es cualquier "otros". Ni dice "todos" los otros, ni dice todos los analistas. Son algunos, que son los de la institución donde el analista da sus pruebas. Estoy absolutamente de acuerdo en que tienen que ser las instituciones….”
      Su clínica no estuvo ausente de la conversación, y señalaba lo siguiente respecto de las llamadas intervenciones en lo real, en acto “que a veces llevan a la presunción que se trata de liquidar a la palabra porque con la palabra siempre estamos con la mentira. Habría como un supuesto real puro que se transmitiría a partir de hacer cosas. Con lo cual estamos en los límites del psicodrama psicoanalítico: hacer cosas para desubicar al analizante…Creo que es un modo de estar patrocinando actings out y pasajes al acto...Yo tiendo a trabajar con sesiones breves, que en general no duran mas de 20 o 25 minutos, pero que dan ocasión a que ahí suceda algo… Hay un cierto feeling, en el momento en que uno ve que pasa algo, algo toca algún real, y se plantea un corte…”.
...el otro punto que me parece no pertinente es la cuestión de la sala de espera…yo no cito pacientes a la misma hora, no hago que coincidan, se molesten mutuamente, etc…
Y también agregaba: “…dicen "que importa si alguien cuenta o no un sueño, si lo que te va a decir en un sueño te lo va a decir de otro modo, por lo tanto no importa eso". Claro, si lo tomamos como una especie de inconsciente expresivo, ya está. Pero si lo tomamos por el lado de la implicación subjetiva, hay muchos analizantes que, por ejemplo, me dicen "yo no sueño nunca", y ni siquiera les importa, y con el trabajo analítico vienen y dicen "no sabe lo que soñé, me quedé impactado, no llegaba la hora de venir y contárselo". Y empieza a soñar y a hacer un análisis de los sueños sin que nadie se lo pidiese. Ahí está el punto. No es que alguien le dijo que tiene que soñar. Es un efecto del análisis. Y entonces, dejan de venir a relatar sus crónicas diarias para venir a analizar sus sueños. Y ahí estamos en otro tiempo del análisis..”.
Para leer el texto completo del reportaje www.acheronta.org/reportajes/harari.htm

martes, 17 de febrero de 2015

Reportaje a Germán García



          La Revista Acheronta publicó en el número 14 de diciembre de 2001, un reportaje al psicoanalista argentino Germán García. El mismo, realizado por G. Herreros, N. Ferrari, G. Pietra y M. Sauval, se llevó a cabo en el consultorio de García y se extendió por más de 4 horas, en un lluvioso día.
Germán García
          En ese reportaje, con su estilo no exento de humor ni de provocativas ironías (“me hicieron psicoanalista los catalanes. Porque no tenían prejuicios”) Germán García va narrando su llegada desde Junín a los 17 años (“no lo soportaba”), su relación de toda la vida con la literatura y su trayecto desde la crítica literaria hasta el psicoanálisis, recorrido muy ligado a una sugerencia de Oscar Masotta: “Tenés que leer a Lacan, te va a interesar”.  
Oscar Masotta
          El exilio en Barcelona en el ´79, su análisis con Eric Laurent, su retorno al país con la democracia en el ´84, su proximidad con J.Alain Miller son asuntos que, por momentos con un intenso clima de debate, se van desgranando en la entrevista. Incluso algún chiste de Lacan: "Freud escribió porque sabía que yo lo iba a leer",  le dan marco a algunas consideraciones de García sumamente importantes. Para compartir algunas:

“Lacan decía que hay que cuidarse de la esperanza. Todos sabemos que el miedo y la esperanza son dos pasiones políticas. Se amenaza a una persona con algo y se le promete otra cosa. Ahora los bombardeamos, y después les arreglamos el gobierno…se pueden asustar ahora y tener una esperanza posterior. Está excluido del psicoanálisis que sea el miedo o la esperanza los que puedan conducir alguna vida…”

“…el que piense que analizándose se va a convertir en analista, puede quedarse toda su vida en el diván que no se va a convertir en analista nunca. Tiene que analizarse, y alguna otra cosa. Esa otra cosa es que el tipo entienda como van los saberes contemporáneos…Freud empezó humildemente tratando de que las histéricas caminaran, y terminó explicando la humanidad…haciendo una teoría que abarcaba la religión…decía "yo no hago cosmogonía", pero explicaba la religión, explicaba el origen de la cultura, etc. No será cosmogonía pero se le parece….”

“…No puede haber cadena significante en alguien que habla. Porque una cadena significante sería una sucesión de preguntas. Porque un significante es una palabra antes que sepa su significado. Cuando tiene un significado es un signo. Cuando alguien está hablando no está desplegando una cadena significante. Uno está tratando de transformar algo de sus signos en una pregunta, que entonces será un significante. Si no sé que quiere decir tal palabra y voy al diccionario, era un significante hasta los 5 minutos antes de transformarse en signo, luego de leer la definición en el diccionario. El paciente, lo que despliega, son signos. Hace signo al otro, como dice Lacan…La gente no te dice significantes, te dice certezas. Ahora, ¿qué es uno? Un lector. Un analista es un lector. Y un lector tiene esa capacidad de transformar los signos en significantes. “

“…se puede decir que Lacan es una lectura desviada de Freud. Y una lectura desviada de Melanie Klein. No es una lectura "a la letra" como dicen. ¿Dónde está la letra? No quedó una sola palabra de Freud en Lacan. Cuatro quedaron: repetición, pulsión, transferencia e inconsciente. E inconsciente tampoco porque la sacó al final.
Represión, la clave de Freud, ¿dónde está en los cuatro conceptos? No está. Y, a ver, explicá a Freud sin la represión. Lacan no tenía problemas, porque tenía una máquina cibernética y un algoritmo que funcionaba, la máquina sincrónica del lenguaje, y no hace falta la represión para explicar la repetición ni otras cosas.”

“…cuidado con la religión, en cualquier sentido. No hay texto original, no hay nada. El lector, que fue un convidado de piedra en todas la teorías del estructuralismo - será porque hay ideología de mercado - es el que decide ahora. Y cuando un tipo escribe, tiene que tener en cuenta que el que decide es el que recibe el texto. No es el que lo escribe. Y como todos sabemos, a partir del propio Lacan, a cualquier texto se le puede hacer decir cualquier cosa (sino es álgebra o matemática). A cualquier texto uno le puede hacer decir cualquier cosa”.

Para leer el texto completo: